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tribunaMiguel Aranguren

Alicia en el país de ZP

Eleva sus cejas picudas al tiempo que los ojos se le transforman en esmeraldas, y sonríe, siempre sonríe, con los labios acotados por los paréntesis de sus carillos. «La bondad de la riqueza», cuenta fajos de 500, «se demuestra al compartir cachimba con la oruga azul»

José Ángel Sánchez Asiaín no solo recomendaba con entusiasmo la lectura de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, sino que a quien le confiaba que el de Carroll era uno de sus libros de cabecera, no tardaba en enviarle un ejemplar dedicado. No era aquello un gesto de amabilidad baladí, sino una eficaz medida de presión para que el agasajado buscara los motivos por los que aquel relato aparentemente infantil cautivaba al banquero vasco. Es decir, una razón inexcusable para llevarlo bien leído al siguiente encuentro con el baracaldés.

Yo fui víctima indirecta de la pericia de Asiaín. Entre mis planes inmediatos nunca estuvo entregar un solo minuto a aquella niña repipi en su viaje lisérgico camuflado de pesadilla. Desde niño conocía la versión cinematográfica de Disney, que me espanta. La razón son los dibujos animados, a los que el estudio americano aplicó una paleta de colores demasiado intensos, y también las disparatadas historietas, que se sucedían –como en el libro– sin ton ni son. El país de las Maravillas es una locura colectiva que parece avivar esa niña creciente y menguante.

El copresidente de aquel primer Banco Bilbao Vizcaya había garabateado en tinta de bolígrafo un largo brindis a mi madre, en el que hacía referencia a aquello que los castizos llaman «la pescadilla que se muerde la cola», al bucle, la secuencia, la repetición engañosa que, con el tiempo, ilustró magistralmente el holandés M.C. Escher con sus escaleras infinitas, los dameros de aves, palacios con pasillos equívocos, manos que se dibujan a sí mismas para confundir realidad con ficción, camaleones encerrados en la geometría imposible de una estrella de seis puntas y cuatro lados… José Ángel Sánchez Asiaín mantenía vivos Los problemas de lógica con los que juega Lewis Carroll, mediante una lectura continuada del texto, vencido por su necesidad de encontrar solución a los enigmas que salpican sus páginas.

Me bastaron veinte o treinta páginas para aceptar que carezco de la finura intelectual que adornaba al vizcaíno; allí donde su perspicacia le hacía admirar elementos matemáticos como sostén del texto, yo solo intuía un ovillo enmarañado de realidades enfrentadas, con regusto al Barrio Sésamo de mi niñez (arriba y abajo; dentro y fuera; grande y pequeño, poco y mucho…), vislumbres de un loquero a reventar de pacientes que representan el abanico que va de la imbecilidad a la obsesión, de la esquizofrenia a los desdobles de la personalidad. La juventud de aquel entonces me impidió comprender que el fabuloso mundo de Alicia lleva engastado un sinnúmero de espejos que recogen imágenes de la no menos fabulosa realidad.

Hace un par de noches, en una terraza veraniega en el centro de Madrid, repasé con un amigo los comportamientos erróneos de un conocido común que está empeñado en ser infeliz a pesar de tenerlo todo, ya que nació, creció y vive sobre el colchón blando y caldeado de la fortuna. «Es la naturaleza humana», considerábamos, porque todos los comportamientos erráticos los traemos de fábrica (los virtuosos solo en embrión, lo que nos exige tener que trabajarlos). Dicha infelicidad en quien está saturado de bienestar es una tesela más en el mosaico que compone la novela de Carroll, unida a otras teselas dedicadas a múltiples variaciones de las pasiones y los vicios, que vienen, vuelven y vuelven a venir en círculo como serpiente que se traga su cola.

Cada mañana la prensa nos sirve una buena ración de teselas, que no son nuevas ni originales salvo en la identidad de sus protagonistas. Abundan aquellas que reproducen la codicia de quienes ocupan u ocuparon responsabilidades en la cosa pública. Sus fechorías siguen una secuencia: la creencia de que el ejercicio del poder te inmuniza contra los pecados capitales; el convencimiento de que tus sacrificios merecen una compensación a la medida del magnífico concepto que tienes de ti mismo; el autoengaño de considerar que te riges por una ética que supera los principios morales que obligan a los demás. Empiezas al aceptar un regalo que no te corresponde y continúas con dádivas, comisiones, pelotazos, paraísos fiscales, testaferros y socios nada recomendables que nunca te hacen sentir ahíto.

Zapatero (y no es el único) se ha revelado como un actor más del país de las Maravillas, que aguarda la aparición de Alicia para mostrarle con petulancia su colección de alhajas mientras suelta, una detrás de otra, una colección de extrañas sentencias –unas huecas y otras cargadas de ponzoña–: «La Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», «La nación es un concepto discutido y discutible», «Arnaldo Otegui es un hombre de paz», «Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho»…

Encaramado en una rosa encarnada, se prueba y vuelve a probar collares, anillos, diademas, gargantillas y relojes, piezas diseñadas con mal gusto que entran por los ojos a cuenta del poderío de sus quilates y el tamaño desmesurado de sus piedras. «La paz vuela entre las nubes», pronuncia mientras juega con un brazalete de oro blanco y diamantes. «Las cuentas opacas y el chocolate con picatostes», guiña uno de sus ojos glaucos al probarse unos pendientes de zafiros. «La música es la rúbrica de las sirenas», añade antes de mostrarle a la niña la colección de rubíes que lleva incrustados en los dientes. Eleva sus cejas picudas al tiempo que los ojos se le transforman en esmeraldas, y sonríe, siempre sonríe, con los labios acotados por los paréntesis de sus carillos. «La bondad de la riqueza», cuenta fajos de 500, «se demuestra al compartir cachimba con la oruga azul».

Alicia busca con desasosiego una salida que le conduzca a romper el ciclo de sus pesadillas, temerosa de que el amigo de las auroras vaya a invitarle a su fiesta diaria de no cumpleaños, pues tendría que agasajarle con los humildes aretes que le regaló su madrina.

Sabio Asiaín. Sabio. Muy sabio.

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