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TribunaPedro Manuel Hernández López

Sánchez y la tentación de erigirse en Némesis

La confrontación con Trump y Netanyahu ha permitido al presidente Sánchez proyectarse como la conciencia moral de Europa. La cuestión es si responde a una convicción de Estado o a una necesaria estrategia de supervivencia personal y política

La palabra 'Némesis' procede de la tradición clásica griega y nos remite a una idea de singular densidad moral y política: es la «diosa de la Justicia» que corrige el exceso y la fuerza que se alza contra la soberbia de quien se cree por encima de toda norma moral y política. En la mitología, Némesis nunca castigaba por rencor, sino para restablecer el equilibrio y para recordar que nadie puede desafiar, sin castigo, el orden natural o moral. Era la viva encarnación de la ley retributiva frente a la 'Hybris' –la arrogancia y la soberbia– que desborda los límites de la ética y de la prudencia.

No se trata, por tanto, de un simple adversario.

Némesis es el castigo del desmesurado, la respuesta frente a la hybris del poder o la eterna sanción de quien confunde autoridad con impunidad.

Por eso, no resulta casual que –en las últimas semanas– gran parte de la prensa internacional nos haya presentado a Pedro Sánchez como una suerte de «Némesis política» de Donald Trump y de Benjamin Netanyahu, una expresión que ha ganado un gran vuelo mediático a raíz de la confrontación personal y política del presidente español con ambos líderes.

La etiqueta se repite en medios, como The Financial Times, El País o Cadena SER y no solo por su valor simbólico, sino por lo que sugiere: un dirigente que se coloca frente a dos de los actores principales y más controvertidos del tablero geopolítico internacional con un marcado sentido de oposición.

La cuestión, sin embargo, no es la brillantez del titular, sino la verdad política que este encierra.

¿Por qué Sánchez ha decidido situarse en la primera línea de la crítica occidental, tanto frente a Washington como frente a Jerusalén...? Su oposición a la estrategia impulsada por Trump en Oriente Próximo y sus severas recriminaciones a Netanyahu, por la ofensiva sobre Gaza y Líbano, le han permitido proyectar la imagen de un dirigente dispuesto a erigirse en la conciencia moral de Europa. Este posicionamiento le otorga mucha notoriedad, gran visibilidad internacional y, en términos políticos, cierta autoridad «simbólica» frente a gobiernos más pragmáticos o cautelosos.

Desde esta típica perspectiva simbólica, el paralelismo resulta evidente. Donald Trump representa –para una parte sustancial de la izquierda progresista europea– el unilateralismo, la política de fuerza y la ruptura del sólido consenso atlántico tradicional. Netanyahu –por su parte– encarna la lógica de la seguridad llevada hasta sus límites más controvertidos y, en ocasiones, muy cuestionables desde la óptica del derecho internacional. Sánchez ha querido colocarse justamente en el lado opuesto de ambos: en el de quien denuncia el abuso del poder, la desproporción de la respuesta y la eventual vulneración de las normas internacionales.

Eso es, en términos retóricos, asumir el papel de Némesis. Sin embargo, la política seria nos obliga a ir más allá de la simplicidad del símbolo. Conviene preguntarse si ¿esa posición nace de una convicción de Estado o de una necesidad de supervivencia política?.

Porque no puede ignorarse que cada vez que la política nacional se torna áspera, cada vez que arrecian los problemas internos –la erosión parlamentaria, el cuestionamiento judicial de figuras próximas al Gobierno y el desgaste de su propio liderazgo– la acción exterior se convierte en un escenario muy idóneo para recuperar la perdida centralidad, autoridad moral y protagonismo mediático.

La Némesis clásica no actuaba por cálculo. No perseguía unos titulares grandilocuentes ni una rentabilidad electoral. Era la expresión de una gran justicia superior frente al exceso. Y ahí es donde reside el verdadero interrogante : ¿Estamos ante una política exterior coherente, fundada en principios estables, o ante una construcción narrativa cuidadosamente diseñada para reforzar una imagen presidencial en declive?

Si lo primero fuera cierto, España estaría desempeñando un papel de peso moral en el concierto internacional. Si lo segundo prevalece, entonces la supuesta Némesis no sería más que una escenificación, una dramaturgia política destinada a revestir de altura lo que quizá no sea más que necesidad coyuntural.

Porque existe una frontera muy fina entre la firmeza moral y la soberbia política. La primera exige coherencia. La segunda se alimenta de la autoproclamación. Y en política, quien se presenta a sí mismo como juez de la desmesura ajena corre siempre el riesgo de incurrir en la propia.

Sánchez parece haber entendido que enfrentarse a Trump y Netanyahu le otorga centralidad, notoriedad y una cierta aureola moral en determinados círculos europeos. Sin embargo, la legitimidad no se construye únicamente con declaraciones severas, sino con coherencia, resultados y autoridad real. La verdadera Némesis no la dicta el relato, sino la propia historia.

España necesita una voz exterior respetada –dentro y fuera– prudente y eficaz. No necesita un mal dirigente que convierta cada crisis internacional en una oportunidad de proyección personal.

Al final, quien se presenta como correctore de la soberbia ajena termina descubriendo --con la crudeza del tiempo-- que la soberbia más peligrosa no estaba al otro lado del Atlántico ni en Jerusalén, sino en su propio reflejo.

  • Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado y exdiputado regional y ex senador autonómico del PP por Murcia
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