Tiempo de Adviento, tiempo de reflexión
En algún momento de nuestras vidas, también fuimos esos hombres frágiles, seres diminutos necesitados de una mano tendida, de una cálida sonrisa o de una mirada amiga que nos dijera: 'Tranquilo, yo estoy contigo hasta el fin de los tiempos'. Porque Él está ahí, en la puerta, y nos llama, una y otra vez
para los católicos inicia el período más entrañable del calendario eclesiástico: el Adviento. Tiempo de encuentro con lo sagrado y lo vivido. Tiempo para la tradición y para la familia. Tiempo para el perdón y la comprensión. Tiempo para la intimidad y para el recogimiento. Tiempo para el recuerdo y para la esperanza. Tiempo para el afecto y para la amistad. Tiempo para el testimonio y la plegaria. Pero, sobre todo, es un tiempo que nos recuerda que nada somos sin el Ser en el que somos. Un Dios que se hizo hombre entre los hombres. Un Dios que nos abrazó en la cruz con una entrega que carece de tiempo y espacio, porque este es tan infinito como el amor que nos tiene. Un Dios que es esa Palabra que nos otorga un tiempo de esperanza, y que nos llena el corazón de un silencio tan pleno y tan sustantivo como la vida y el amor cuando se hace carne y prende entre nosotros.
El Adviento nos lleva a contemplar al niño-Dios en un desvencijado portal de Belén. Junto a él se hallan sus padres. Fuera de la gélida gruta, se encuentran, trémulos de emoción, los reyes magos y los pastores. Han venido a postrarse ante el Milagro de los milagros, que no es otro que esa Palabra que sigue siendo la expresión viva de una fe que ilumina y enseña que Dios siempre es una novedad para el hombre, porque constituye la introducción de lo eterno en el mismo corazón del quehacer histórico.
Tristemente, para muchos de nosotros, cristianos de fe estrecha, nos sucede como a los discípulos de Emaús: Jesús «caminó a su lado, pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerlo». Lo veían, pero eran incapaces de reconocerlo. Nosotros sentimos que camina a nuestro lado, pero nos negamos a admitir que es Cristo quien nos acoge y nos protege. Reconocemos sus palabras de consuelo –«Yo estoy en medio de vosotros»– y de ánimo –«¡Ánimo! Yo he vencido al mundo»–, pero las disociamos de nuestras vidas. Es como si el hombre moderno tuviera miedo de que su mensaje despertara su alma dormida, como si prefiriera continuar viviendo en un mundo que se sumerge cada vez más en una profundidad sin esperanza, la que nos lleva no a vivir la vida, sino a sufrirla.
Cuando contemplo esta realidad, tan cercana a mi propia persona, me pregunto si, cuando todo esto sucede, es porque ya hemos llegado a ese fatídico pacto al que se acoge Dorian Grey. El joven pacta con el diablo para que su belleza no se vea alterada por las huellas del tiempo. El pacto se cumple. Pero el diablo deja marcas profundas en su gastada alma. Su viejo retrato va reflejando toda su podredumbre. El cuadro le delata. El diablo también. En ese instante, el lector se pregunta: ¿cambiará al ver cómo se deforma? La respuesta, siempre será la misma: cuando se vive para el hedonismo, no hay espacio para el arrepentimiento. Ya solo puede ocultar su retrato con una sábana blanca. Puro escapismo. Lo es, porque cuando descubrirnos que el egoísmo ha cubierto todos los pliegues de nuestra piel, ya nada queda de nosotros. Nos convertimos en seres aislados, en seres que viven en la penumbra, porque el goce siempre es pasajero.
No lo es la caridad. Esta permanece. No nos envilece. Todo lo contrario. Se acomoda a esa belleza eterna que nace de Dios; en la belleza que vive en el corazón de unos hombres que han comprendido que, a diferencia de Caín, son los guardianes de nuestros hermanos. Ellos son parte de nosotros. Entregarnos a ellos purifica y enaltece nuestro corazón. Todos lo sabemos, porque, en algún momento de nuestras vidas, también fuimos esos hombres frágiles, seres diminutos necesitados de una mano tendida, de una cálida sonrisa o de una mirada amiga que nos dijera: Tranquilo, yo estoy contigo hasta el fin de los tiempos. Porque Él está ahí, en la puerta, y nos llama, una y otra vez; y si alguno oye su voz y le abre, entrará, y cenará con él hasta el final de los tiempos (Ap. 5, 3).
Sí, empezamos el tiempo de Adviento. Un tiempo para recordar que el Reino de Dios está abierto a quien alimentó al hambriento, vistió al desnudo, dio de beber al sediento, acogió al forastero o a quien otorgó consuelo al que se hallaba preso. A todos ellos, también a ti y a mí, Jesucristo les llama amigos, porque en su corazón brota la cálida semilla del amor, de la justicia y de la paz. Al meditarlo convengo que la amistad significa lealtad, aprecio, consuelo, ayuda, indulgencia. Nunca sumisión. Nunca traición. Nunca indiferencia. Nunca indolencia. Porque la amistad se asemeja a las ramas de un mismo árbol. Ramas que se mecen a la par. Ramas que surgen de un mismo suelo. Ramas que se entrelazan con palabras que se complementan y se escuchan. Es la eterna amistad que nos ofrece ese Niño-Dios, cuya vida debemos guardar en la memoria del corazón, para que ningún viento, por gélido que sea, pueda borrarla.
Juan Alfredo Obarrio Moreno es catedrático de Derecho Romano
- Juan Alfredo Obarrio Moreno es catedrático de Derecho Romano