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La educación en la encrucijadaJorge Sainz

YouTube en el aula y TikTok en la cabeza: la incoherencia de la política digital del gobierno

La autoestima actúa como el factor que articula toda la vulnerabilidad adolescente ante el ecosistema digital. Un adolescente con autoestima sólida es más resiliente frente a los efectos negativos de las redes sociales

El pasado septiembre de 2025, el ministro para la Transformación Digital, Óscar López, se sentó en el Congreso junto a representantes de Google (los mismos que financiaron la cátedra de Begoña Gómez, mujer del presidente del Gobierno), para presentar 'The Future Report', un informe elaborado por la propia compañía que concluía que el 80% de los adolescentes españoles ya usa YouTube para estudiar. El gesto era inequívoco: si los jóvenes ya lo hacen, lo natural es que el Estado lo legitime. La educación pública, una vez más, llegando tarde a una fiesta que otros ya organizaron.

Como ha señalado con precisión el análisis de Ángel Fernández en Jot Down, detrás de esa narrativa amable, «acompañamiento», «confianza», «futuro digital», se esconde una operación comercial de calado: Google no está ofreciendo una herramienta neutra, sino su plataforma, con sus algoritmos que favorecen lo viral, su recogida masiva de datos y su dependencia de un ecosistema corporativo. Lo que se presenta como política educativa es, en realidad, la mayor concesión que podría hacer un Estado: entregar el currículo al oligopolio digital.

Teléfonos móviles con las aplicaciones de TikTok, Facebook, YouTube, Instagram y Twitter (X)

Teléfonos móviles con las aplicaciones de TikTok, Facebook, YouTube, Instagram y Twitter (X)EFE

Pero lo más inquietante no es que el Gobierno abrace YouTube. Lo más inquietante es que lo haga al mismo tiempo que nuestros propios datos demuestran que esas plataformas, con TikTok a la cabeza, están causando un daño mensurable y significativo sobre la salud mental de los adolescentes españoles.

El estudio que hemos llevado a cabo desde la URJC junto a la Universidad Pontificia Comillas no es una encuesta de opinión ni un informe de empresa. Es un diseño observacional transversal sobre 676 estudiantes de ESO y Bachillerato (entre 12 y 17 años), medido con cuatro escalas psicométricas validadas internacionalmente. Es decir, los resultados no son percepciones; son datos. Los hallazgos son rotundos. El 96% de los estudiantes utiliza redes sociales. TikTok es la plataforma dominante, con un 38% de uso mayoritario. Y el uso problemático de TikTok aparece asociado de forma directa y estadísticamente significativa a mayores niveles de ansiedad y depresión.

La correlación entre baja autoestima y uso problemático de redes sociales alcanza r = -0,933, la más intensa de todo el análisis. La correlación entre uso problemático de TikTok y malestar emocional es r = 0,864. No estamos hablando de relaciones débiles que requieren interpretación cuidadosa: estamos hablando de relaciones que estructuran la vida emocional de una generación. A los 16 años, el 98,5% de los adolescentes reporta inseguridad cuando no tiene acceso a internet. El 76,5 % de las chicas de 17 años siente ansiedad si no responde un mensaje de forma inmediata. El riesgo se concentra entre los 14 y los 16 años, que es exactamente cuando la identidad se está construyendo.

Alguien podría objetar que YouTube no es TikTok. Y tiene parte de verdad: nuestros datos muestran que YouTube es la plataforma favorita de los niños entre 11 y 12 años, asociada a un consumo más pasivo y menos compulsivo que el scroll infinito de TikTok o Instagram. La transición hacia TikTok ocurre entre los 13 y los 14 años, precisamente cuando comienza la experimentación identitaria y la exposición social más intensa.

Pero la diferencia entre YouTube y TikTok no es de naturaleza, sino de grado. YouTube no tiene scroll infinito en el sentido estricto, pero sí tiene reproducción automática, recomendaciones algorítmicas y un diseño pensado para maximizar el tiempo de permanencia. YouTube e Instagram comparten con TikTok el hecho de concentrar los tiempos de uso más prolongados. La diferencia es que TikTok llega antes, engancha más y sus efectos sobre la salud mental son más directos.

Legitimar YouTube como herramienta educativa no es un error técnico: es un error de marco. Porque el problema no es si los adolescentes aprenden algo viendo vídeos; es si el Estado debe convertirse en la correa de transmisión institucional de una plataforma cuyo modelo de negocio está basado en la captura de la atención. Como señala el análisis de Jot Down, el episodio del ministro junto a Google no se presenta como una operación comercial, sino como política pública: con el respaldo del Estado, cuestionar el modelo se vuelve mucho más difícil.

Aquí es donde la política del Gobierno de Óscar López adquiere su dimensión más contradictoria. Por un lado, el mismo ministro lleva meses anunciando medidas de protección que merecen reconocimiento: la propuesta de elevar la edad mínima de acceso a redes sociales de 14 a 16 años, la verificación obligatoria de edad en plataformas digitales, la Ley Orgánica para la Protección de los Menores en el Entorno Digital. España ha liderado, junto a Francia y Grecia, una iniciativa ante la Comisión Europea que han suscrito hasta diez países.

Desde una perspectiva de política pública, esto no es un accidente ni una contradicción menor. Es el resultado de dos lógicas que coexisten en el mismo Gobierno: una lógica proteccionista, que toma en serio los datos sobre daño a la infancia; y una lógica tech-progresista, que interpreta la digitalización como progreso por definición y cualquier resistencia como reacción. Nuestros datos sugieren que la primera lógica tiene razón. La segunda no es necesariamente equivocada, pero necesita evidencia, no retórica.

Uno de los hallazgos más importantes de nuestra investigación apunta precisamente a dónde debería mirar la política educativa si quiere ser efectiva. El predictor más potente del malestar emocional adolescente no es el número de horas frente a una pantalla, ni siquiera el uso de TikTok en sí mismo: es la autoestima.

La autoestima actúa como el factor que articula toda la vulnerabilidad adolescente ante el ecosistema digital. Un adolescente con autoestima sólida es más resiliente frente a los efectos negativos de las redes sociales. Un adolescente con autoestima frágil, y los datos muestran que las chicas son especialmente vulnerables a los mecanismos de comparación social que activa Instagram, queda expuesto de forma estructural a los mecanismos de refuerzo negativo que ofrecen estas plataformas.

Esto tiene implicaciones directas para la política educativa. Si el problema es la autoestima y la regulación emocional, la respuesta es reforzar la educación emocional, la lectura sostenida, el pensamiento crítico y la capacidad de tolerar el aburrimiento y la desconexión. ¿Queremos una generación que adquiera información en píldoras audiovisuales, o ciudadanos capaces de sostener argumentos largos, confrontar fuentes y ejercitar la pausa reflexiva? YouTube no favorece lo segundo.

El Gobierno de Óscar López no puede defender con una mano la protección de los menores frente al poder adictivo de los algoritmos y con la otra legitimar la entrada de esos mismos algoritmos en el sistema educativo público. La coherencia es la condición mínima de la credibilidad en política.

Nuestros datos son inequívocos. TikTok daña. Instagram daña. YouTube es la puerta camuflada de buenismo a redes «más duras» Las redes sociales en su conjunto, cuando su uso se vuelve problemático, dañan. La autoestima protege. La desconexión, leída como bienestar y no como castigo, también protege. Esos son los hallazgos en adolescentes reales, en un colegio real.

  • Jorge Sainz es catedrático de Economía Aplicada, Universidad Rey Juan Carlos (URJC)
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