Atlantic CityLuís Pousa

Los tironeros

Si el eclipse va a traer tantos turistas a Coruña, conviene ofrecerles una experiencia única: subirlos a un bus y cronometrar cuánto aguantan de pie entre acelerones, frenazos y volantazos

Es cierto que sucede en otros campos, como la medicina o las matemáticas. Pero si hay un ámbito laboral en el que la especialización resulta imprescindible es el robo. Por eso el lenguaje del hampa es tan rico y preciso. Hay que dejar bien definido qué se birla y cómo para que no lo confundan a uno con un simple ratero. No es lo mismo ser un cuatrero que un robagallinas. Hay aluniceros (o escaparatistas), butroneros, topistas y piteros. Y entre los cacos de poca monta abundan los descuideros y los carteristas (también llamados bolsistas, bolsilleros o espadas). Otro clásico del trinque es el tironero —muy de moda en los años ochenta—, que se dedica a afanar bolsos pegando un tirón (a la carrera o desde un vehículo).

El arte de arrancar bolsos de las manos de las señoras ya solo se ve en el cine quinqui y en ciertas calles de Barcelona, donde todavía se rinde tributo al legado del Vaquilla (ya se sabe que Cataluña mantiene las tradiciones como ningún otro lugar del mundo). A mí, ahora mismo, los únicos tirones que me preocupan son los que pegan los conductores de algunas líneas del transporte urbano. Me refiero a esos empleados de la Compañía de Tranvías que se dedican a entretener nuestros recorridos en bus por la ciudad a golpe de frenazos bruscos y acelerones todavía más bruscos.

Como no conduzco, a lo mejor no soy el más indicado para juzgar cómo llevan su vehículo estos profesionales del volante. Pero tampoco soy doctor en medicina y, de tanto ir a cardiología, están a punto de darme un diploma de cardiólogo honorario. Y, si a algo me he dedicado en esta vida, como peatón irredento que soy, es a viajar en bus por Coruña (hasta escribí un breviario sobre esos periplos). Así que, como pasajero premium y busero emérito, puedo contar que hay trayectos en los que el chófer se aproxima a la marquesina con una especie de frenazo a plazos —ahora toco un poquito el pedal y luego otro poquito más—, como para asegurarse de que todos estamos bien despiertos y alerta y que nadie se pasa de parada por estar pegando una cabezada contra la ventanilla.

Autobús

En mi experiencia de viajero traqueteado, he comprobado que el piloto que conduce a tirones —con mucho alarde de aceleraciones y deceleraciones, que va alternando según se cruzan los semáforos y los cruces en su camino— suele ser un varón. Las buseras manejan el vehículo con suavidad y exquisita precisión. Incluso se toman la molestia de comprobar que los usuarios hayan aterrizado en la acera antes de arrancar (pequeño trámite que suelen ignorar sus colegas masculinos).

Yo creo que, para aprovechar la destreza automovilística de estos tironeros, se deberían montar líneas especiales y ofrecerlas como una atracción turística más. Según las previsiones que uno va leyendo por aquí y por allá, cuando sea el dichoso eclipse de agosto en Coruña se van a juntar dos o tres millones de turistas. Qué mejor momento para subir a esos ingleses mustios y a esos japoneses cibernéticos a uno de los autobuses articulados de la Compañía de Tranvías y brindarles una experiencia única en el mundo. La idea es montar a los guiris en un bus doble, equiparlos con casco, rodilleras y coderas, y dejarlos agarrados a la barra para cronometrar cuánto tiempo aguantan de pie mientras el conductor va pegando volantazos, acelerones y frenazos. Al que resista sin caerse hasta el final del trayecto, se le puede regalar el importe del billete (o incluso algo más sustancioso, una mariscada o así, porque tenemos la certeza de que ninguno lo va a lograr).

Para amenizar el viaje, en lugar de repetir por la megafonía la letanía bilingüe de las próximas paradas de la línea 12, yo contrataría al locutor del Torito Vacilón. Al fin y al cabo, él fue quien convirtió en un espectáculo este juego de zarandear a los clientes hasta dejarlos a todos tirados por el suelo.

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