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tribunaMiguel Aranguren

¡Socorro… se viaja!

Al surcar el control de fronteras del aeropuerto, cruzo una puerta mágica que separa dos realidades desconectadas, a pesar de que la tecnología haya fagocitado las distancias y nadie, en ningún momento ni lugar, se encuentre del todo lejos.

Llevo cierto retraso en el cumplimiento de mi compromiso quincenal con los lectores de El Debate. Por una parte, se ha debido a un exceso de trabajo extraliterario —las demandas en la economía familiar me imponen un ritmo creativo distinto al que quisiera—; por otra, a un viaje apasionante por tierras de Kenia, cuyos episodios confío ir destilando en futuras Tribunas (adelanto, eso sí, que no se ha tratado de un periplo turístico).

En un mundo intercomunicado, el recurso del viaje no parece suficiente para sostener el mutis en una colaboración literaria. Al fin y al cabo, poco importa adónde uno vaya porque es fácil encontrar un teclado y una pantalla —tinta y pluma de los escribientes contemporáneos— hasta en el lugar más recóndito del planeta. Allí donde parece que el tiempo se quedó detenido décadas atrás, hay cobertura de internet para salvar un momento de apuro. Podría apelar a que en Kenia, antigua colonia y protectorado británico, los teclados carecen de eñes (al ñu lo llaman «wildebeast» en el idioma de Paul McCartney, «nyumbu» en suajili, «o-inkat» en el habla masai), de signos invertidos de exclamación e interrogación, así como de tildes, pero son pobres excusas desde que la IA está al alcance hasta del usuario más torpe.

De modo que me veo obligado a desvelar que, cuando viajo corto los hilos que me unen al entorno en el que se desarrolla la trama mollar de mi vida. Al surcar el control de fronteras del aeropuerto, cruzo una puerta mágica que separa dos realidades desconectadas, a pesar de que la tecnología haya fagocitado las distancias y nadie, en ningún momento ni lugar, se encuentre del todo lejos.

Viajar es la única actividad que rompe de manera cabal la monotonía de los días, pues nos conduce a un entorno que desdibuja el paisaje habitual por el que nos movemos, a un tiempo fuera del tiempo (cada viaje es una acotación en el proceso natural de la vida). Una paradójica reacción ante lo nuevo, lo extraño, lo diferente nos hace pasar del asombro a la delectación, el aburrimiento o el aborrecimiento, a la vez que nos reafirma en la pertenencia a la tierra en la que se hunden nuestras raíces: ese pequeño espacio en el que se desenvuelve nuestro día a día.

Me refiero a viajar con tique y fecha de vuelta, es decir: a viajar para volver, que es distinto a poner rumbo hacia un destino lejano donde pasar el resto de la vida. Un emigrante, por poner un caso, se va obligado por las circunstancias, con muchas posibilidades de reposar para siempre en territorio extraño.

Cada viajero tiene sus particulares expectativas. Muchos solo quieren conocer lugares, objetos, testimonios del pasado, dietas, tiendas y mercadillos. La aspiración –lícita, por supuesto– se traduce en coleccionar imágenes que respondan a la certeza de que el viajero pasó por ahí, de que vio, tocó, respiró y experimentó a la velocidad que impone el fluir de una masa constante de turistas que desean retratar y retratarse en el mismo escenario. En los oídos del viajero llueven los nombres, las fechas, los desencadenantes y las consecuencias que, la mayoría de las veces, apenas calan; y si calan, se trata de una salpicadura que pronto se evapora. Sobre las plantas ardientes de sus pies y alrededor de sus piernas fatigadas se va sumando el ir y venir, el bajar y subir, el permanecer de pie ante aquello que previamente estaba programado, avanzar a paso de caracol dentro de una larga cola, llegar a la hora que marca la reserva del museo, del autobús o del restaurante. Es un viajero que madruga, elige el menú para la cena del penúltimo día y cumple con la costumbre de traerse un imán, que compacta el atlas personal de destinos sobre la puerta de su nevera. Es una posibilidad lícita de viajar, insisto, pero yo me la perdono.

El turismo ha estallado por toda la tierra, y ha colapsado museos, templos, mercados, vistas panorámicas, santuarios naturales, islas, playas, glaciares y hasta fondos marinos. Instagram está repleto de imágenes de buceadores de tres al cuarto atosigando a pacíficos tiburones ballena; de aventureros de salacot y bermuda que asaltan con sus furgonetas el festín cinegético de tigres, leones y leopardos; de navegantes de packs de lujo que interrumpen el cortejo de los cachalotes. Y, más cerca, de cientos de bebedores de gin-tonic que aplauden, todos a una, la caída del sol desde parajes —en teoría— protegidos por su delicado ecosistema.

Hace tiempo que renuncié a conocer los hitos naturales, artísticos e históricos desparramados por el mundo. No es que los desdeñe, pues reconozco que me encantaría contemplar la «Mona Lisa», visitar la Torre de Londres, alzar los ojos bajo la cúpula de la Mezquita Azul, recorrer Nueva York desde un helicóptero para apreciar la belleza de sus rascacielos de principios del siglo XX, empaparme con la neblina que rebosan las cataratas del Iguazú, conocer las colonias de pingüinos de la Patagonia, rastrear elefantes por el Okawango, buscar huellas de órix por las dunas de Namibia y dormir en el Atlas bajo un manto de estrellas. Sin embargo, considero que la magia de esos lugares y de esas experiencias se ha roto con la democratización del viaje. A los pies del Louvre, de la basílica de San Pedro, del Palacio de Invierno, de la estepa mongola, de los bosques de Canadá, de las playas de México, de las reliquias de los Incas se han abierto orificios por los que surgen turistas y más turistas como hormigas desmadradas.

  • Miguel Aranguren es escritor
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