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La tripulación del Apolo 11 simula el despliegue y uso de herramientas lunares en la superficie de la Luna durante un ejercicio de entrenamiento el 22 de abril de 1969

La tripulación del Apolo 11 simula el despliegue y uso de herramientas lunares en la superficie de la LunaNASA

Artemis II

Los motivos por los que el hombre no ha vuelto a la Luna en 57 años

Aunque los sistemas actuales son mucho más avanzados que los de finales de los años 60, el largo paréntesis en las misiones lunares ha provocado una pérdida de continuidad

La madrugada de este jueves, si no ocurre ningún contratiempo, se producirá el despegue de Artemis II, una misión tripulada a la Luna, hito que no se producía desde hace más de medio siglo. La misión contará con una tripulación integrada por tres astronautas estadounidenses y uno canadiense que protagonizará un vuelo con un marcado carácter simbólico, ya que será la primera vez que una mujer, un hombre de raza negra y un astronauta no estadounidense formen parte de una misión lunar.

El propósito de esta segunda fase del programa es claro: sentar las bases para el regreso a la Luna. De forma general, la misión se centrará en sobrevolar el entorno lunar con el fin de poner a prueba los sistemas de la nave Orión y allanar el camino para futuros alunizajes. Según la planificación actual de la NASA, el objetivo es que los astronautas vuelvan a pisar la superficie lunar en 2028 en el marco de las misiones Artemis IV y Artemis V. Previamente, está previsto que en 2027 se desarrolle la misión Artemis III, incorporada recientemente al calendario, que servirá para ensayar distintos experimentos en la órbita baja terrestre antes de dar el salto definitivo hacia la exploración lunar.

Pero la pregunta que todo el mundo se hace es: ¿Por qué va a tardar el ser humano casi 60 años en volver a pisar el satélite? Solo Estados Unidos ha llegado a pisar la Luna y, a pesar de los avances tecnológicos, solo cinco países han conseguido alunizar con éxito algún tipo de robot: Estados Unidos, la antigua Unión Soviética, China, India y, más recientemente, Japón. Esta realidad pone de manifiesto que, más de medio siglo después del Programa Apolo, llevar una nave hasta la superficie lunar –incluso sin tripulación– continúa siendo un reto de primer nivel.

Una de las claves que explican esta dificultad reside en la combinación de tecnología, experiencia y conocimiento. Aunque los sistemas actuales son mucho más avanzados que los de finales de los años 60, el largo paréntesis en las misiones lunares ha provocado una pérdida de continuidad. Durante más de cuatro décadas apenas se realizaron alunizajes, y solo en los últimos años se ha retomado esta carrera con nuevas sondas, muchas de ellas impulsadas por empresas privadas.

Este vacío temporal ha tenido consecuencias importantes. Los ingenieros que participaron en el programa Apolo se han retirado y, en muchos casos, han fallecido, lo que ha supuesto una pérdida significativa de conocimiento práctico acumulado durante aquella etapa. En cierto modo, la industria espacial actual se enfrenta a la necesidad de «reaprender» cómo aterrizar en la Luna, combinando la experiencia pasada con tecnologías completamente nuevas.

Ilustración misión Artemis II (1)

Ilustración misión Artemis II (1)Kindelán

Ilustración misión Artemis II (2)

Ilustración misión Artemis II (2)Kindelán

El proceso, como en los inicios de la exploración espacial, se basa en el ensayo y error. Cada fallo aporta información valiosa para futuras misiones, aunque también evidencia que el margen de error sigue siendo muy reducido. La precisión necesaria para descender, frenar y posarse correctamente en la superficie lunar exige una coordinación perfecta de sistemas y maniobras.

Sin atmósfera y con poca financiación

A estas dificultades técnicas se suma un factor físico clave: la Luna carece prácticamente de atmósfera. Esta característica impide utilizar paracaídas para frenar el descenso, como sí ocurre en otros cuerpos celestes con mayor densidad atmosférica. En su lugar, los aterrizadores deben confiar exclusivamente en motores y sistemas de propulsión, lo que aumenta la complejidad del proceso y el riesgo de fallos.

Otro elemento determinante es la financiación. Durante la década de los 60, en pleno contexto de rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la NASA llegó a recibir cerca del 5 % del presupuesto federal estadounidense. En la actualidad, esa cifra se sitúa por debajo del 0,5 %, lo que limita considerablemente los recursos disponibles.

Esta reducción presupuestaria implica que tanto las agencias públicas como las compañías privadas deben desarrollar sus misiones con costes mucho más ajustados. En consecuencia, los proyectos cuentan con menos margen para pruebas y redundancias, lo que incrementa la probabilidad de fallos.

Habrá que esperar un par de años, por tanto, para ver si se rompe esta tendencia y el ser humano consigue volver a poner un pie en la Luna después de varias décadas sin hacerlo.

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