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TribunaCarlos Barros de Lis Tubbe

Guerra justa

El que cada uno de nosotros podamos tener un criterio formado sobre la guerra justa es muy diferente a que seamos nosotros los que determinemos si una guerra es justa. Esto no depende de nuestra opinión y, menos aún, de nuestra voluntad

Conflictos permanentes: contendientes asimétricos, alianzas indefinidas, dirigentes imprevisibles y contiendas híbridas. Todo parece una madeja enredada de comprensión y enjuiciamiento.

Ante la guerra, cualquiera que sea su expresión, queremos tener opinión, es humano. Pero, en cuanto abrimos la mirada y nos dejamos imbuir del ruido, quedamos desorientados. Información incompleta o falsa, opiniones ligeras, análisis contradictorios y odios, nublan la justificación de cada conflicto.

La guerra es, a veces, difícil de entender, pero no impide que cada uno de nosotros podamos tener una opinión formada sobre su implicación moral. Con los criterios adecuados, es factible tener cierta claridad sobre si la guerra es justa.

Quizá algunos piensen que lo anterior es ingenuo. Se argumenta que la guerra es compleja por definición y que la aplicación moral requiere de preparación y conocimiento.

La guerra puede tener derivadas complejas, pero con perspectiva histórica vemos que muchas tuvieron motivaciones de fácil comprensión; y, la percepción sobre lo que es bueno, sobre el bien y el mal, está al alcance de todos. La guerra contra la invasión francesa de España sería un ejemplo de sencilla comprensión y valoración.

Es verdad que, en algunas ocasiones, es complicado discernir, pero en muchas otras no es lo intrincado el problema, es su radicalidad. La envergadura del objeto, la guerra, nos hace pensar que el juicio es necesariamente difícil. Sustraer a cada persona la posibilidad de querer tener un juicio moral sobre lo que ocurre es hacerla irresponsable y perder su libertad.

La guerra debe ser justa, porque las acciones personales y las sociales se mueven en el ámbito de lo bueno y de lo que se adecua al bien. La guerra en sus causas, su transcurrir y su resolución toca de lleno la dignidad de las personas, sus vidas, sus bienes y el bien común de la sociedad política en su conjunto. Lo hace de manera dramática, y cambia el transcurso de la historia.

Hay quienes rechazan que la guerra pueda ser justa. Por un lado los pacifistas extremos, como pudiera ser Gandhi; o, incluso algunos cristianos entre los que podemos sentir que nos rechina el término guerra con el deseo de paz y hermandad entre los hombres. Por otro lado, están los realistas, que consideran que la guerra está fuera de cualquier juicio moral y son otros los intereses y las cuestiones en juego.

Sin embargo, muchos, ante lo inevitable de la existencia de la guerra, y sin dejar de desear la paz, consideran que no toda la guerra es igual. La buena noticia es que se puede tener opinión propia sobre ella. Los criterios clave son claros y, en gran medida, podemos desnudar los hechos para quedarnos con lo esencial.

Entonces ¿cómo saber si una guerra es justa?

Dejamos para otra ocasión el enjuiciamiento del transcurso de la guerra (ius in bello), también importante, y donde la proporcionalidad pasa a ser un factor determinante. Nos fijamos únicamente en los motivos y las decisiones de ir a la guerra (ius ad bellum). En este ámbito los clásicos siguen manteniendo su vigencia. Veamos los requisitos:

Causa justa: corregir una injusticia, lo que la Doctrina Social de la Iglesia llama legítima defensa. En las Guerras del Opio (1839-1860), la motivación británica de iniciar la guerra era mantener y lucrarse del comercio del opio, que diezmaba a la población china. Una causa de guerra que pretendía mantener una injusticia, no corregirla.

Restablecer el orden y la recta intención: no utilizar la guerra como pretexto para dominio político o fines económicos; ni promoviendo odio o crueldad. Es decir, buscando la paz. La explosión del barco Maine (1898) fue el pretexto de EE.UU. para poder entrar en guerra con España y acabar teniendo a Cuba bajo su dominio.

Autoridad legítima: el gobierno legítimo, es el titular y responsable de buscar el bien de una comunidad política y por tanto tiene esa autoridad. El principio impide que cualquier fuerza armada descontrolada comience una guerra. También pierde legitimidad la autoridad que no busca el bien común. Las milicias en el genocidio de Ruanda (1994), o los señores de la guerra en Afganistán o Somalia serían ejemplos de falta de autoridad legítima.

El que cada uno de nosotros podamos tener un criterio formado sobre la guerra justa es muy diferente a que seamos nosotros los que determinemos si una guerra es justa. Esto no depende de nuestra opinión y, menos aún, de nuestra voluntad. Sin embargo, no impide que cada uno de nosotros podamos querer tener criterio propio formado.

Todo sin olvidar que no se juzga a la persona, se juzga lo que hace. No juzgamos: a los rusos, judíos, palestinos, iraníes o estadounidenses; queremos tener un juicio sobre sus acciones. En este caso sobre las guerras que inician.

Ahora toca hacernos las preguntas sobre las situaciones actuales. Prueben.

Carlos Barros de Lis Tubbe pertenece al Instituto de Estudios de la Democracia

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