Diplomacia británica
En España hemos olvidado que la alianza con los países hispanoamericanos es hoy más importante que nunca y base de su destino global. Como dice Hastings, «no podemos mirar a la historia como si fuera cosa del pasado y olvidarnos de que estamos haciéndola»
Confieso que he quedado admirado del discurso del rey Carlos III ante el Congreso norteamericano. Para mí, diplomático de carrera, ha sido una confirmación de lo importante que es la palabra, dar una buena imagen, el enfoque de los temas y la forma de transmitir el mensaje.
Carlos III ha estado en los Estados Unidos solo tres días y, como monarca, no toma decisiones ejecutivas, pero representa a la nación, personaliza su historia y sus valores. Alguien ha escrito que estuvo «genial, irónico, sabio». El motivo del viaje era celebrar, paradójicamente, el 250 aniversario de la declaración de independencia, es decir, de la ruptura. Y sin embargo, el rey consiguió levantar de sus asientos, para aplaudirle incontables veces, a todo el espectro de las Cámaras, demócratas o republicanos.
El viaje era especialmente difícil porque, hoy en día, los visitantes a la Casa Blanca suelen encontrarse con situaciones tensas, a veces al límite. Los ejemplos son muchos, quizás los más notables han sido Merkel, Zelenski, el rey jordano Abdullah o la propia primera ministra italiana, Meloni.
En su mensaje, el rey Carlos puso de relieve que existe un lazo inquebrantable entre el Reino Unido y los Estados Unidos, basado en una serie de principios compartidos: equilibrio de poderes (checks and balances), la defensa de la democracia y la libertad, justicia imparcial y la fe cristiana. Carlos confesó que para él el cristianismo «fortalece mi esperanza» y debe llevar a «caminos de compasión, paz y valores a todos los pueblos».
¿Ha sido la relación de Gran Bretaña con los Estados Unidos siempre buena? Me temo que no. Las 13 colonias, con el apoyo de España y de Francia, se rebelaron contra el rey Jorge III por aquello de que «no hay impuestos sin representación».
Posteriormente, Inglaterra invadió los Estados Unidos en 1814, y durante el siglo XIX, la doctrina Monroe («América para los americanos») consiguió apartar al entonces omnipotente imperio británico (que «dominaba las olas») del Nuevo Mundo.
Tras la Primera Guerra Mundial, en el Reino Unido, que todavía era potencia dominante, los desencuentros en torno a los principios del presidente Wilson o la creación de la Sociedad de Naciones fueron muy intensos.
Tendemos a pensar que durante la Segunda Guerra Mundial los dos países fueron siempre aliados, lo cierto es que solo a partir de diciembre de 1941 los Estados Unidos se incorporaron al bloque aliado.
Churchill se dio cuenta de que solo la beligerancia de los americanos podría abrir la senda de la victoria. Por eso, se esmeró (Max Hastings La guerra de Churchill) por ir camelando a Roosevelt (paso inicial de la ley de Préstamos y Arriendos) y a la opinión pública americana. Las alocuciones radiofónicas del primer ministro inglés (en línea con las de Carlos III, la semana pasada) sirvieron para convencer al numeroso público norteamericano de la necesidad de entrar en la guerra.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos «fuerzan» la descolonización británica en Asia y el África actual. El choque es especialmente violento en la crisis de Suez en 1956.
He visionado hace unos días la película We the Hispanos de José Luis López Linares, en amplia oposición a la línea actual de la política exterior española, proclive a pedir perdón por los «numerosos abusos» que se habrían cometido en América. Y he soñado, por un momento, una escena en la que el rey Felipe VI se dirigiera a los congresistas mexicanos para ser vitoreado. Porque con respecto a los Estados Unidos, la América hispana es más mestiza y mucho más respetuosa de las culturas originales. Pensemos en las gramáticas en lenguas nativas o en la doctrina de la Escuela de Salamanca. O en las iglesias, universidades u hospitales que España construyó.
En España hemos olvidado que la alianza con los países hispanoamericanos es hoy más importante que nunca y base de su destino global. Como dice Hastings, «no podemos mirar a la historia como si fuera cosa del pasado y olvidarnos de que estamos haciéndola».
Carlos Mountbatten señaló, con humor, que «si no hubiera sido por el inglés, los norteamericanos hablarían francés». Más correcto hubiera sido decir que hablarían español, como lo fueron históricamente Florida y Tejas, o los seis estados arrebatados a México, tras el acuerdo Guadalupe-Hidalgo en 1848.
Los Estados Unidos tienen, pues, también una raíz española que Carlos obvió, pero esto no empequeñece su extraordinario viaje diplomático del 27 al 30 de abril. Por cierto, la reina Camila visitó una instalación de carreras de caballos, que (también) fueron llevados por los españoles al continente americano.
- Gonzalo Ortiz es embajador de España