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TribunaJosep Maria Aguiló

La 'girasola' de mi vida

En cualquier caso, lo que más me sorprendió a lo largo de mi arduo proceso de búsqueda fue comprobar la gran cantidad de fotos de girasoles que había en muchísimos perfiles. Por suerte, gracias a Google y a la Wikipedia acabé descubriendo que el girasol simboliza el amor, la devoción y la lealtad

Sí, lo confieso. Últimamente, me encontraba un poco solo, por lo que estas pasadas Navidades decidí inscribirme en una aplicación pensada sobre todo para poder encontrar pareja, aunque es cierto que esa web también ofrecía la posibilidad alternativa de simplemente hacer nuevas amistades o de vivir algún «rollo», en el sentido que le da la RAE a la decimosexta acepción de esta palabra.

La mecánica de funcionamiento era muy sencilla. Solo tenías que subir previamente una foto o varias a tu perfil recién creado, escribir una frase de presentación y poner unos pocos datos personales, a poder ser más o menos verdaderos, o no excesivamente irreales en su conjunto. Una vez cumplidos ya esos requisitos, podías empezar a navegar tranquilamente por la citada aplicación, con la secreta esperanza de poder llegar a buen puerto en unos días o a lo sumo en unas pocas semanas, aun habiendo sido quizás hasta entonces una especie de marinero en tierra, por decirlo a la melancólica manera del gran poeta Rafael Alberti.

La circunstancia que más llamó mi atención una vez iniciada ya esta travesía cibernético-sentimental, fue que en muchos perfiles solo aparecían fotografías de flores, de paisajes, de mascotas o de objetos varios, sin una sola imagen física de la persona que en principio estaba buscando también la pasión y el amor. «No pongo ninguna foto mía por razones profesionales», era el argumento más utilizado en esos casos, lo que me llevaba a suponer que esas personas tan extremadamente discretas y cautelosas se dedicaban tal vez al espionaje, a la farándula o a la política, o a las tres cosas a la vez.

No poder ver el rostro o la mirada de la mujer de la que tal vez te podrías acabar enamorando suponía siempre un pequeño hándicap, pero cuando eso sucedía, me concentraba en intentar descifrar el sentido último de la galería de fotografías genéricas que cada posible candidata había decidido poner en su perfil biográfico.

Así, si en esa galería aparecían casi exclusivamente imágenes de bosques, mares, montañas, playas, cielos, nubes, lagos, ríos, amaneceres, crepúsculos o paisajes nevados, yo pensaba entonces: «He aquí a una persona amante de la naturaleza». Y si en otro perfil veía casi únicamente fotos de cuadros, libros, esculturas, monumentos, museos, murallas, iglesias o salas de conciertos, deducía: «He aquí a una persona amante de la cultura y de la historia». Si además había también en algún caso instantáneas de pirámides egipcias, ruinas mesopotámicas o rascacielos neoyorquinos junto a otras de coches, barcos, trenes, motos o aviones, entendía que a esa persona le gustaba poder viajar con una cierta frecuencia.

En aquella aplicación había otras presentaciones igualmente anónimas y peculiares, con reproducciones de citas literarias y filosóficas, así como también perfiles que dejaban entrever una vida de lujo y de confort, perfiles en que aparecían todo tipo de animales –en especial perros, gatos y panteras– y perfiles que quizás habrían sido más adecuados en otras webs, ya que contaban con imágenes de tacones de aguja, antifaces, prendas de cuero, mazmorras o grilletes.

Es cierto que en alguno de esos perfiles aparecían también fotografías de la propia persona que se había inscrito, pero normalmente se la veía muy a lo lejos, esquiando, practicando submarinismo, pedaleando, escalando montañas, haciendo rafting o montando a caballo, lo que dificultaba nuestra posible percepción o valoración en su sentido más amplio. Y cuando en alguna ocasión se veía a esa persona algo más de cerca, solía ser solo a través de unos pocos planos de detalle, esencialmente de sus manos, sus sensuales pies, sus labios, sus ojos o su espalda, como si fueran piezas de un fascinante puzle que su propia impulsora quisiera que fuese misterioso e indescifrable a un tiempo.

Para ser del todo sincero, he de reconocer también que había un pequeño porcentaje de abonadas que posaban mirando directamente a la cámara, tal como se espera de una aplicación de estas características, aunque algunas de esas imágenes daban la impresión de estar ligeramente retocadas o embellecidas y otras se remontaban muy probablemente a la época de la Transición o del referéndum de la OTAN.

En cualquier caso, lo que más me sorprendió a lo largo de mi arduo proceso de búsqueda fue comprobar la gran cantidad de fotos de girasoles que había en muchísimos perfiles. Por suerte, gracias a Google y a la Wikipedia acabé descubriendo que el girasol simboliza el amor, la devoción y la lealtad.

Como era de esperar, de tanto contemplar girasoles un día sí y otro también, llegó un momento en que empecé a sentir un creciente interés apasionado y amoroso ya solo por ellos, aunque reconozco que iban pasando las fiestas navideñas y que no acababa de decidirme por ninguno. Finalmente, el día de Nochevieja probablemente descubrí al girasol —o a la 'girasola'— de mi vida, de un amarillo muy intenso y diferente, que me enamoró por completo tan solo con esta frase: «Mis fotos no están retocadas y son todas actuales».

Así que le escribí para concertar una primera cita, me contestó diciendo que sí, y acordamos que pasadas ya las Navidades y las rebajas de enero nos veríamos en un vivero con cafetería que hay muy cerca de mi casa. En principio, yo creo que esta posible futura nueva relación con una 'girasola' podría llegar a cuajar e incluso a perdurar en el tiempo, pese a nuestras evidentes diferencias morfológicas y físicas, pues siempre oí decir que el amor es como una planta y que hay que regarlo todos los días.

  • Josep Maria Aguiló es periodista
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