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El régimen cultural de la mediocridad y el mal gusto: Uclés, 'Sirat' y el circo de la performance

La cultura actual es esa broma, donde uno mayormente, con la mejor voluntad, trata de encontrar el sentido, la explicación, la metáfora reveladora, el hallazgo, la inspiración, lo distinto, lo valioso o lo bello, tantas veces sin éxito

Madrid

David Uclés, Marina Abramovic y el cartel del filme Sirat

David Uclés, Marina Abramovic y el cartel del filme SiratGTRES

Se vende cultura de saldo con «bonito» envoltorio. Uno está seguro de que hay algunos Balzacs y Flauberts, o Dostoievskis y Delibes por ahí. También Berlangas y Camuses, Nevilles. Pero Balzac, Flaubert, Dostoievski, Delibes, Berlanga, Camus o Neville y tantísimos otros genios no tendrían sitio en la industria cultural actual.

Sí tienen sitio los Laxes y los Uclés, que no tienen nada de aquellos, más bien lo contrario, presentado con papel de regalo de los nuevos tiempos. Ese papel es estético e ideológico, los dos pilares, sobre todo el último, sobre los que se sostiene la cultura actual. Y por debajo no hay nada: la broma del regalo que trae otro empaquetado debajo, y otro y otro y así, como matrioskas, y al final unos papeles de periódico.

La cultura actual es esa broma, donde uno mayormente, con la mejor voluntad, trata de encontrar el sentido, la explicación, la metáfora reveladora, el hallazgo, la inspiración, lo distinto, lo valioso, lo bello. Y lo hace con paciencia, como Zamora, que no se tomó en una hora, dice el refrán.

Santa Teresa dice que la paciencia todo lo alcanza, pero sus maravillosas palabras de aliento y consuelo no sirven en este caso. No se puede esperar mucho, o nada, de un importante número de obras de distintas disciplinas artísticas que se presentan como obras maestras. En el arte, en la música, en el cine o en la literatura. El arte moderno y la performance, Uclés y sus penínsulas y sus ciudades vacías y muertas, respectiva o indistintamente, o la Sirat de Oliver Laxe son los nuevos diques de la nueva cultura que se edifica.

Un descendimiento fatal en la ruptura salvaje con los cánones clásicos y en la aceptación de la mediocridad. La performance es mayormente un horror fácil de hacer, un «género» residual que se intenta situar no solo al lado, sino por encima de los verdaderos géneros: la pintura, la escultura, el teatro, la música...

O el cine, donde cada vez más se asiste al estreno de supuestas obras de autor que no se sabe cómo consiguieron que se les tuviera como tales. El caso de Sirat, la película española de Oliver Laxe nominada a los Oscars, entre otros muchos reconocimientos, podría decirse que es uno de los más claros ejemplos de la decadencia cultural que se trata aquí de mostrar.

Un filme estéticamente horrendo, con un argumento inverosímil, sin guion, sin sentido, desagradable. Una nada absoluta de diálogos vergonzantes, de sorpresas impactantes sin continuidad narrativa. De desesperanza y fealdad hasta en los intérpretes. Vulgar, pretencioso, vacío. Uno termina de ver esa cosa y desea ponerse Mary Poppins, una magnífica película, como para quitarse la sensación.

El pelmazo de David Uclés es la variante literaria de Sirat y de la performance. Supuesta literatura de calidad con boina y cancioncillas y pinturillas de atrezo para unas páginas llenas de letras sin peso, como su cargante y orgullosamente ignorante y sectaria y eterna campaña promocional de sí mismo, que no de sus dos novelas en «cartel». La primera, gran éxito de ventas, es aquel hermoso caballo de Faulkner, el caballo de Pat Stamper, inflado y pintado para que lo compre Flem Snopes.

Luego llueve y el caballo se despinta y aparece con su verdadero color mortecino y también se desinfla para resurgir en jamelgo. En engaño. La segunda simplemente de deshace en su falta de sustancia, podría decirse que en su ausencia de espejo, de una inspiración sólida, admirable. Es como si la cultura, como si estos nuevos autores encumbrados hubiesen dejado de mirar a Dios, aunque sea de soslayo, como elemento inmanente de la cultura occidental, para entregarse al vacío de la ideología y la trivialidad sin alma y sin belleza.

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