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Don Quijote en la nueva batalla. Capítulo I apócrifo

Alertan ahora contra la crispación y el odio en las redes sociales, que es como si Idi Amin Dada denunciara el canibalismo, El Carnicero de Milwaukee a los asesinos en serie o Pedro Sánchez a los perdedores de elecciones que se empeñan en gobernar

En un lugar de la España presente, de cuyo nombre no quiero acordarme porque cambia según el telediario, vivía no ha mucho una estirpe de hidalgos de pluma en astillero, teclado antiguo, café recalentado y suscripción digital al día.

No consumían hanegas de tierra, sino columnas de opinión. No vendían sembraduras para comprar libros de caballerías, sino horas de sueño para perseguir la sinrazón contemporánea, que no es menos intrincada que la de Feliciano de Silva, aunque venga envuelta en boletines oficiales.

Y quiso el azar —o la Providencia, que Cervantes nunca descartó del todo— que un tal don Quijote de la Mancha, redivivo en espíritu aunque no en hueso, tropezase con ellos.

Miguel de Cervantes Saavedra, que todo lo veía desde la altura irónica del autor que sabe más que sus criaturas, murmuró:

—Mudó el tiempo, mas no la locura. Sólo cambió de armadura.

I

Don Quijote, seco de carnes y más seco aún de certezas públicas, andaba desvelado por entender la máquina de nuevas invenciones que llenaban su imaginación: decretos que prometían igualdad mientras fabricaban sumisión, discursos que invocaban libertad mientras administraban silencio.

—La razón de la sinrazón que a mi razón se hace… —murmuraba— vuelve a enflaquecer mi juicio.

En esto apareció Gabriel Albiac, grave como un teólogo de frontera. Pensaba: «sin rostro, que haga a un sujeto reconociblemente responsable de sus actos ante la ley, no hay ciudadano. No, el velo islámico no es un hábito étnico. Ni una coquetería, ni una moda. Es emblema que proclama una exclusiva sumisión al varón propietario: único responsable de la mujer sin rostro; sin identidad civil, pues. El velo es un certificado de no-ciudadanía».

Dirigiéndose a D. Quijote dijo:

—Caballero, las vestiduras nunca son inocentes. Todo símbolo es sacrificio. Y cuando el rostro desaparece, no es estética lo que se pierde, sino ciudadanía.

Don Quijote alzó la visera de su celada de cartón reforzado.

—¿Decís, señor filósofo, que hay liturgias que esclavizan?

—Digo que fuera del templo, sólo debe regir la ley común. Y que el rostro descubierto es el primer acto de libertad.

Cervantes, que había conocido cautiverios más reales que metafóricos, susurró:

—Esclavo fui en Argel. Esclavo puede ser hoy quien no sabe que lo es.

II

No lejos de allí, Antonio R. Naranjo arremetía contra gigantes que se hacían llamar «manifiestos», «cordones sanitarios» o «golpismos judiciales».

Alertan ahora contra la crispación y el odio en las redes sociales, que es como si Idi Amin Dada denunciara el canibalismo, El Carnicero de Milwaukee a los asesinos en serie o Pedro Sánchez a los perdedores de elecciones que se empeñan en gobernar. Y, oigan, esos problemas existen, mayoritariamente creados en origen por las guerrillas virtuales del populismo y hoy provocados por gaznápiros de todos los colores.

—Mire vuestra merced —dijo a don Quijote—, los molinos ya no tienen aspas: tienen plató. Y anuncian apocalipsis cada tarde, mientras ignoran el descarrilamiento evidente.

Don Quijote, que había embestido molinos con menos argumento, preguntó:

—¿Y hay caballeros que defiendan la verdad?

—Hay quien lo intenta —respondió Naranjo—, aunque le llamen hereje por preguntar.

—Pues esa es la primera caballería —repuso el manchego—: preguntar cuando todos aplauden.

Cervantes sonrió.

—Siempre temieron más al que pregunta que al que hiere.

III

Ramón Pérez Maura hablaba entonces de constituciones y olvidos.

