España se cae a pedazos
A toda esta maraña de contradicciones, mensajes equivocados cuando no falsos y órdenes absurdas, se une el relativismo de los pancistas que todo lo ven bien o lo justifican en aras de la falsa bonhomía y de la comprensión
A nadie se le escapa que lo que está ocurriendo en España es algo gravísimo y que cambiará las reglas del juego en el futuro. El último episodio en Ceuta y Melilla, ciudades españolas por los cuatro costados, no por ser el postrero es el menor. La invasión de nuestro país ha sido algo inédito en Europa, a pesar de no ser la primera en España. Esto ya se ha visto en otras ocasiones, lo que demuestra, con este gobierno, la extrema debilidad que padece. Pero si esto es grave, no lo es menos para Europa, que durante muchos años ha mirado a otro lado, se ha puesto de perfil y ahora, con esta invasión, ve el peligro ante sus puertas y trata de cerrarlas o al menos, controlarlas. La relación con el país vecino no ha sido la deseada, pues en todo momento se ha demostrado la flojedad de nuestras convicciones y se ha mirado a Marruecos con miedo a lo que pueda hacer. A todo esto, se une el enfrentamiento que, durante los últimos años, más concretamente desde que Zapatero no se levantó ante su bandera, llevamos con Estados Unidos, al que un día sí y otro también, nos dedicamos a denostar y estigmatizar. Ahora estamos viendo las consecuencias. El Congreso de Estados Unidos, ignorante de todo lo que se refiere a la historia y, en especial, a la española, de la que olvidan tanta ayuda prestada en otro tiempo, no ve con malos ojos que perdamos estas dos bonitas ciudades españolas. Con estos mimbres tenemos que construir el cesto.
Y Europa, a la que pertenecemos por nuestra historia, está enfrentada a nuestros gobernantes que tratan de chapotear en las aguas cenagosas en las que nos encontramos. Nada hay más triste que saber que nuestros socios están en contra de nuestra política y que no nos apoyan. Mientras nosotros remamos en dirección contraria, contentos de lo que estamos haciendo, el pueblo sonriente se afana en quitar importancia a lo que sucede. Este es el panorama actual y si nadie lo remedia, nos abocará al precipicio del que nos separan ya pocos metros.
España no tiene clara su política exterior y quién sabe si por oscuras razones que hoy día se nos escapan. Es una rendición ante un país vecino, Marruecos, al que continuamente ayudamos con proyectos y planes para su desarrollo, en detrimento de los nuestros. Premiamos los suyos y dejamos que los nuestros decaigan en el olvido. Y con todo lo grave de esto, que es mucho, están el silencio y la mirada de soslayo de los ministros, los altos cargos del gobierno, el parlamento socialista y los votantes engañados que alimentan un caldo de cultivo peligroso. Todo este panorama se adereza con la anestesia del pueblo español, que, muchas veces, solazado con el verano o perdido entre la maraña de la corrupción, sin saber cuál es el camino correcto, muestra un desasosiego imposible de canalizar.
A todo este panorama se añade una realidad que no puede ocultarse por más tiempo: España ha perdido peso, influencia y capacidad de hacer valer su voz en los grandes foros internacionales. Cuando una nación transmite dudas y falta de firmeza en la defensa de sus propios intereses, termina siendo contemplada con desconfianza por sus aliados y con oportunismo por quienes desean aprovechar su debilidad, y esto es lo que ha pasado con Marruecos. La política exterior no puede improvisarse ni quedar al albur de intereses partidistas o de decisiones coyunturales y provisionales en el tiempo. Requiere visión de Estado, continuidad, prestigio y la convicción de que la defensa de la soberanía nacional constituye un deber irrenunciable de cualquier gobierno digno de ese nombre. Esto es lo que no sucede en este momento crítico y peligroso por las consecuencias que se pueden derivar.
A toda esta maraña de contradicciones, mensajes equivocados cuando no falsos y órdenes absurdas, se une el relativismo de los pancistas que todo lo ven bien o lo justifican en aras de la falsa bonhomía y de la comprensión.
Ante tamaño desaguisado, nos encontramos con un presidente que utiliza el TikTok para señalar la playlist de este verano, algo incomprensible ante los graves problemas que padecemos. Y para completar el cuadro de la locura de la paranoia política, nos desayunamos con las portadas en las que nuestro presidente se solaza en el mar calmo de la bella isla de Lanzarote. Un placer solo destinado a las personas sin escrúpulos que no sienten ni padecen.
España se ha arrodillado ante la situación y los políticos se dedican a hocicar, dícese en el buen sentido del vocablo, cuando se dedican a hundir o calar la proa y también, y nunca mejor dicho, añado, la popa.
¿No habrá personas con criterio que puedan poner orden en este desaguisado? Solo se necesita amor a España, sentido del orden, criterio y voluntad para llevarlo a cabo. Esperemos que vientos nuevos pongan estas condiciones sobre el tapete del suelo patrio.
- Antonio Bascones es presidente de la Academia de Ciencias Odontológicas de España