La Behobia-San Sebastián y Pedro Sánchez
El argumento es el siguiente: cuantas más personas se exijan a sí mismas, cuanto más capaz y honrada sea la propia sociedad; más probabilidades hay de que existan dirigentes capaces, más factible la llamada a ser un gestor honrado, y más la exigencia de que el líder sea ejemplar
«No hay medallas». La ilusión se desvanece al acabar la famosa carrera Behobia-San Sebastián de este año. «Las han robado», unas mil campan en los pechos de quienes corrieron sin dorsal, sin inscribirse. Para los últimos corredores no quedan ya.
Me pregunto, ¿cuántos de esos miles critican a Pedro Sánchez?
No es lo mismo, no es comparable, una medalla que me apropio que un desgobierno, pensarán muchos. Total una medalla que es de otro, un doctorado falso, un CV manipulado, la cola que me salto, la trampita que hago. ¿Hasta dónde podemos llegar? El tobogán de lo injusto podría seguir con las subvenciones despilfarradas, las puertas giratorias, la utilización corrompida de los medios públicos, la malversación de los presupuestos, el amiguismo, la ineptitud o los intereses espurios. La gravedad dependerá del puesto de poder que se tenga.
Sin duda somos humanos y nos equivocamos y hacemos lo que no debemos, pero nuestra voluntad debe ser no equivocarnos con nuestras acciones y no perjudicar a los demás en particular y a la sociedad en general.
¿Y dónde entra el presidente en la ecuación? Una sociedad puede optar por poner a los mejores, más capaces y más honrados al frente de su dirección y gobierno, también puede optar por seguir otros criterios. En el caso del actual presidente del Gobierno, este no parece actuar de forma intachable y produce críticas feroces. ¿Cómo puede ser alguien cómo Sánchez líder de un país?
El argumento es el siguiente: cuantas más personas se exijan a sí mismas, cuanto más capaz y honrada sea la propia sociedad; más probabilidades hay de que existan dirigentes capaces, más factible la llamada a ser un gestor honrado, y más la exigencia de que el líder sea ejemplar.
Si en la sociedad da igual apropiarse de una medalla que no te corresponde, no dar importancia a la honradez de los propios actos, escudándonos en «qué más da», no sabremos dónde está el límite de cuándo ya sí importa. Si el director general miente, si el ministro miente, si el presidente miente; si roba, si beneficia a unos y perjudica a la sociedad, si vende lo que no es suyo. ¿Dónde está el límite a partir del cual es exigible la honradez? ¿Por qué la apropiación de una medalla puede ser tolerable pero las acciones de Pedro Sánchez no? Es que la magnitud es diferente, considerarán algunos. Pero, ¿en qué magnitud ponemos el límite? ¿Algo es bueno o malo en función de la cantidad, o lo es intrínsecamente?
No debemos dejar de criticar a nuestros dirigentes e intentar que dejen de perjudicar a la sociedad. Es algo urgente. Pero además, hay una labor importante que está en manos de todos y es de incumbencia general. Hacernos la simple pregunta, ¿lo que hago perjudica a alguien, es bueno? Y trasladar esa pregunta a nuestras familias y amigos, nuestros trabajos y obligaciones. No aceptar ni dar como buena ninguna conducta propia ni ajena tomada de forma que no asuma la consecuencia de lo que se hace. Cada palo debe aguantar su vela de responsabilidad y únicamente así será libre. Únicamente así construiremos sociedades libres.
La libertad no es colocarme una medalla que no es mía, porque nadie se ha dado cuenta y me la llevo a casa. La libertad es ser consciente de que esa medalla no me corresponde, y aunque me gustaría tenerla, no me apropio de lo que está destinado a otro, ese trozo de metal, ese trozo de ilusión, no es mío, y tengo la madurez y honradez de contenerme. Ahí es donde se hace grande el ser humano y la persona se hace digna de sí misma. Empezando por uno mismo, el nivel de exigencia y de ejemplo se debe extender a toda la sociedad. Y un presidente ejemplar no será un sueño.
Muchos pensarán que es utópico. Otros dirán: no voy a ser el tonto mientras los demás se aprovechan. Pero es no darse cuenta de lo corrosivo que supone seguir por ese camino, porque está abocado a ir in crescendo. Cada vez darán menos igual las cosas de mayor valor, y, finalmente, se acaba en dirigentes, que nos sorprenden por su falta de vergüenza elemental.
El no coger una medalla que no es mía, no solo es lo que debo hacer porque participo en una sociedad sana; es, aún más, no envilecer una sociedad que ya anda falta de ejemplos y sobrada del vicio, de no ver que tanto el bien como el mal existen.
El camino de una sociedad viva empieza en nosotros mismos, inicialmente puede costar, pero es el único que merece la pena. En este caso todos llevamos dorsal y en la meta habrá la medalla de la libertad para todos.
- Carlos Barros de Lis Tubbe del Instituto de Estudios de la Democracia