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TribunaLuis Javier Montoto de Simón

España, un continente

Nuestro país puede ser considerado un continente, propiamente dicho, por la infinita variedad de paisajes y culturas. Se podrá acusarme de exagerado, pero en mi defensa diré que se trata tan solo de una figura retórica que se sustenta en el enorme mosaico paisajístico, cultural y humano

Los diccionarios escolares dicen que un continente es un gran espacio de tierra entre dos océanos. Pero yo creo que es algo más por la variación de sus tierras, las secas y las húmedas, las de frondosa vegetación y aquellas en las que la fauna y flora luchan por sobrevivir en condiciones poco favorables para su existencia. Sus espacios naturales están configurados por unos factores climáticos básicos como es la acción general de la atmósfera, que con sus componentes químicos y las variaciones de la temperatura altera la composición y cohesión de las rocas, preparando su transformación. Después, el viento, cuya fuerza es moderada por el arbolado, en su afán por arrancar los granos de arena del suelo y arañar con ellos las rocas para finalmente amontonarlos en las dunas y arenales.

Sin olvidar a la lluvia que barre y disuelve todo el terreno afectado y corre en forma de arroyo, torrente o río. Vemos el poder energético de la cascada de un embalse, el lento descenso de un glaciar que ha labrado las formas de las altas montañas o el oleaje chocando contra las costas, formando playas y acantilados. Y por último están los seres vivos: las plantas, que protegen el suelo, por una parte, y también lo agrietan con sus raíces; los animales, que construyen sus madrigueras en el terreno; finalmente, el hombre, que altera, muchas veces, las condiciones del equilibrio natural, sobre todo destruyendo la vegetación, pero que ahora va trabajando, poco a poco, en su preservación y mejora.

Hay muchas zonas de España, que he pateado en mis andanzas senderistas, en las que la maravilla natural consiste solo en vegetación. Se trate de los bosques de los Ancares lucenses y leoneses o la selva de Oza en el valle de Hecho, o se contemple un oasis entre tierras áridas, como es la Tierra de Pinares del norte de Segovia, o los llamados «jardines» en tierras de Albacete en las cascadas del río Mundo o las lagunas de Ruidera. Fueron los escritores de la «generación del 98» quienes comenzaron a destacar el protagonismo del paisaje español, asociando su descripción a su ideario y sentimientos personales, bañando con el aire de la historia la realidad del terreno que pisaban; de ahí nace el concepto de la «austera y sobria Castilla». La creación de los primeros Parques Nacionales, allá por 1918, en Covadonga y Ordesa, ha dado pie al concepto de «monumento natural», atribuido a muchas zonas de España, y su conservación natural requiere un prodigioso equilibrio entre, eso, «conservación y divulgación» para que puedan tener una contemplación social ordenada que evite su deterioro.

Opino que nuestro país puede ser considerado un continente, propiamente dicho, por la infinita variedad de paisajes y culturas. Se podrá acusarme de exagerado, pero en mi defensa diré que se trata tan solo de una figura retórica que se sustenta en el enorme mosaico paisajístico, cultural y humano que observo en nuestra vieja piel de toro, incluyendo los territorios insulares. Las preferencias del turismo internacional así lo atestiguan. En cuanto a la parte cultural, los innumerables tesoros artísticos que aquí se encuentran, muchos de ellos de épocas remotas, y la convivencia de las manifestaciones de las llamadas «tres culturas», marcan un lugar privilegiado en el mundo para poder disfrutar de ellas sin realizar grandes desplazamientos. Pinturas rupestres, con mayor concentración en las zonas del norte, Íberos y celtas han dejado su huella en los albores de nuestra historia; fenicios, cartagineses, griegos y, sobre todo, romanos son muestra ejemplar de lo que afirmo. Los posteriores monumentos visigóticos del norte fueron marcando un arte genuinamente español bajo la influencia árabe, con su riqueza de formas; lo bizantino, fundido en gran medida con elementos románicos, primero, y góticos, posteriormente hacen que se produzca una especial singularidad en la expresión arquitectónica, como fue la colocación del coro en el centro de la nave mayor de muchas catedrales. Algunas formas expresivas, como el plateresco o el isabelino, son puramente españolas.

Posteriormente, el Barroco, Rococó, el Neoclasicismo y el Modernismo invaden de transparencia y luminosidad los espacios arquitectónicos como en pocos lugares del mundo occidental. Incluso los grandes pintores del siglo XX: Picasso, Gris, Sorolla, Miró y Dalí permanecen fieles a esa luminosidad propia de nuestro paradigma artístico. Váyanse ustedes a Córdoba y contemplen la extraordinaria fusión del concepto «mezquita-catedral». Eso es único; al igual que las sinagogas toledanas, que albergan conjuntamente elementos judeo-cristianos en su ornamentación, van expresando la idea de la convivencia cultural que se dio en nuestras tierras. Posteriormente, los avatares de las luchas políticas cortaron esa tolerancia tan prolífica en sus manifestaciones creativas: obras literarias y científicas; de ingeniería, de ornamentación de las ciudades, diseños particulares de sus cascos urbanos, murallas de protección y caminos organizados en vías romanas que aprovecharon su trazado las carreteras que disfrutamos hoy día para poder viajar y descubrir toda la riqueza cultural que alberga nuestro país.

Esa plenitud cultural española alumbró con ideas nuevas el conocimiento de la existencia humana, dando explicación a muchas de las cuestiones que se preguntaba el ser humano en todo orden de materias. Para mí es un orgullo ser compatriota de la reina Isabel la Católica, impulsora de las leyes de Indias y de Cervantes, inventor de la novela de humor en la literatura universal, de Francisco de Vitoria, fundador del Derecho internacional; del humanista Luis Vives, profesor en la Sorbona y de Catalina de Aragón y de María Tudor; del marino-científico Jorge Juan, que midió el meridiano del Ecuador para mostrar el achatamiento de los polos de la Tierra; de Celestino Mutis, maestro de la botánica universal; los premios Nobel Ramón y Cajal y Severo Ochoa; el diplomático e historiador Salvador de Madariaga; Monturiol, iniciador del submarino; Juan de la Cierva, del autogiro; Torres Quevedo, ingeniero, innovador de las máquinas calculadoras, del primer dirigible español y creador del transbordador sobre las cataratas del Niágara. Y principalmente de todos aquellos que en el anonimato de su trabajo hicieron grande el nombre de España.

  • Luis Javier Montoto de Simón es médico y escritor
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