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En libertadJano García

No es la ultraderecha, es la realidad

En España, todavía, los partidos antiinmigración no han alcanzado, ni de lejos, el ascenso de otros países en Europa. Del mismo modo que el PP y el PSOE no han llegado, ni por asomo, a ver las consecuencias de la barbarie de la inmigración masiva. En Francia, por ejemplo, ambos partidos acabaron por desaparecer

En democracia el relato importa. Y mucho. No obstante, hay relatos cimentados en ideas y conceptos que uno no es capaz de tocar o sentir en sus propias carnes. Un ejemplo de ello es el relato apocalíptico del cambio climático. Este relato uno no puede tocarlo, verlo o sufrirlo. Se trata de vender una idea –falsa en este caso– y que los ciudadanos compran para aliviar su triste existencia. Ocurre lo mismo con los peligros de la deuda pública o el déficit crónico de una nación. En este caso, aunque la amenaza sea real, uno no sale de la puerta de su casa y ve a la deuda pública paseándose o al déficit robándole la cartera.

En el caso de la inmigración masiva –ya sea legal o ilegal– esta sí se deja sentir en los ciudadanos que la padecen. Cuando a uno le roban, lo nota. Cuando a uno le violan, lo nota. Cuando uno sale de su casa y ve que su barrio se ha convertido en una especie de aldea del Magreb o en una mini Quito, no hay relato que pueda convencer a los ciudadanos de que sus ojos les están engañando y que, en realidad, todo va estupendamente. Por eso, por mucho que el sistema insista en censurar las críticas a la inmigración masiva en público, la gente sigue teniendo pensamientos contrarios a la nueva moral en privado, lo que está provocando un fenómeno en Occidente que, como era de esperar, iba a llegar también a España. El fenómeno de Vox no es coyuntural y obedece, en gran medida, a esta cuestión. Puede que sí la marca, quién sabe, pero si mañana el partido de Abascal desapareciera por cualquier razón, saldría otro partido que ocuparía ese lugar a gran velocidad.

Basta con ver lo que ha pasado en otros países. En Suecia –uno de los países que cuenta con enormes problemas con la inmigración– los Demócratas de Suecia pasaron de tener en el año 2006 tan solo 162.468 votos (2,93 por ciento) a obtener en las elecciones del año 2022 más de 1.330.325 (20,54 por ciento). En las elecciones presidenciales francesas, el Frente Nacional (Agrupación Nacional en la actualidad) consiguió acceder a la segunda vuelta en dos ocasiones. En el año 2002 cosechó 5.552.032 votos (17,8 por ciento), mientras que, en el año 2022, Marine Le Pen obtuvo 13.288.686 votos (41,46 por ciento). Otro ejemplo lo encontramos en el Reino Unido, donde el partido de Farage está arrasando en las encuestas y el Partido Conservador –cada vez menos conservador– corre el riesgo de desaparecer del mapa. La tendencia al alza de estos partidos se puede explicar desde una perspectiva racional o, por el contrario, creer la estúpida idea de que de repente los franceses, españoles, ingleses, alemanes, suecos, italianos, etc., se han vuelto racistas de la noche a la mañana.

Esa tesis estúpida y absurda que alimentan sectores de izquierdas y extremo centristas desorientados valdrá para llenar horas de televisión, columnas y radios, pero la realidad es una y esta tiene la mala costumbre de imponerse siempre. En España, todavía, los partidos antiinmigración no han alcanzado, ni de lejos, el ascenso de otros países en Europa. Del mismo modo que el PP y el PSOE no han llegado, ni por asomo, a ver las consecuencias de la barbarie de la inmigración masiva. En Francia, por ejemplo, ambos partidos acabaron por desaparecer. Es cuestión de tiempo, pues no es la ultraderecha, es la realidad.

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