El paseante de la cuartilla
En Vilanova de Arousa, cuando el viento traía olor a sal y a infancia, nació Julio Camba en 1884. Era un muchacho curioso, de esos que miran más allá del mar y sueñan con el mundo que empieza en el horizonte. Se embarcó como polizón hacia Argentina, no para huir de su tierra, sino para buscar nuevas palabras con las que contarla. Desde entonces comenzó su verdadero oficio: mirar. Y mirar con ironía, que es la manera más inteligente de amar el mundo.
Camba fue un viajero del asombro. Pasó por Berlín, París, Londres, Estambul, Nueva York, Suiza, Italia... y en cada ciudad dejó una huella de humor y lucidez. No describía lo que veía: lo interpretaba. No narraba los hechos: los destilaba con la elegancia de un alquimista. En sus columnas había una ironía sin malicia, un humor sin veneno, una claridad nacida de la experiencia y del desencanto. El lector sentía, al terminar, esa rara sensación de haber aprendido algo sin que nadie le hubiera dado una lección.
Su estilo era una lección de economía y de gracia. «Disculpe, escribo largo porque no tuve tiempo de hacerlo corto», podría haber dicho, y nadie lo habría dudado. Camba tenía el don de concentrar el mundo en una frase. Una sola palabra suya bastaba para iluminar una idea y, al mismo tiempo, desarmarla con su propia ironía. Fue, como señala Aser Álvarez en el documental Julio Camba. El hombre que no quería ser nada (Filmin, 2024-25), un hombre de mesa y de conversación, bebedor alegre y comedor empedernido, y en ese placer de la vida cotidiana encontraba la humanidad más pura. Escribir, para él, era una forma de comerse el mundo: degustarlo sin gula, pero con pasión.
Camba fue también un espíritu libre, y eso siempre se paga. De joven anarquista y de viejo conservador, pero siempre independiente. No cambió de ideas: cambió de época, que es distinto. La contradicción fue en él una forma de coherencia. Instalado en la habitación 303 del Hotel Palace de Madrid, asistió desde su mesa a todas las mudanzas del siglo: las guerras, los discursos, las esperanzas y las derrotas. Mientras el mundo gritaba, él escribía. Mientras los otros buscaban bando, él buscaba frase.
Julio Camba
Aquel cuarto del Palace se convirtió en su observatorio moral. Su cuartilla era una trinchera sin sangre: desde allí defendía el derecho a la mirada irónica, a la lucidez tranquila, a la inteligencia amable. Camba no odiaba, pero tampoco se dejaba engañar. Su humor tenía algo de cirugía invisible: cortaba sin doler, pero dejaba cicatriz.
Fue el columnista mejor pagado de España y hoy, paradójicamente, apenas se pronuncia su nombre. El documental de Aser Álvarez lo recuerda con melancolía: «nadie se ha tomado la molestia de reunir sus obras completas». Y, sin embargo, leer a Camba hoy es como abrir una ventana en una habitación cargada. Hay en sus textos una frescura que no envejece, una inteligencia que no se gasta, una elegancia que nadie heredó.
Su prosa es una conversación lenta, un café servido sin prisa, una mirada limpia. En ella hay algo de Robert Frost –esa serenidad moral que nace del frío–, algo de Umbral –el lirismo doméstico y brillante–, algo de Quevedo –la sátira lúcida y cruel–, y sobre todo, mucho de sí mismo: la ironía que salva, la lucidez que consuela.
Camba enseña, sin pretenderlo, que escribir es mirar con el corazón abierto y el humor alerta. Que el mundo se entiende mejor desde una mesa pequeña, con una pluma y una sonrisa discreta. Y que la palabra, cuando es justa, puede ser también una forma de piedad. Su lección sigue viva: que la vida, para ser soportable, hay que contarla con ironía; y que la ironía, para ser verdadera, debe nacer de la compasión.
Hoy, cuando el ruido vuelve a ser más fuerte que la palabra, volver a Camba es volver a la medida de las cosas, al silencio que piensa, a la risa que no humilla. Su espíritu sigue paseando por las calles del tiempo, con la cuartilla bajo el brazo y la mirada un poco inclinada, como quien sabe que toda verdad lleva dentro una pequeña broma.
Y así, entre el humo del café y la niebla de Galicia, Julio Camba sigue escribiendo desde el más allá de su cuartilla, enseñándonos —a nosotros, cronistas apartados— que el humor es una forma de lucidez, y la lucidez, si es limpia, una forma de amor.
- José Rivela Rivela es profesor de artes en el IES de Celanova (Orense)