Marzo 1953: la muerte de un tirano
Hubo que usar gatos y picos para apalancar los goznes. Tras varios minutos de incertidumbre consiguieron abrir la puerta hacia dentro. La escena descrita al inicio de este relato hizo que nadie articulase una palabra. Tan solo Beria sonrió para sus adentros
Pudo ser una agonía lenta. Habían pasado tres días, desde que le encontraron tumbado sobre la lujosa alfombra de Bukahra que cubría el parquet de madera; boca arriba, como fulminado. Pasó por distintos estados, propios de las consecuencias de una hemorragia cerebral, en estado semiinconsciente a ratos, otros con los ojos abiertos y la mirada fija en alguno de los presentes. Según Kruschev, esa mirada no era la de un muerto. Eran los ojos de un Stalin vivo. Cuando le llevaron a su lecho era un cuerpo inerte, salvo un ligero tono de resistencia muscular en el brazo derecho, ese mismo brazo que movió en los instantes de mayor lucidez cuando pareció que iba saliendo del coma. Y lo movió para señalar con su mano una imagen que había sobre la cama y en la que una niña alimentaba con una cuchara a un corderito en una granja. Él era el corderito al que en ese momento una enfermera se encargaba de darle, lentamente con una cuchara, con persistencia, el té, al que era tan aficionado. El corderito, ¡ tremenda paradoja!, un disfraz poco convincente del tirano que con mano de hierro dirigió las vidas de millones de seres en la Unión Soviética desde la muerte de Lenin.
Stalin, en el fondo, siguió la tendencia que los bolcheviques dieron al desarrollo social ruso haciendo que el Estado siguiera la ley de la inercia que es la que transforma a los hombres cuando ellos creen ser los que transforman la realidad. Por eso los dictadores pueden modificar su biografía oficial, e inclusive la historiografía de su entorno histórico, pero no la historia en sí misma porque un buen día los estudios históricos serios e independientes descubren la realidad y comienza la destrucción de las imágenes sectarias y propagandísticas y, como a tantos tiranos, el culto a la personalidad fomentado por sí mismos y por sus círculos de apoyo oportunista, acaba derrumbándose como un castillo de naipes a poco que se le someta a un análisis serio y riguroso.
En el caso de Stalin hubo una doble falsificación histórica, la suya propia y la del relato oficial de la Revolución rusa. No fue esta revolución ni proletaria ni socialista en términos del concepto marxista de las revoluciones. Marx lanzó al aire sus teorías para ayudar a la clase más pobre y numerosa, es decir, los proletarios, y no para favorecer y aupar hacia el poder político y social a los políticos y revolucionarios profesionales, que no otra cosa fueron las llamadas «revoluciones populistas» que han sido, son y, desgraciadamente serán en el futuro. Concretándonos a Rusia, el socialismo comunista pudo desarrollarse porque en ese país no existía, en los tiempos del Imperio, ni una burguesía consolidada ni un proletariado urbano importante. Esa era la situación de los campesinos, tras la liberación de su servidumbre por el decreto de Reforma Emancipadora del zar Alejandro II en 1861 que liberó a más de 23 millones de siervos de la dependencia feudal permitiéndoles movimiento y residencia libre, la que creó el caldo de cultivo para que los políticos revolucionarios la usaran como arma social para sus intereses. Porque, a pesar de la libertad, los campesinos tuvieron que pagar por la posesión de la tierra, lo cual les endeudó y no mejoró sus condiciones de vida manteniendo su pobreza rural y el atraso agrícola general del país.
Pero volvamos a los momentos que justifican el encabezamiento de este comentario. El ambiente en la ciudad de Moscú era de un frío glacial intenso. Quizá nunca había nevado tanto en la ciudad como en esos días de finales de febrero y principio de marzo de 1953. Una nieve espesa, insistente, insidiosa, que se había acumulado en las calles. Y después se había levantado un viento siberiano que transformó la nieve en hielo. Circular por Moscú era una temeridad y aventurarse por carreteras casi una imposibilidad. Se aproximaba la medianoche. En su apartamento moscovita, Kruchev no dormía. La víspera del 1 de marzo había ido a cenar, junto con la mayoría de colaboradores íntimos de Stalin, a la casa de campo del mandatario ruso, y tras una alegre velada, cada uno regresó a su casa. Pasaron dos días, sin noticias y de pronto esa medianoche descolgó el auricular y oyó la voz del jefe de la guardia de Stalin: «Se le ruega que venga enseguida a la dacha del camarada Stalin», y colgó. La esposa de Kruchev le miraba. Con su rostro campesino y cabellos ralos sin estilo, Nina Petrova sospechó que esa noche su marido podría no regresar jamás. Su marido pidió un coche con chofer y comenzó a vestirse. El trayecto fue muy difícil, el chofer del vehículo negro, marca Zis, tuvo que poner su mejor destreza para evitar cualquier patinazo. Al poco se incorporaron a un cortejo formado por otros vehículos, todos idénticos.
Comprendieron que se trataba de una reunión especial, ante algún hecho importante. Llegaron al fin a la residencia, la antigua casa solariega de los príncipes Orloff. Tras el muro con alambrada eléctrica, unos enormes proyectores iluminaban el parque. Al bajar del coche reconoció a Beria, Molotov, Voroschilov, Bulganin, Malenkov y a Kaganovich. Metralleta al brazo, los guardias les escoltaron hacia el interior. Fueron cacheados todos; la obsesión paranoica sobre su seguridad era una constante en el líder. El camarada que había sido valiente en otros tiempos, el que había protegido al partido férreamente frente a los cismas y que había salvado a su pueblo en la guerra, se había replegado en sí mismo y no confiaba en nadie. Sus habitaciones, llenas de timbres para dar las alarmas necesarias, se completaban con un sistema de puertas blindadas y accionadas desde el interior. Hubo que usar gatos y picos para apalancar los goznes. Tras varios minutos de incertidumbre consiguieron abrir la puerta hacia dentro. La escena descrita al inicio de este relato hizo que nadie articulase una palabra. Tan solo Beria sonrió para sus adentros.