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TribunaFeliciana Merino Escalera

8 de marzo: un porvenir de telarañas

¿Puede la ideología «woke» borrar de un plumazo una historia tan rica en matices para meterla en la jaula de la «opresión patriarcal»? No confundamos la recesión del amor con el espejismo del progreso. Sus hilos se van tejiendo en una cultura que ha sustituido el amor por placer, la promesa por opción y el proyecto por instante

Hace algún tiempo se escucha como un eco persistente que lo que algunos llaman «recesión del amor» no existe, que el empobrecimiento afectivo no es más que el resultado feliz de la emancipación femenina: más educación, más independencia, más posibilidad de elegir, vínculos redefinidos, soledades elegidas... Nadie en su sano juicio cuestionará la necesaria igualdad de derechos. Pero de ese reconocimiento no se deduce que todo cambio deba aplaudirse como un avance.

Mi pregunta es: ¿qué hemos hecho del amor mientras celebrábamos la libertad? Si es cierto que «de aquellos barros, estos lodos», la transformación de los vínculos no sería sino la certificación del deterioro de la experiencia amorosa. Hemos desertado del amor en nombre de la libertad, y mucho me temo que, bajo esa afirmación, se esconde una razón más perversa detrás de buena parte del feminismo contemporáneo: el resentimiento hacia la historia, hacia las estructuras de poder, hacia los hombres.

Hemos asistido a una deconstrucción del lenguaje del amor por parte de un programa de imaginería social (en realidad de toda muestra del pasado que tenga que ver con la naturaleza humana y con la religión) que lleva mucho tiempo gestándose. Resulta curioso que quienes no creen en el pecado y en la culpa sean los que hablan buscando culpables. Por ejemplo, el «mito de la libre elección» es ahora la excusa para negar las consecuencias de una cultura que ha identificado el progreso con la liberación sexual.

Es cierto que la prostitución forzada no existiría sin la tolerancia de un sistema político que se proclama feminista, mientras en su trastienda persiste, obstinadamente, la necesidad económica con rostro de mujer. Sin embargo, no es menos cierto que en nuestras sociedades neoliberales, toda vez que las relaciones, desde las más superficiales a las más íntimas, están regidas por el comercio y desprovistas de su carácter sagrado, los vínculos se han vuelto reversibles, más frágiles y temerosos de durar. Sin compromiso, sin entrega, sin fidelidad, el amor deja de ser amor. Es tan solo un intercambio de libertades donde el otro, o uno mismo, se convierte en mercancía de uso, goce y espectáculo. Fenómenos como Onlyfans prosperan en este clima. Son las mismas mujeres las que voluntariamente –y no precisamente por necesidad económica– se han prestado a semejante sororicidio.

Consideremos más bien que la libertad es frágil y que su uso no está exento de riesgos. Menos aún en una cultura que los ha minimizado en favor de la independencia de toda atadura, entendida como sumisión. Si reivindicamos el derecho a hacer con nuestro cuerpo lo que queramos, también debemos asumir que nuestras elecciones gozan de consecuencias propias. No digamos entonces que la libertad sigue siendo una ilusión dentro de estructuras machistas. El mito no es creer que nuestras decisiones han de partir de un punto cero para ser «nuestras» (siempre la libertad es situada), sino haber dado por hecho que la mera libertad de elección convertiría lo elegido en bueno. Ahí reside el verdadero engaño.

Es evidente que el Estado y el mercado siempre van a utilizar nuestros límites a la perfección. Encontrarán una mina de oro en ofrecernos todo aquello que pensamos que va a sanar un vacío. Si no, no se entiende la obsesión estética cada vez más temprana (cosmeticorexia), ni la cirugía que hace de nuestro cuerpo un proyecto interminable: siempre podemos hacer más por parecer «más jóvenes» y «bellas», como las modelos de las redes sociales. Ni la pornografía como pedagogía emocional de una sexualidad sin reciprocidad ni misterio, reducida a «rol» (progresista-emancipador o tradicional-conservador, que da lo mismo). Ni la presión por garantizar nuestra presencia pública mediante la exposición constante como condición de reconocimiento, ni por hacerla desaparecer bajo un burka. No toda presencia dignifica si es solo un valor de cambio.

¡Qué maravilla vivir en una cultura que «retoca» nuestras carencias al tiempo que nos invita con ello a sentirnos poderosas! Una de dichas carencias sigue siendo el miedo a no ser amadas, del que se aprovecha la mercadotecnia, convirtiéndonos en producto que vende, como ya hiciera antes con todo lo demás. Pronto llegará el día en que vendamos también el alma, si es que somos tan estúpidas de fiarnos de los parabienes del progreso a expensas de nuestra naturaleza, de una dignidad que insisten en arrebatarnos, empezando por nosotras mismas. No, no es solo falta de alternativas, ni culpa del sistema machista. Asumamos que es también el resultado de habernos creído el mantra de una libertad absoluta sin horizonte, sin «telos» (fin), la misma que nos ha convertido en fetiches de un espectador hambriento de carnaza al que seguimos alimentando.

Frente a estas dinámicas, nuestra libertad no termina donde empieza la libertad del otro. Es un camino por construir, juntos, con una presencia que nunca estuvo oculta, aunque no fuese visible. Ese es el camino del amor, una realidad que nos lanza a descubrir el misterio del otro, sin fusionarlo ni dominarlo. Homero, Virgilio, Petrarca, Dante, Tolstoi, Goethe, Ronsard y tantos otros… ¿acaso no supieron ver la grandeza de la mujer y del amor? ¿Puede la ideología «woke» borrar de un plumazo una historia tan rica en matices para meterla en la jaula de la «opresión patriarcal»? No confundamos la recesión del amor con el espejismo del progreso. Sus hilos se van tejiendo en una cultura que ha sustituido el amor por placer, la promesa por opción y el proyecto por instante.

Con todo, la mujer guarda en sí un secreto sagrado, profundo y poderosamente creativo: alumbra y es raíz. Mi primera hija nació un ocho de marzo. Después llegaron tres más, pero aquel día —día de celebración— la vida se estrenaba. Defender a la mujer no es solamente ampliar su margen de elección, es proteger el origen mismo de la civilización.

Pero hoy:

Te digo amor y niego descendencia,
en lo oscuro de los niños no queridos,
olvidados en un mundo que es de paja.
Y mientras las promesas amanecen,
en un porvenir de telarañas.
  • Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche
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