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El cronista y la línea invisible: Xosé Conde Corbal

Sus dibujos, que parecían dormidos en el polvo, volvieron entonces al centro del mapa. No por moda ni rescate, sino porque su tiempo –el nuestro– los necesitaba. En ellos hay una pedagogía moral: nos recuerdan que el arte no consiste en hacer ruido, sino en escuchar el silencio

En Galicia hubo un tiempo en que los pintores no firmaban cuadros, sino silencios. Pepe —o Xosé— Conde Corbal fue uno de ellos: un hombre que dibujaba con el mismo gesto con que otros se santiguan o encienden un cigarro después de la derrota. Su trazo era una confesión sin cura; un modo de pedirle perdón al país por haber nacido entre lluvia y memoria.

Lo imagino —porque todo cronista es también un falsificador piadoso— en su estudio de Vilagarcía, con el mar respirando detrás de los cristales y la lámpara encendida a mediodía, como si temiera que la luz del norte no bastara para ver el alma. Dicen que fue grabador, pero en realidad fue cronista: grababa almas. Las de los marineros sin puerto, las viejas con mantón, los santos populares que solo se sostenían por fe y cansancio.

Ilustración de Valle Inclán

Ilustración de Valle InclánXosé Conde Corbal

Los críticos lo llamaron expresionista, como si hubiese pintado el grito. Pero Corbal no gritaba: susurraba en blanco y negro, con la voz de los que ya no esperan nada. En cada línea había una dignidad fatigada, un temblor humano.

Entre el 9 de octubre de 2024 y el 10 de marzo de 2025, el Museo Reina Sofía incluyó su obra en la exposición 'Esperpento. Arte popular y revolución estética', un recorrido por las deformaciones luminosas que Valle-Inclán legó a la modernidad. Allí, entre marionetas, grabados, carteles y máscaras, los once dibujos de Conde Corbal brillaban como una verdad que no envejece: el esperpento de la piedad.

Fue una justicia tardía, pero justicia al fin. Porque si Valle deformó a los héroes para devolverles su verdad cóncava, Corbal dibujó a los hombres comunes para elevarlos a la categoría moral del mito.

Su esperpento no era burla: era compasión. Las manos del labriego, la mirada perdida de la madre, el mar que envejece junto a los cuerpos. Todo en él era ternura descarnada.

En esa muestra del Reina Sofía, su trazo dialogaba con lo grotesco y lo sagrado, con lo popular y lo vanguardista, y lo hacía con la naturalidad de quien no se sabía moderno. Porque Corbal nunca quiso ser artista: le bastaba con ser testigo.

Cuando otros pintaban mujeres desnudas, él pintaba almas vestidas de domingo. Cuando otros viajaban a París, él seguía descubriendo Vilaxoán.

Y en eso fue más moderno que todos: nada envejece menos que la fidelidad.

Sus dibujos, que parecían dormidos en el polvo, volvieron entonces al centro del mapa. No por moda ni rescate, sino porque su tiempo –el nuestro– los necesitaba. En ellos hay una pedagogía moral: nos recuerdan que el arte no consiste en hacer ruido, sino en escuchar el silencio.

Lo veo aún, en el catálogo del museo, entre teorías sobre el esperpento y la revolución estética, y sonrío. Porque Corbal no habría ido nunca al Reina Sofía: le habría bastado con un bar de marineros y un papel de estraza.

Pero está bien que haya vuelto. Los pueblos no se salvan por decreto, sino por memoria, y Corbal fue —sin saberlo— un místico de la memoria.

Valle-Inclán nos enseñó a mirar el mundo desde los espejos torcidos del esperpento; Conde Corbal nos enseñó a mirarnos desde la piedad, que es una forma más alta de ironía.

Y ese, lector, es el único arte que todavía merece llamarse humano.

  • José Rivela ha sido maestro de Artes en el IES de Celanova
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