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en el recuerdoAlfonso Ussía

Gabardinas

Ni los sombreros masculinos son para proteger la cabeza ni las gabardinas para no empaparse. Los sombreros sirven para descubrirse ante una maravillosa mujer, y las gabardinas para adornar los movimientos. Esta gentecilla, estos nuevos ricos, no se enteran de nada

Cuando los cuñados Alberto Alcocer y Alberto Cortina, 'Los Albertos', intentaron su asalto al poder del Banco Central presidido por Alfonso Escámez, su asesor de imagen Rafael Ansón, les propuso el uso de las gabardinas. 'Los Albertos' pasaron a ser 'Los de la gabardina', y Alfonso Escámez les decía 'Los del impermeable'. Pero eran buenas gabardinas, dignas de 'Cordings' en la acera izquierda de Piccadillly Street, superadas las 'Burlington Arcade'.

En Cordings se ofrecían las mejores camisas a cuadros, las mejores gabardinas, y como señala en su extraordinaria Guía Sentimental de la Cultura Inglesa, Pompa y Circunstancia el escritor español Ignacio Peyró, los pantalones de pana capaces de sobrevivir a sus poseedores. Jorge V, el Duque de Windsor, Eduardo VIII, Jorge VI, el recientemente fallecido duque de Edimburgo, Chamberlain y yo fuimos clientes de «Cordings», y creo que de «Cordings» eran también las gabardinas de los cuñados Alcocer y Cortina.

Suceden pasmos de arte con las gabardinas. La ciudad española con más gabardinas en los armarios y percheros es Sevilla. Dos gotas caídas del cielo sevillano, y la ciudad más bonita del mundo se llena de gabardinas. Me sumo a Antonio Gala. «El problema no es que los sevillanos digan que Sevilla es la ciudad más bonita del mundo. El problema es que pueden tener razón». Habíamos quedado en 'Oriza' de la calle San Fernando, Antonio Burgos, Curro Romero y el que esto firma para comer. Lloviznaba sobre Sevilla. Se trataba de un proyecto de 'shirimiri', calabobos u orbayo. Y los dos grandes sevillanos llegaron a 'Oriza' con sus respectivas gabardinas. Durante la comida, dejó de lloviznar. Al salir, Antonio Burgos se puso, no obstante y por si acaso, la gabardina, y Curro Romero abandonó el establecimiento con la gabardina plegada sobre el brazo derecho. Me acompañaron hasta que pasó un taxi libre que me llevaría a la estación de Santa Justa. Al despedirme de Curro Romero, este se pasó la gabardina plegada del brazo derecho al izquierdo, con un arte, una cadencia y una torería difíciles de superar. Y un viandante que pasaba por ahí, pasmado de emoción por el pase de brazo a brazo de la gabardina plegada del maestro, no pudo resistirse y soltó un «óleee» clamoroso. Porque es «óle» y no «olé» el sonido que acompaña al arte torero.

Nada que ver esas gabardinas con la de Irene Montero en sus mítines de azoteas. Se trata de una gabardina cutre, ausente de distinción y clase. Las buenas gabardinas exigen un cuerpo dentro que las luzca con empaque y gallardía. El millonario tejano Francis Williams III, rechoncho y de pésimos andares, intentó comprar en «Cordings» una gabardina. El dependiente, con la mayor educación y cortesía, le negó la venta. «Lo siento, señor, pero en 'Cordings' tenemos prohibido despachar gabardinas a personas tan lamentablemente estructuradas».

En las Cortes franquistas, hablaba desde la tribuna un procurador poco agraciado físicamente. Tenía un brazo más corto que el otro, una pierna que solo era capaz de posarse en tierra con una suela en el zapato izquierdo de 15 centímetros, y mucho mérito en su carrera profesional. «Yo, que me he hecho a mí mismo»… El procurador Fueyo Álvarez le gritó desde su escaño: «¡Pues ya podía haberse esmerado más su señoría». De haber acudido a «Cordings» hubiera tenido similar tratamiento que Francis Williams III.

Una gabardina no oculta la mamarrachez hablada. Al contrario, la resalta. Y más aún si la gabardina parece adquirida a un mantero. En Zara se venden gabardinas a muy buen precio que parecen de 'Cordings', pero semejante ignorante y necia, se cree que todas las gabardinas son iguales, cuando la compra de una gabardina requiere, como mínimo, una semana previa de reflexión. La bárbara estupidez de «los niños, las niñas y les niñes» la soltó en una azotea con una gabardina delictiva.

Ni los sombreros masculinos son para proteger la cabeza ni las gabardinas para no empaparse. Los sombreros sirven para descubrirse ante una maravillosa mujer, y las gabardinas para adornar los movimientos. Esta gentecilla, estos nuevos ricos, no se enteran de nada.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 20 de abril de 2021
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