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tribunaArsenio Alonso

Esta luz

Al recibir el Cervantes, Gamoneda evocó el «no saber sabiendo» de san Juan de la Cruz y habló de «lo Desconocido». Se sabe la presencia; hay «colores [...] que carecen de nombre». El lenguaje la alcanza sin encerrarla. Su negación resulta paradójica: «Niego las sombras para poder negar la luz»

Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) es uno de los grandes poetas españoles. Premio Cervantes 2006 y Premio Nacional de Poesía, su obra posee una altura literaria indiscutible. Hay en ella, sin embargo, un pensamiento filosófico apenas explorado, de enorme fuerza e interés para una teología filosófica. Esta luz reaparece en toda su obra como categoría esencial, dando título a su Poesía reunida (1947-2004).

Esta luz es mera presencia. Es un estar ahí. «La luz me acaricia»; «se incorpora a tus ojos»; se posa sobre la cabeza. No habita un más allá separado de las cosas: acontece en la piel, las manos, los rostros. Es trascendencia en la inmanencia: está en el mundo sin identificarse con él. Por eso puede «desprenderse de tus manos» y «buscar su libertad». Es íntima y, a la vez, otra; cercana e indisponible; ab-soluta: suelta, desligada.

Esa alteridad precede al sujeto. «No puedes pensarla: ella te piensa a ti». El hombre no constituye la luz; se descubre alcanzado por ella. Esa presencia lo excede: hay «excesiva luz» y «me excede la claridad». La inteligencia puede recibirla, pero no contenerla. El concepto estalla. No es irracional; es transracional.

Esta luz revela: hace «visible lo invisible» y bajo ella «surgen rostros habitados y exactos». Pero esa revelación es sentiente: «Siento / su lengua sobre mi piel»; «mis oídos llenos de luz». La luz acontece corporalmente. Procede del abismo, del que nacen «frutos incandescentes». La oscuridad no la anula: puede ser lugar de manifestación.

De ahí su relación con la negatividad. Hay un «pacto luminoso con la muerte», una «última luz» en la que el poeta dice que ha de entrar y «sólo vi luz en las habitaciones de la muerte». Es «potencia abrasiva», capaz de hacer que «el sufrimiento haga florecer los magnolios» y que «la muerte sea / la madre de la vida». No sólo ilumina: transforma y fecunda.

Está en el amor, en el rostro del otro. «Cecilia vive en mí» y el yo vive en ella. El otro puede habitarme sin dejar de ser otro. Por eso la luz no olvida, es memoria: juventud, pérdidas, heridas y amores continúan presentes. Esta memoria custodia la presencia en la ausencia. «Ama todas las pérdidas».

Pero la luz –esta luz– también juzga. En Malos recuerdos, la conciencia sentencia: «Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo». Ante la mujer que sube «con un caldero lleno de penas» surge una certeza: «Ya nunca tendré paz en la escalera». La luz hace visible la verdad moral, la gravedad de la libertad; rompe la indiferencia y convierte la visión en responsabilidad y culpa.

La luz «sostiene suavemente la majestad de los pájaros»; y cuando la cabeza «roza la muerte», «es / la amistad quien me sostiene». La recurrencia del verbo sostener –fundamentar, apoyar– revela una estructura común: algo mantiene la vida frente a la caída, la tristeza y la muerte.

Gamoneda habla de un «corazón habitado» y pregunta: «¿Y tú te ocultas, el habitante de mi alma?». Esa presencia conoce, acompaña y conduce: «Seas quien seas, conoces la longitud de mis venas»; «acompáñame»; «debes conducirme suavemente». Yo desconozco quién eres, pero tú pareces conocerme desde dentro. Ya en Exentos I se preguntaba: «Nadie / ha visto un corazón habitado: ¿por qué este pensamiento irreparable, / esta creencia sin descanso?».

Y, sin embargo, la intimidad no elimina la diferencia: «No hay semejanza en ti». La luz habita, toca, conoce y sostiene, pero permanece incomparable, radicalmente otra.

Aquí emerge el núcleo místico –unión sin confusión del yo con lo trascendente– y el núcleo apofático. Al recibir el Cervantes, Gamoneda evocó el «no saber sabiendo» de san Juan de la Cruz y habló de «lo Desconocido». Se sabe la presencia; hay «colores [...] que carecen de nombre». El lenguaje la alcanza sin encerrarla. Su negación resulta paradójica: «Niego las sombras para poder negar la luz». La sombra misma presupone aquello que se pretende negar. Desde esa experiencia apofática puede hablar de rasgos de lo Desconocido. Hay logos en esta experiencia de la presencia de esta luz. ¿Cómo podría, si no, decirnos algo de ella?

Nadie puede apropiarse de ella. «Su destino es cesar»: acontece y se retira; es epifanía, no posesión. Tiene su hora: «va a venir la luz»; «No es su hora». Y abre una temporalidad que desborda el tiempo: «Es / la hora sin tiempo»; la existencia es «un alarido ante la eternidad». La luz adviene, pero no depende del querer humano. Dice a su nieta Cecilia: «Desconoces la imposibilidad: / piensas la luz». Abre una posibilidad que el adulto juzga imposible. Es apertura de lo imposible.

«Amé las desapariciones y ahora el último rostro ha salido de mí»; y después: «ya sólo hay luz dentro de mis ojos». Han desaparecido los rostros y las mediaciones; la luz, sin embargo, permanece. No se identifica con aquello en lo que se manifestó. Las figuras desaparecen y queda la luz.

Una lectura panteísta es difícilmente sostenible, y una atea o agnóstica no parece dar razón suficiente del conjunto de los rasgos descritos.

¿Es Dios esta luz? Gamoneda no le da nombre. Esta luz hace las veces de una deidad: presencia que remite a un ámbito de fundamentalidad última, alteridad trascendente en el mundo, con rasgos que esbozan lo personal sin dejarse encerrar en el concepto. Desde la filosofía, cabe calificar esta experiencia como un teísmo apofático gamonediano.

Desde Zubiri nos hallamos ante el problema teologal del hombre, anterior a toda teología confesional. El hombre se descubre remitido inexorablemente, desde las cosas y desde su carne, a una fundamentalidad que lo precede, lo excede, lo revela, lo juzga, lo recuerda, lo transforma, lo acompaña, lo conduce, lo sostiene y lo abre a lo imposible; una realidad que está en el mundo sin ser el mismo mundo; que permanece cuando sus manifestaciones desaparecen.

«Conocer que alguien viene no es conocer que viene Pedro, aunque sea Pedro quien viene» (Tomás de Aquino, STh I, q. 2, a. 1, ad 1). Gamoneda no da un nombre a esta luz, pero la afirma y da testimonio humilde de ella desde la más alta poesía.

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