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tribunaCarlos Uriarte Sánchez

Irlanda toma el relevo europeo: competitividad, valores y seguridad

La defensa de nuestras fronteras, la protección de nuestros ciudadanos, la competitividad de nuestra economía y la defensa del Estado de derecho no son objetivos contradictorios, sino elementos de un mismo proyecto europeo

El pasado 1 de julio, Irlanda asumió, por octava vez, la Presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea, tomando el relevo de Chipre y precediendo a Lituania. Hasta el próximo 31 de diciembre, Dublín tendrá la responsabilidad de dirigir los trabajos del Consejo, facilitar acuerdos entre los estados miembros y contribuir a impulsar una agenda europea que debe responder a un contexto internacional particularmente complejo.

La Presidencia irlandesa llega en un momento decisivo para el futuro del proyecto europeo. La Unión debe afrontar simultáneamente importantes desafíos económicos, tecnológicos, geopolíticos y sociales. En este contexto, Irlanda ha situado tres grandes prioridades en el centro de su programa: competitividad, valores y seguridad. Tres ámbitos estrechamente relacionados que pueden contribuir a fortalecer la autonomía y la capacidad de actuación de Europa.

La primera gran prioridad es la competitividad europea. La Unión no puede aspirar a desempeñar un papel relevante en el escenario internacional si no dispone de una economía dinámica, innovadora y productiva, capaz de competir con las grandes potencias mundiales. Irlanda considera necesario mejorar la productividad, reforzar la inversión, reducir cargas administrativas innecesarias y aprovechar plenamente el potencial del mercado único.

Esta cuestión resulta especialmente importante para las pequeñas y medianas empresas, esenciales para el tejido económico europeo. La Presidencia irlandesa pretende avanzar en la simplificación normativa, impulsar la investigación y la innovación, reforzar la inteligencia artificial y la conectividad digital y mejorar la competitividad europea en sectores estratégicos. También será fundamental la negociación del próximo marco financiero plurianual de la Unión para 2028-2034.

Pero hablar de competitividad no significa únicamente hablar de crecimiento económico. Europa debe combinar innovación y prosperidad con cohesión social, transición ecológica y empleo de calidad. La transformación digital, la inteligencia artificial y la economía verde ofrecen enormes oportunidades, pero exigen también inversión en formación y adaptación de los trabajadores.

La segunda prioridad son los valores europeos. En un momento en que el orden internacional basado en reglas atraviesa importantes dificultades, la Unión debe reivindicar los principios sobre los que se ha construido: democracia, Estado de Derecho, derechos fundamentales, libertad y respeto a la dignidad de la persona.

No podemos olvidar que la Unión Europea no nació exclusivamente como un proyecto económico. Desde la Declaración Schuman, la integración europea ha pretendido garantizar la paz, la libertad y la prosperidad de un continente marcado por décadas de enfrentamientos. Defender hoy los valores europeos significa, en consecuencia, defender la propia razón de ser de la integración.

La tercera prioridad es la seguridad y la defensa. La guerra de Rusia contra Ucrania, los conflictos internacionales y las nuevas amenazas híbridas han demostrado que Europa debe asumir una mayor responsabilidad sobre su propia seguridad. Esta no puede entenderse únicamente desde una perspectiva militar: incluye también la protección de infraestructuras críticas, la ciberseguridad, la seguridad energética, las cadenas de suministro y la capacidad tecnológica de la Unión.

Una Europa más segura debe ser también una Europa con mayor autonomía estratégica y capacidad para proteger sus intereses y a sus ciudadanos. Por ello, competitividad, valores y seguridad no son prioridades independientes. Una Europa competitiva necesita seguridad; una Europa segura necesita una economía sólida y tecnológicamente avanzada; y ambas necesitan sustentarse en valores comunes que mantengan la confianza de los ciudadanos.

La Presidencia irlandesa tendrá, además, una responsabilidad esencial: buscar el consenso entre los Veintisiete. Su función no consiste en imponer una agenda nacional, sino en dirigir las negociaciones y facilitar acuerdos entre Estados miembros con sensibilidades diferentes. Irlanda deberá contribuir a mantener la unidad europea en cuestiones tan complejas como la economía, la migración, la energía, el presupuesto y la seguridad.

Una política migratoria europea que debe funcionar

Dentro de este debate sobre seguridad, la protección de las fronteras exteriores y la política migratoria ocupan necesariamente un lugar destacado. El Pacto Europeo sobre Migración y Asilo constituye el nuevo marco común de la Unión para gestionar las llegadas, los procedimientos de asilo, la solidaridad entre Estados miembros y los retornos. El Pacto entró en vigor en junio de 2024 y sus principales normas comenzaron a aplicarse el 12 de junio de 2026.

El objetivo debe ser que este nuevo marco europeo no se quede en una arquitectura normativa sobre el papel, sino que se traduzca en una gestión efectiva de las fronteras exteriores, procedimientos más rápidos y eficaces y una política de retornos que funcione. La propia Presidencia irlandesa ha situado la plena aplicación del Pacto entre sus prioridades.

El reciente episodio vivido en Ceuta ha vuelto a poner de manifiesto la dimensión europea de la protección de nuestras fronteras. Cuando se vulnera la frontera exterior de un Estado miembro, está en juego también la frontera exterior de la Unión Europea. España debe defender en Bruselas que Ceuta y Melilla son fronteras españolas, pero también fronteras europeas.

El debate migratorio demuestra que existe una preocupación ampliamente compartida entre los Estados miembros. La iniciativa promovida por Italia y Dinamarca para reclamar una respuesta europea más firme ante la inmigración irregular y una mayor eficacia de los retornos contó con el respaldo de otros gobiernos europeos. Esta coincidencia entre ejecutivos de distinta orientación política demuestra que la gestión de las fronteras exteriores se ha convertido en una cuestión central para el conjunto de la Unión.

Una política migratoria europea debe ser firme, eficaz y respetuosa con el Derecho. Defender las fronteras exteriores no es incompatible con respetar los derechos fundamentales ni con cumplir las obligaciones internacionales de protección. Al contrario: un sistema ordenado y creíble permite proteger mejor tanto a los ciudadanos europeos como a quienes tienen derecho a recibir protección internacional.

La Presidencia irlandesa representa, en definitiva, una oportunidad para avanzar hacia una Unión Europea más competitiva, más segura y más fiel a sus valores. El éxito de estos seis meses no dependerá únicamente del número de expedientes legislativos concluidos, sino de la capacidad de Irlanda para mantener unida a la Unión y generar consensos duraderos.

Europa se encuentra ante una encrucijada. En un mundo caracterizado por la competencia geopolítica, la transformación tecnológica, la presión migratoria y la incertidumbre, la Unión Europea no puede permitirse la división ni la pérdida de ambición.

Irlanda tiene ahora la responsabilidad de contribuir a que Europa afronte este escenario con confianza, unidad y determinación. La defensa de nuestras fronteras, la protección de nuestros ciudadanos, la competitividad de nuestra economía y la defensa del Estado de derecho no son objetivos contradictorios, sino elementos de un mismo proyecto europeo.

Porque, como demuestra la propia historia de la integración europea, cuando los Estados miembros son capaces de trabajar juntos, Europa no solo preserva lo conseguido: también puede construir un futuro común más fuerte.

  • Carlos Uriarte Sánchez es presidente de Paneuropa España
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