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TribunaJuan Alfredo Obarrio Moreno

La política: esa extraña compañera de viaje

Antes de acabar, quisiera recordar que en esa obra inolvidable que es Pedro Páramo, Juan Rulfo dejó una sentencia que parece escrita para esta nación nuestra, tan querida y a la vez tan mancillada: «Hay pueblos que saben a desdicha». Nuestra desdicha tiene nombre y apellidos. Nosotros le hemos votado

Dejó escrito Platón en el Menón: «Conocer es recordar». A conocer y recordar el pasado y el presente de mi país he dedicado buena parte de mi vida. Para un hijo de la Transición, como es quien escribe estas líneas, es lógico que así fuera. Murió Franco cuando tenía apenas trece años. Llegó la Transición, y con ella se nos vendió un mundo de prosperidad, de libertad y de tolerancia. Ingenuamente, nos lo creímos. Se nos dijo que la bandera de la ética estaba en la izquierda, y lo asumimos como si de un bendito dogma de fe se tratara. El siguiente paso fue el esperado: solicitar la admisión en el PSOE. Más de diez años de militancia. El tiempo que duraron nuestros estudios en Geografía e Historia y Derecho. Años construidos sobre una ficción y una mentira. Nunca hubo cien años de honradez, más bien todo lo contrario. Tarde lo comprendí, y tarde lo leí. Los infinitos casos de corrupción fueron el detonante de mi desencanto. A estos se unió «la muerte de Montesquieu» y tantas promesas incumplidas (OTAN, de entrada, no). Como sucediera con el muro de Berlín, todo se derrumbó ante mis pies.

A partir de ese instante, la política la vi con profundo escepticismo, y hasta con cierto desdén. Es lógico que así fuera. Uno contemplaba como Aznar repudiaba el alzamiento del 36, pero no condenaba a la República. Al hacerlo, rechazaba a su familia, y, a su vez, a su pasado más joseantoniano. La fecha elegida para perpetrar el historicidio: el 20/11/2002. Una vez más, la derecha mendicante salía a la palestra para pedir que fuera perdonada. Qué es lo que esperaba de los sublevados: ¿qué se dejaran matar impunemente? ¿Qué permitieran, cariacontecidos, el genocidio de todo aquél que «oliera a cera»? ¿Qué se hubiera instalado una República sovietizante, como la que predicaba Largo Caballero, el ídolo de Sánchez? Tanta sumisión y tanta cobardía nos rasga el corazón. Y lo peor es que no aprenden.

Con el paso del tiempo sobrevino una nueva plaga bíblica: Zapatero. Con él, como diría Piqué, empezó todo. Se inició una época de discordia y de tensión, una tensión de la que se ufanó ante los oídos complacidos y complacientes del «compañero» Iñaki Gabilondo. No tardó en llegar la crisis económica, la que negó siempre, y con ella, el caos. La derecha pensó en un nuevo Gil Robles, eso sí, con menor cuajo político. Nadie como Rajoy traicionó tanto a sus votantes. Con una mayoría absoluta incuestionable, no derogó ninguna ley ideológica, incluida la totalitaria Ley de Memoria Histórica, ni reformó la ley del aborto, sólo supo ponerse de perfil ante el supuesto referéndum independentista; eso sí, salvó a las televisiones «amigas» (Cuatro y la Sexta). La economía lo era todo. Una vez más, la política se la dejaban a la izquierda. Se impuso la lógica: perdió las elecciones, y a su derecha surgieron dos partidos políticos. ¿Lo elevamos a los altares? Y siguen sin aprender.

Tras tres décadas de profundo desencanto, llegué a pensar, no sin cierta ingenuidad, que ya nada me sorprendería. Craso error. De la noche a la mañana, a la política patria llegó un aprendiz de Mefistófeles. Nada en él es verdad. Diría más: Sánchez pasará a la posteridad no por estar en el lado correcto de la historia (¡más quisiera!), sino por haberse convertido en el mejor heraldo de la mentira y del engaño. Tal es así que debo confesar que me enterneció saber que no conocía a ese gran feminista llamado Ábalos, quien llegó a sostener en la moción de censura de 2018: «No podemos normalizar la corrupción ni en nuestras vidas ni en las instituciones». Es cierto, ni podemos ni debemos.

Si la aceptamos, daremos carta de naturaleza a la famosa proclama de Orwell: «la ignorancia es fuerza». En esa ignorancia y en esa complacencia un gobierno acechado por la corrupción encuentra la fuerza suficiente para atenazar y señalar a jueces, a periodistas, y a los pocos intelectuales y profesores universitarios que alzamos la voz para gritarles, sin temor alguno: ¡BASTA!

La vida me ha enseñado que el poder suele tener mala conciencia, por esta razón, cuando intenta justificarse, acusa. Acusa sin piedad y sin fundamento. Acusa desde la mentira y la arbitrariedad. Acusa amparado en sus redes clientelares, a las que cuida, mima, protege y alimenta sin temor alguno. Acusa instalado en esa abyecta mentira que le impulsa, día tras día, a afirmar una cosa y realizar la contraria. Sus bases lo aplauden enfervorecidas, y su caverna mediática, tan progre y tan chic, se lo permite. Lo que no sabe es que cuando acusa, se retrata miserablemente.

Antes de acabar, quisiera recordar que en esa obra inolvidable que es Pedro Páramo, Juan Rulfo dejó una sentencia que parece escrita para esta nación nuestra, tan querida y a la vez tan mancillada: «Hay pueblos que saben a desdicha». Nuestra desdicha tiene nombre y apellidos. Nosotros le hemos votado. Nosotros somos, en gran medida, los culpables. Ahora solo nos queda la esperanza de que hombres honestos como el juez Peinado sigan instruyendo, contra viento y marea, las causas que avergüenzan a este país, un país que aún podemos seguir llamando, con orgullo, España.

  • Juan Alfredo Obarrio Moreno es catedrático de Derecho Romano
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