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La nueva novela de Uclés es una anodina fantasía de personajes reales sin raíces, sin rumbo y sin destino

La ciudad de las luces muertas, Premio Nadal 2026, se asemeja a un Elige tu propia aventura (sin poder elegir) rebosante de lugares comunes

Madrid

David Uclés tras ganar el Nadal

David Uclés tras ganar el NadalEuropa Press

«Una historia deslumbrante, de un autor tan innovador como único...». Así define la contraportada de La ciudad de las luces muertas, Premio Nadal 2026, a la obra y a su autor, David Uclés. ¿Qué va a decir la contraportada? ¿Que es una historia mortecina y su autor tan previsible como trivial?

Portada de La ciudad de las luces muertas

Portada de La ciudad de las luces muertas

Deslumbrante desde luego lo es. Pero en el sentido de que a uno le parece ver luces, lucecitas, fogonazos: hacerle los ojos chiribitas desde la primera página con ese orgulloso listado de personajes reales que luego van apareciendo como en las obras de teatro cuando se leen, pero sin guiones.

El argumento es una fantasía como la de Woody Allen en Medianoche en París. Hacer realidad un sueño imposible en el tiempo, un sueño de épocas, de vivirlas, pero en vez de ser una narración ligera, lo es sobrecargada y al mismo tiempo anodina, como un peso muerto, y con una apuesta: todo al rojo.

Y además no se trata de crear sobre lo real, sino de coger lo que sucedió y entrelazarlo y conseguirlo con pericia adolescente prometedora. Como un primer paso literario con algunas posibilidades, aunque ya es la cuarta novela y el autor un adulto treintañero, más cuarentañero ya, si se apura, del que quedan lejos las redacciones escolares.

Y más lejos aún quedan aquellos cuentos infantiles de Elige tu propia aventura. No se quiere decir que la novela ganadora del Premio Nadal 2026 sea como una redacción escolar, ni tampoco como uno de esos libros donde se podía elegir el camino o la dirección, o dónde no quedaba más remedio que elegirlos, sino exactamente esas redacciones y esos libros si se les quita todo «el polvo de los muertos», como decía el poema de Dylan Thomas.

No es una historia innovadora, sino un pastiche hecho pasar por obra innovadora. Así está el tema. Uno conoce a un novelista, un escritor de altura y desconocido para el gran público, con ideas absolutamente personales, que es verdaderamente innovador. Tanto lo es que pocos le entienden, al contrario que a Uclés.

Este novelista, Álvaro Cortina, también filósofo y ensayista, nunca hubiera escogido a todos esos personajes de Uclés, Picassos y sobre todo una Laforet, casi todas esas «cosas vulgares» como coches que decía Virginia Woolf que había en la Fiesta de Hemingway.

Hubieran sido otros y no hubiera ganado el Nadal. Tampoco hubiera elegido una forma tan fácil de parecer innovador, que es justamente no serlo. Se podría decir que mucha gente conoce las historias de los personajes reales de la novela, y eso no es ser innovador, sino bribón (con gesto de no haber roto un plato), como en el caso del dibujo de la portada de su novela anterior, La península de las casas vacías, obra del pintor Zabaleta que Uclés se limitó a colorear y a cercenar y, lo mejor, a firmar como si fuera una obra original.

La ciudad de las luces muertas es un poco como el dibujo de la portada de La península de las casas vacías: algo que ya hemos visto simplemente transformado y que por ello no es innovador: lugares comunes, personajes comunes, historias comunes unidas como en una redacción del colegio, como en un Elige tu propia aventura sin poder elegir, sino simplemente asistir a una sucesión de perfiles obvios y flotantes, en el vano intento de hacer un fresco original con pinturas y pinceles usados.

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