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tribunaMiguel Aranguren

El yin y el yang del toreo

Son Morante de la Puebla y Roca Rey: luz y sombra, agua y fuego, música y silencio, continuidad de ese pulso a camisa quitada que da razón de la vigencia de este espectáculo fuera de tiempo

Una vez concluida la feria de Sevilla, los dos únicos capitanes generales del toreo se encuentran en dique seco a causa de sendas cornadas de primer orden, como si se hubieran puesto de acuerdo para recibir a la par la Laureada de San Fernando. Uno de ellos tiene el esfínter roto, lesión gravísima tanto por el riesgo de infección como porque se trata de uno de esos «tabacos» que minan el ánimo, más aún en un espíritu involuntariamente atormentado como el suyo. Al otro los médicos le cerraron el muslo abierto con un costurón que sobrecoge. A pesar de que les quedan semanas de convalecencia, rabian por volver a embutirse ese vestido decimonónico que solo sienta bien a los valientes.

Estos dos matadores representan el yin y el yang de la tauromaquia. Traducido del taoísmo al lenguaje patrio, son los contrapesos de un pueblo apasionado que necesita partir la realidad en dos para abrazar una mitad y repudiar la otra. Cualquier lector –le guste o no la Fiesta– sabe a qué diestros me refiero. Uno dibuja frente a los pitones un juego de expresiones barrocas, improvisadas y jubilosas, envueltas en una escenografía que bebe de los orígenes del rito: los siglos XVII y XVIII, cuando la plebe comenzó a batir sus capas de abrigo ante los bureles que alanceaban los jinetes de la corte. Desde entonces, el vulgo escoge a sus héroes entre sus iguales, y los mitifica. El artista al que aludo llena la escena con capote, banderillas, silla de tijera, muleta y espada, que parecen ángeles que revolotean a su alrededor. El otro representa la ciencia exacta que sortea a la muerte, agallas racionales que sobrecogen tanto al espectador cerebral como al vehemente. Este coleta, que parece emplear el compás y transportador para construir la lidia, aprieta con los dientes un extremo del cetro del toreo, mientras su compañero –y cortés antagonista– lleva el otro con naturalidad, en el interior del bolsillo de su casaquilla antigua. Las formas del segundo son técnicas, calculadas, menos imaginativas, a menudo ásperas, y obligan al bóvido a pasar por donde no quiere. Su capote y muleta son incompatibles con duendes y espíritus alados; su táctica se resume en atornillar las zapatillas al albero y conducir a la bestia por delante y por detrás de la cintura, en un ejercicio inverosímil de geometría repetida, hasta que desaparecen las distancias y queda una estela de pezuñazos que dibuja ochos en torno a sus larguísimas piernas.

El cigarrero y el peruano son una instantánea fija de la sociedad contemporánea. El de La Puebla del Río, adalid de la tradición, español de cuna sujeto a una cadena ininterrumpida de antepasados, en un país que mantiene la memoria de sus muertos. Habla con un acento y un gracejo en los que nos reconocemos. Sus patillas desmesuradas y su cuerpo mullido transparentan una infancia de juegos en la calle, comidas de pucherete –carne mechada, pan y fuagrás–, pitillo y café en vaso. Tiene su toreo el barniz de una fe emotiva, popular –primera comunión de marinerito y procesión–, el brillo de un mostrador de cinc donde apoyarse para disfrutar sin prisa de un aperitivo, una partidita de dominó, un tertulia y la siesta. El de Lima es el sosia del yerno perfecto, trabajador responsable que asciende con rapidez, líder de la la clase, triunfador que habla idiomas y sabe gastar, hombre de nueva fortuna que cumple con el fisco, inmigrante bienvenido que encarna a quienes cruzaron el océano en busca de una oportunidad. La cadencia de su habla, repleta de eses, evoca el oro de los incas, la añoranza del virreinato que legó la tauromaquia, adaptada a las cumbres de los Andes. Su mirada escrutadora es la del cóndor que lo ve todo mientras se desplaza por las corrientes que lo elevan hasta el cénit.

No somos conscientes de lo que supone que la tauromaquia de esta década lleve cincelados los nombres de estos dos toreros, cosidos con el hilo que enfrentó a los seguidores de Pedro Romero y Costillares; Lagartijo y Frascuelo; Bombita y Machaquito, Joselito y Belmonte, protagonistas del duelo caballeroso entre las dos Españas. Los tiempos de Morante y Roca Rey resultan mucho más ricos que el caudillismo de una sola figura: Pepe-Hillo, Paquiro, Guerrita, Manolete, Luis Miguel, Ordóñez, El Cordobés, Paquirri, Ojeda, Espartaco, Ponce, José Tomás, El Juli… que, si bien hicieron evolucionar la ética y la estética del toreo, carecieron de rival que les diera una tercera dimensión.

El mejor aficionado a los toros es aquel en cuyo corazón cabe una baraja más amplia de matadores, a los que admira por su versatilidad para medirse con el comportamiento imprevisible de un animal que no se cansa de acometer y que castiga los errores con el fuego de sus cuernos. El toro representa la fugacidad del tiempo, a la muerte misma; el torero, la vida jubilosa. Me reconozco en este tipo de devotos, aunque no pueda disimular mis preferencias. Hay interpretaciones del arte del birlibirloque que me atraviesan las entrañas, sin que por ello reniegue de la maestría de quienes transforman la fuerza bruta en un caudal de embestidas que van y vienen al antojo de los engaños. Son Morante de la Puebla y Roca Rey: luz y sombra, agua y fuego, música y silencio, continuidad de ese pulso a camisa quitada que da razón de la vigencia de este espectáculo fuera de tiempo.

  • Miguel Aranguren es escritor
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