Benedicto XVI, un Papa para la eternidad
¿Cómo podemos olvidar a quien supo oponerse a la férrea ortodoxia que impone la ausencia de verdad en favor de ese opio del pueblo llamado relativismo?
Debo confesar que noticia de su muerte me encogió el corazón (31/12/2022). Sabía que se estaba apagando poco a poco, pero uno siempre se resiste a perder lo que ama, lo que admira, lo que siente. Es cierto, me negaba creer que el aliento de sus palabras, de sus gestos y de su mensaje se perdían para siempre. Pero, ¿se perdían?
En su novela La lentitud, Milan Kundera escribe: «El grado de la velocidad es proporcional a la intensidad del olvido». El olvido no cabe en la figura de un sacerdote, de un académico y de un teólogo que nos envolvió con el enriquecedor manto de sus escritos, de su ejemplo, de su entrega y de su frágil figura.
¿Cómo podemos olvidar a quien nos encogió el corazón en la JMJ de Madrid, con su tímida sonrisa y sus brazos extendidos a una juventud que le aclamó bajo una lluvia torrencial?
¿Cómo podemos olvidar a quien, ante la pregunta sobre cuántos caminos puede haber para llegar a Dios, no dudó en contestar: «Tantos como hombres»?
¿Cómo podemos olvidar a quien afirmó que el mundo se salva y se redime por la infinita paciencia de Dios, y se destruye por esa hoguera de sangre que dejan los sembradores del odio?
¿Cómo podemos olvidar a quien recordó que ser cristiano no es una especie de traje que se usa en privado, para, acto seguido, dejarlo en ese cajón del olvido en el que guardamos nuestra sucia conciencia?
¿Cómo podemos olvidar a quien supo oponerse a la férrea ortodoxia que impone la ausencia de verdad en favor de ese opio del pueblo llamado relativismo? Lo es porque «el relativismo se ha convertido en la auténtica religión del hombre moderno», a la que nos hemos rendido por cobardía o por tibieza (Ap 3.16).
¿Cómo podemos olvidar a quien guardó el tesoro de la Tradición y de la Verdad, sin veleidades ni absurdas improvisaciones?
¿Cómo podemos olvidar a quien sostuviera que la fe en el Cristo Resucitado «brinda alegría y da amplitud», porque en ella «no hay hastío posible»?
¿Cómo podemos olvidar a quien, en su incomprendido discurso de Ratisbona, no dudó en sostener que «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios»? Esta incontestable verdad le valió un sinfín de críticas, a las que supo quitar hierro, porque «si un Papa no recibiera más que aplausos, debería preguntarse qué es lo que no está haciendo bien. Pues en este mundo el mensaje de Cristo, empezando por Cristo mismo, es un escándalo. Siempre encontrará oposición, y el Papa será inevitablemente signo de contradicción. Es un rasgo que le incumbe». Un rasgo que no todo el mundo han sabido llevar con la dignidad que se esperaba.
¿Cómo podemos olvidar a quien dejara por escrito que «la liturgia no es un show, no es un espectáculo que necesite de directores geniales y autores de talento. La liturgia no vive de sorpresas simpáticas, de ocurrencias cautivadoras, sino de repeticiones solemnes. Lo importante en la liturgia no es lo que hacemos, sino lo que allí acontece. En el rito se manifiesta la santidad de Dios, no la del sacerdote»? Lo que no sé es si lo asumen todos los ministros de Dios. La duda queda. También mi silencio.
¿Cómo podemos olvidar a quien nos hizo ver que «la iglesia vive de la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios resuena en su Iglesia», desechando, así, la funesta disociación entre Cristo y su Iglesia?
Quien escribe estas palabras no puede olvidar a un Papa que me ayudó a comprender que la felicidad no se halla en esa estéril soledad que provoca la avaricia, el egoísmo o la vanidad, sino en ese Niño-Dios postrado en un frío madero. Si a Él nos acogemos, advertiremos que ya no seremos como Sísifo, portadores de una gigantesca piedra que nos golpea, día y noche, sin piedad alguna. Si a Él nos acogemos, ya no seremos seres empecinados en enterrar nuestros talentos en la arena, sino que haremos de ellos un espacio abierto para el encuentro, la entrega y la verdad. Si a Él nos acogemos, no seremos seres amurallados, sino frondosos árboles sobre los que se puede recostar el cansado, el necesitado, el hambriento y el excluido.
Transcurrido los años, y perdida la juventud, me llegó el tiempo en el que el corazón fue descubriendo, de nuevo, la sagrada desnudez de su Palabra, la única que nos otorga un tiempo que es silencio y es morada, que es luz para aquietar el cuerpo y despertar el alma. Y si los de siempre no lo entienden, no nos violentaremos, porque lo que realmente importa es que Él, con sus manos pacientes, y su callada voz, continúe llenando las largas horas de la infinita espera, esas que nos otorgan un tiempo de esperanza tan pleno y tan sustantivo como la vida y el amor cuando se hace carne y prende, sin herida alguna, entre nosotros.