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TribunaFeliciana Merino Escalera

Madres

Maternar es custodiar el misterio de otro sin absorberlo. Y eso nos concierne a todos. Un padre que cuida sin invadir, un educador que acompaña sin sustituir, una sociedad que protege sin desechar, participan de esa misma lógica. Nuestra sociedad es materna si no ceja en esa misión de acoger, custodiar y acompañar

Hay algo entrañable en el Día de la Madre. Los niños llegan con dibujos y manualidades, los adultos con flores compradas a última hora, los restaurantes se llenan. La retórica es conocida: «Madre no hay más que una». Todo resulta sencillo: agradecer. Pero ¿qué significa celebrar la maternidad en una cultura que, durante décadas, ha aprendido a desconfiar de ella, relegándola y privándola de significado?

La madre nos recuerda que la vida nos ha sido dada, que alguien nos recibió antes de merecerlo, elegirlo o siquiera comprenderlo. Y quien lo hizo intuyó, al saberse encinta, que la vida que acogía se alejaba desde ese preciso momento porque no nos pertenece.

Quizá por eso la festividad convive hoy con una cierta incomodidad existencial. Nunca ha habido tantas opciones, tanta información, tanta capacidad de decidir… y, sin embargo, pocas experiencias desbordan tanto esa lógica de la elección como la maternidad. En un mundo que valora el control, la previsión y la autonomía, la madre vive una paradoja. Es llamada a sostener, a veces contra viento y marea, sin apoyos y sin cobijo (pienso en las madres solteras o abandonadas), aquello que excede de todo dominio y pronóstico favorable en una sociedad definida por la productividad sin tregua.

En la antigua Grecia, esta contradicción ya estaba inscrita. En el mito de Edipo, su madre Yocasta intenta impedir el destino de su hijo, cortando el hilo del oráculo antes de que comience. Por eso Edipo es abandonado en el monte para evitar el infortunio, pero vive, regresa y cumple el oráculo, convirtiendo la vida en algo innombrable. En Edipo Rey, la maternidad se enfrenta a un límite radical: la vida del hijo no es prolongación de la voluntad materna (ni paterna, por extensión). Y su destino –matar a su padre y casarse con su madre– no puede ser sorteado por ella, que, al conocerlo, se suicida.

Nuestra época ha ensayado otra forma de huida. Emma, en Madame Bovary, no intenta controlar el destino de su hija, pero tampoco es capaz de acogerla del todo. Está, pero no irrumpe. Es como si la vida del otro pudiera quedar en segundo plano, diluida entre expectativas, deseos o cansancio. Hoy tenemos hijos –cuando los tenemos– para dejarlos al cuidado de las guarderías; incluso los fines de semana los llevamos a acampadas intensivas para priorizar nuestro autocuidado lúdico-festivo.

Entre Yocasta y Emma se dibuja el espacio en el que nos movemos, entre el deseo de controlarlo todo y la tentación de huir de algo que nos sobrepasa. En ambos casos se pierde lo esencial: que la vida del otro es un misterio que no se posee, aunque necesita presencia real.

Frente a estas figuras, la tradición cristiana nos propone otra forma de maternidad. María también recibe un anuncio. También «su hijo» tiene un cometido que no depende de ella. Pero la respuesta de María no es obstaculizarlo ni retirarse, sino acoger. María no retiene. No sustituye la libertad del hijo por la suya. Acompaña. Custodia. Permanece. Con su «Sí» da cabida al Misterio, siendo origen del Aquel que hará nuevas todas las cosas. En ella y con ella.

María está cuando acoge la Buena Nueva del Ángel. Está en toda la vida de Jesús. Está cuando no queda nada por hacer. Permanece a los pies de la cruz. Y está después, tras la Resurrección: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», le dice Jesús. Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19, 26-27). María entrega a Cristo y Cristo la entrega como madre de todos nosotros. Allí donde todo parece terminar, comienza otra forma de cuidado, participando del inmenso regalo de haber acogido aquello que es camino, verdad y vida nueva.

El valor de la maternidad hoy no es buscar garantizar la vida del hijo, ni con bienestar material ni solo con tiempo. Tampoco lo es prever o decidir sus pasos. Quizás ahí se revela el peso de la palabra 'madre', que es sostener una vida que no es nuestra, para ponerla en manos de aquel que, pase lo que pase, la cumplirá. Acoger sin retener. Y al dar la vida así, recibir el ciento por uno.

Esto no se limita a la maternidad biológica. Lo que está en juego no es solo una función, sino una forma de relación con la realidad. Maternar es custodiar el misterio de otro sin absorberlo. Y eso nos concierne a todos. Un padre que cuida sin invadir, un educador que acompaña sin sustituir, una sociedad que protege sin desechar, participan de esa misma lógica. Nuestra sociedad es materna si no ceja en esa misión de acoger, custodiar y acompañar hacia el destino bueno.

Aquí Edith Stein ofrece una clave decisiva. Para ella, la maternidad no se reduce a lo biológico, sino que expresa una disposición del alma más profunda: la atención a lo vivo y personal. Por eso distingue entre una maternidad natural y una espiritual, dos caras de la misma verdad. La vida del otro es un don que se recibe para ser cuidado –no poseído– al tiempo que custodiado y elevado. Es uno de esos bienes que, cuanto más se dan, más crecen.

En una cultura que ha sustituido la entrega por el control y la gratuidad por el interés egoísta, la maternidad aparece fácilmente como un problema. Pero pensemos si no es más bien al revés. Es el único suelo donde todavía se hace visible que la vida no se fabrica ni se elige, que se acoge porque no nos pertenece y que se cumplirá, incluso sin nosotras.

Por eso en este mundo desgastado todavía cantamos que la vida siempre, siempre, es un regalo, como lo son nuestras madres, que lloran nuestra partida:

Si la libertad es el destino de mi viaje,
quiero detenerme y atarme a ti
con el cordón que un día nos unió,
que se rompió antes de que empezara todo:
para que tú viajes y yo,
por más recorridos que te invente,
no pueda jamás hacerte regresar.

Gracias, hijos. Gracias, madres.

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