Pensar China: el gigante de la contradicción
Asumiremos así, tambaleantes, la «consistencia» de lo contradictorio como parte integral de la realidad, al menos de la china. Y para aminorar el vértigo de un descubrimiento tal, convendría leer el Libro del Tao del propio Lao-Tse, junto con los fragmentos de nuestro también anciano Heráclito
A pesar de su liderazgo mundial y de su deslumbrante desarrollo económico y tecnológico, el gigante chino se nos aparece a los occidentales como un universo inasible (1.400 millones), incompresible (lengua de caracteres logográficos), inabarcable (17 veces España), y distante (a 9.000 km). Y, sin embargo, más que nunca tiene Occidente –también España– que «hacerse cargo» de la existencia del gran país asiático, «hegemón» ya del Indo-Pacífico. Pero junto a nuestra ignorancia inveterada sobre China, su historia e idiosincrasia, se suman en el presente interpretaciones meramente geopolíticas con el énfasis estereotipado en su milagro tecno-económico. Lo que resulta insuficiente para una comprensión profunda de una realidad tan compleja, ancestral y contradictoria como es la que se denomina a sí misma como 'la nación del centro' (Zhongguo, 中国). En lugar de ello, conviene seguir a Julián Marías que reclama que el conocimiento de otro país requiere una mirada filosófica e histórica que supere los prejuicios. Solo un esfuerzo intelectual de «procurar entender» que en sí mismo se instala en la comprensión del Otro (y vaya Otro) puede hacernos vislumbrar los rasgos esenciales de esta China tan milenaria como actual.
Lo primera gran muralla intelectual que hay que asaltar para vencer nuestra perplejidad ante ella, es entender que China no solo tiene múltiples contradicciones, sino que «vive» de la contradicción y está instalada secularmente en ella. Así, el término «contradicción» en mandarín es máodùn, 矛盾 , que proviene de una antigua parábola imperial sobre una lanza (primer sinograma mao 矛) que podía atravesarlo todo y a su vez un escudo (segundo sinograma dun 盾) tan bien hecho que resultaba impenetrable. La lanza y el escudo perfectos ilustran para el alma china –hoy y ayer– una contradicción ineludible que hay que manejar –no negar– y con ella convivir. Por eso, actualmente China puede ser el país más capitalista del mundo dominado al mismo tiempo por el partido comunista más gigantesco del orbe: 95 millones de miembros. O negar derechos individuales de la persona al mismo tiempo que satisface sus derechos sociales (trabajo y seguridad), negando cualquier disidencia. O ser un régimen oficialmente ateo que convive con religiones milenarias taoístas y budistas altamente extendidas. O bien ser a la vez primera potencia económica mundial y un país todavía en desarrollo. O junto al comunismo colectivista que la inspira y gobierna, ser la sociedad más marcadamente individualista del mundo. Las contradicciones llegan hasta tal punto que las élites del PCCh utilizan en sus análisis un modelo denominado precisamente «Las 7 contradicciones», que les sirve como palanca para la gestión e integración de los cambios y la armonía social de base confuciana.
Para rastrear el origen de esta «creencia» instalada en la psique china, hay que remontarse a la figura de Lao -Tse en el siglo VI a.C. Para el fundador del taoísmo la naturaleza es ambigua, fluyente y contradictoria, tal y como nuestro Heráclito griego había intuido también en aquellos años donde amanece el pensamiento occidental. Pero a diferencia del devenir chino, nuestra filosofía se decantó merced a Parménides y Platón, por una concepción de la realidad eminentemente estática guiada por el principio de no contradicción: no se puede ser A y B al mismo tiempo. El ser es y el no-ser no es. En cambio, la comprensión de la realidad de taoísmo se inclina por el Yin (陰) y el Yang (陽) como fuerzas opuestas y al mismo tiempo complementarias que rigen el universo y nuestro estar en el mundo. La misma colina (que representa su radical común ) es día y noche, luz y oscuridad, pasividad y actividad, femenino y masculino. Solo si nuestra inteligencia abraza estos conceptos opuestos entrelazados que coexisten y se transforman mutuamente, puede hacerse cargo entonces de la realidad fluyente, no petrificada, de lo real, en su fértil contradicción como quería Lao-Tse.
Y desde ese presupuesto ancestral que trata de encontrar en lo contradictorio la ley básica del mundo y de la vida –que Marx rehabilitara en nuestro siglo XIX como herramienta de interpretación de la realidad histórica-económica– se desarrollaron las dinastías chinas tan cambiantes como estables, la estructura misma del mandarinato hasta el siglo XIX y las acciones revolucionarias del PCCh, con Mao a la cabeza.
Por eso Xi Jinping puede integrar desde el Partido sin ningún escrúpulo intelectual, más bien al contrario, los terribles Gran Salto Adelante y Revolución Cultural maoístas, con la apertura y desarrollismo inmediatamente posterior de un Den Xiaoping. El mismo que declaró a nuestro Felipe González hace décadas en Pekín que no importaba si el gato era blanco o negro: lo importante es que cazara ratones.
Por eso, para poder superar la perplejidad que se apodera del profesional occidental que trabaja en China o del visitante ocasional –una perplejidad anclada en nuestro Principio de Identidad parmenídeo– no queda otra que sumergirse en ese taoísmo de base milenaria que empapa y nutre el humus de la sociedad china presente. Asumiremos así, tambaleantes, la «consistencia» de lo contradictorio como parte integral de la realidad, al menos de la china. Y para aminorar el vértigo de un descubrimiento tal, convendría leer el Libro del Tao del propio Lao-Tse, junto con los fragmentos de nuestro también anciano Heráclito. Nos servirán, creo yo, de salvoconductos para orillar, al menos en parte, la Gran Muralla china y aquella otra de nuestro entendimiento. E integrar, de paso, aquella lanza (矛) y aquel escudo (盾) que componen el máodùn, la contradicción mandarina, que ya gobierna gran parte del mundo.
- Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Gestión Internacional. Universidad de Alcalá de Henares