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TribunaGonzalo Ortiz

Progresismo y cancelación

Hay dos ideas base, una «Aquí no pasa nada» y dos «Necesitamos tiempo». No pasa nada, pero se trata de cargarse a Montesquieu (ejemplo más reciente es la judicatura en México) sin que se note. No pasa nada, pero el poder actúa como una gran apisonadora con todas las instituciones del Estado

Una particularidad del progresismo español es su carácter reaccionario. En vez de fomentar una sociedad dinámica basada en el riesgo y en la innovación, el progresismo español es profundamente conservador («que nadie toque las conquistas alcanzadas») dirigido a las clases pasivas (los 10 millones de jubilados) y a la ampliación desbocada de la parte de población que vive de los presupuestos generales del Estado. Aquí habría que incluir al funcionariado, sindicalistas, ongs, policías, profesores, parados o los que perciben el ingreso mínimo vital.

Política profundamente reaccionaria en el fondo, aunque se justifica en que «nadie se quede atrás», y un Estado intervencionista que regula cada vez más. En nuestro continente parece que se ha pasado de una Europa de la innovación a sofocantes políticas de regulación. Hay que reglamentarlo todo, y en España, con normativas diferentes en las 17 comunidades autónomas (más Ceuta y Melilla). Otro aspecto de la política reaccionaria del progresismo español (en realidad un retroprogresismo) es su obsesión necrófila, dirigida a resucitar la Guerra Civil, ya muy lejana y que había desaparecido de las mentes de los españoles (y de los políticos de la Transición). Recurrir constantemente al pasado puede tener algún sentido en términos de cohesión nacional (lo hacen los países del Tercer mundo recordando la independencia, o China y Corea contra el imperialismo nipón), pero no tiene ningún sentido si se trata de dividir a los españoles entre vencedores y vencidos («desenterrar la guerra civil», como dice Arturo Pérez Reverte).

El progresismo es una muleta que oculta los fracasos históricos del socialismo y del comunismo. En China se habla del «socialismo con rasgos chinos» como forma velada de disimular que se trata de una economía capitalista dirigida por el partido comunista. En la América del Grupo de Puebla se habla del «socialismo del siglo XXI» en el que aparecen nuevos postulados como el cambio climático, el movimiento «woke», la discriminación positiva, las políticas de género y el Horizonte 2030.

El progresismo también esconde un deseo revolucionario de destruir lo ya existente para mejorar el mundo. Largo Caballero insistía de que había que aniquilar a los facciosos para construir un mundo nuevo. Hoy la involución hay que esconderla bajo el cartel de la democracia, y una vez conseguido el poder, se realizan los cambios para el control absoluto de la sociedad. Hay dos ideas base, una «Aquí no pasa nada» y dos «Necesitamos tiempo». No pasa nada, pero se trata de cargarse a Montesquieu (ejemplo más reciente es la judicatura en México) sin que se note. No pasa nada, pero el poder actúa como una gran apisonadora con todas las instituciones del Estado. Lo que Trapiello ha calificado ”arrasar el terreno de juego, que es de todos”. La segunda idea base es «Necesitamos tiempo» y tanto tiempo se necesita, que la revolución cubana, que pronto cumplirá 70 años, todavía no ha conseguido normalizar la producción ni mejorar la calidad de vida de la población.

Pero el progresismo va de la mano de una política sectaria de «cancelación». Cancelación significa en nuestro país :

1. Difuminar la idea de España y de unidad de los españoles, para ensalzar al Estado plurinacional y pluriétnico.

2. Ataques al mérito y al esfuerzo, como superar las oposiciones y desacreditar los altos cuerpos funcionariales.

3. Desmontar monumentos, hacer desaparecer estatuas, o cambiar el nombre de calles (como, por ejemplo, el Valle de los Caídos).

4. «Resignificar» museos y corregir la historia (leyes de memoria democrática) para que haya una visión oficial única del pasado en la educación y en los medios de información.

5. Proscribir las energías fósiles (y la nuclear) y justificar la desaparición de pantanos por motivos conservacionistas.

6. En política exterior hacer cambios de calado como alinearse con el Grupo de Puebla, la retirada de la embajadora en Israel, frialdad con la OTAN en materia de defensa, y la supuesta aproximación con China.

7. Favorecer al Islam, al tiempo que se quita protagonismo o se critican las manifestaciones católicas.

De esta forma, el seudoprogresismo, domina el relato con el control de unos medios de comunicación oficial, que apoyan machaconamente al gobierno, y demonizan a la oposición. En el fondo, se esconde el cesarismo partitocrático que, oculta todo tipo de corrupciones. Y la peor corrupción consiste en colocar al frente de instituciones públicas a personas que carecen de una preparación profesional y ética adecuadas. Luego esta corrupción de arriba se ”piramiza” en empleos remunerados para buen número de asesores, militantes, amigotes y parientes varios.

Como el dinero se malgasta a manos llenas, sin los controles debidos, se deterioran las infraestructuras, el sistema eléctrico, los transportes públicos (trenes, aviones), y la prevención de incendios. No se acometen proyectos ambiciosos de futuro. El personal no está motivado, son frecuentes las bajas médicas, y aparecen por todas partes comisionistas y comegambas. En fin, que este retroprogresismo que predica la cancelación es mercancía muy averiada.

Gonzalo Ortiz es embajador de España

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