La ceremonia para conmemorar que la Constitución de 1978 se ha convertido en la más longeva de nuestra Historia fue verdaderamente bochornosa en el fondo y en la forma. Empezando por el hecho de que no se hiciera ni la más mínima mención a la única persona que aparece en la carta magna con su nombre: el Rey Juan Carlos. Ni en la celebración, ni en la exposición que posteriormente se inauguró. Como bien ha apuntado en estas páginas Almudena Martínez Fornés, Félix Bolaños ha conseguido una hazaña memorable: juntar 40 fotos de la Transición y que Don Juan Carlos no apareciese en ninguna. Sólo les faltó borrar su firma del ejemplar original de la Constitución de 1978. El tippex es muy útil para estas cosas.

—Han querido celebrar la concordia borrando al Rey Juan Carlos que la hizo posible.

—¿Borrar? —repitió don Quijote—. ¿Como quien tacha con típex la firma de la historia?

—Exactamente.

Don Quijote golpeó el suelo con la lanza.

—Mal caballero es quien reniega de su linaje para ganar aplauso momentáneo.

Cervantes añadió:

—Las repúblicas, como los hidalgos, pierden el juicio cuando olvidan quién las sostuvo.

IV

Luis Ventoso, entre sushi y conversación new age, suspiraba y pensaba: Voy a ser tan carca como políticamente incorrecto: soy del siglo XX y no los aguanto. No puedo con el victimismo egoísta de buena parte de la nueva generación de españoles del XXI, con su énfasis en sus yoes, su desinterés por los demás, su hedonismo escapista de «los viajes» y «las redes», su falta de compromiso para asumir la responsabilidad de construir una familia (la excusa es la vivienda, como si a nuestros abuelos, que vivieron en una España mucho más depauperada, se las regalasen en la tómbola).

—No se puede levantar imperio con almas que sólo miran su ombligo.

Don Quijote frunció el ceño.

—¿Decís que hay escuderos sin ambición de gloria?

—Ambición tienen —respondió Ventoso—, pero de equilibrio interior y viajes con filtro.

—Mal podrá forjarse reino sin sacrificio —sentenció el hidalgo.

Cervantes, que se había estropeado la mano en Lepanto, asentía en silencio.

V

Y finalmente apareció Alfonso Ussía (al lado de Cervantes), lengua en ristre.

En la cadena de televisión que pagamos todos los contribuyentes, con amplia mayoría de creyentes, un ser de muy complicada descripción se mofó de una estampa del Sagrado Corazón. Sustituyó la imagen de Cristo por la de una vaca, como si la gente estuviera pendiente de averiguar sus parentescos. Se trató de una ofensa a millones de espectadores. Su valentía no le permitió la heroicidad de mofarse de Alá y Mahoma su profeta, porque sabe que los musulmanes no se andan con chiquitas con ese tipo de bromas. Pero de esa ofensa contra millones de españoles, la esférica mujer no tiene toda la culpa, sino los guionistas del programa y los directivos que aprobaron la realización de la impostura. Como si las autoras del guion hubieran sido Irene Montero, Yolanda Díaz, Pam, o cualquiera de las hermanas Serra.

—Se acabó el buenismo —tronó—. Hay ofensas que no se responden con mansedumbre eterna.

Don Quijote meditó.

—Ofender lo sagrado para parecer valiente no es valentía, sino cobardía con audiencia.

Cervantes intervino:

—Cuidado, caballeros. Que la palabra es espada, mas también puede ser incendio.

VI

Entonces comprendió don Quijote que los nuevos caballeros no cabalgaban sobre Rocinante, sino sobre columnas impresas y pantallas luminosas. No llevaban adarga antigua, sino firma reconocible. No buscaban ínsulas, sino preservar aquello que creían amenazado.

—¿Son estos, señor Cervantes, nuevos andantes?

—Son lo que pueden en su tiempo —respondió el autor—, como tú lo fuiste en el tuyo. Cada siglo fabrica su encantamiento y sus cadenas.

Don Quijote miró al horizonte digital.

—Luego, ¿seguimos esclavos?

—Siempre lo hemos sido de algo —dijo Cervantes—. La diferencia está en saberlo.

Y así, mientras la España presente discutía si los gigantes eran reales o imaginados, el hidalgo entendió que la locura no consiste en luchar, sino en dejar de hacerlo.

Porque aunque el tiempo pase, siempre habrá quien venda hanegas de descanso por comprar libros, ideas o verdades incómodas.

Y siempre hará falta, en cada generación, algún loco que decida ponerse la armadura —aunque sea de cartón reforzado— y salir al campo.

Rivela

Ilustración de José Rivela, apoyado en Gustave Doré

José Rivela Rivela es profesor de artes en el IES de Celanova (Orense)
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