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tribunaLuis Peral

'Viribus Unitis'

La aparición de nuevos estados en Europa Central y del Este trajo consigo la creación de nuevas y muy extensas fronteras, la instauración de barreras comerciales y la alteración de relaciones económicas consolidadas durante muchas décadas

Viribus Unitis (Con las fuerzas unidas) era el lema del Imperio Austrohúngaro y el nombre de su buque insignia. Era la expresión de la vocación de los Habsburgo de mantener unidos los territorios que, a lo largo de muchos siglos, se fueron incorporando a la dinastía, con pleno respeto a la diversidad de leyes, costumbres, parlamentos, idiomas y religiones que se podía encontrar en Austria, Hungría, Bohemia, Moravia, Silesia austriaca, Galitzia y Lodomeria, Rutenia Subcarpática, Transilvania, Bukovina, Croacia y Eslavonia, Dalmacia y Bosnia-Herzegovina. Territorios que hoy pertenecen a 13 estados europeos: Austria, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Rumania.

En los dominios de los Habsburgo se daban a la vez un concepto tradicional y dinástico de la Monarquía con la más absoluta modernidad en las artes –Secession vienesa, arquitectura (Otto Wagner, Adolf Loos), pintura (Klimt, Kokoschka, Schiele), música (Gustav Mahler, Johann Strauss)– y también en la literatura (Zweig, Roth, Kafka, Musil, Kraus), en la filosofía (Wittgenstein), en el psicoanálisis (Freud) y en la economía (Escuela Austriaca con Menger, von Böhm-Bawerk y von Wieser).

La Primera Guerra Mundial –en cuyo inicio Austrohungría tuvo su parte de culpa junto con otros estados– puso fin a ese imperio que se podría considerar un precursor de la Unión Europea. El conflicto –que podríamos calificar de guerra civil del mundo occidental– enfrentó a naciones que compartían, en general, regímenes políticos, organizaciones económicas y estructuras sociales muy similares. Compartían incluso –con la excepción de Francia, Estados Unidos y Portugal– la forma monárquica del Estado, con dinastías ligadas entre sí por estrechos lazos de parentesco. Un mundo donde no había prácticamente restricciones a la movilidad internacional de personas, bienes y capitales, bajo el predominio del patrón oro y la posición dominante del Reino Unido, como garante final de la estabilidad del sistema.

La aparición de nuevos estados en Europa Central y del Este trajo consigo la creación de nuevas y muy extensas fronteras, la instauración de barreras comerciales y la alteración de relaciones económicas consolidadas durante muchas décadas. La creación de los nuevos estados-nación no respondía necesariamente a criterios de racionalidad económica. Cada uno de estos estados implantó su propia moneda, estableció barreras aduaneras para proteger la industria local y siguió políticas monetarias y fiscales independientes. El final de la Guerra Mundial supuso en Europa la aparición de 9 nuevos territorios económicos, 13 nuevas monedas y 20.000 kilómetros de nuevas fronteras aduaneras.

Varios países de Europa Central –Austria, Hungría, Alemania y Polonia– experimentaron en los primeros años de la década de los veinte gravísimos problemas de hiperinflación que volatilizaron una gran parte de los ahorros de las clases medias, que habían suscrito deuda pública para colaborar al esfuerzo bélico de sus países, lo que favoreció, junto con los injustos tratados de paz, la llegada al poder del nazismo.

Al volver la vista atrás, con cierta nostalgia, de lo que pudo ser Austrohungría de no haberse desintegrado tras la Primera Guerra Mundial –un precedente de la Unión Europea, cuyo lema es «Unidad en la diversidad»– no puedo menos que reflexionar en lo que podía haber sido de España si algunas de las principales fuerzas políticas hubieran respetado a partir del 2004 el pacto al que se llegó en la Constitución de 1978. Allí hubo un compromiso de todos, incluso de partidos nacionalistas, hoy echados al monte, por olvidar agravios mutuos y mirar al futuro para dar a España una nueva oportunidad histórica basada en la democracia, en la convivencia y en el progreso. Pero, desgraciadamente, llegó Zapatero en el 2004 con un resentimiento incomprensible: muchas personas, entre las que me encuentro y también muchas personas de izquierdas, perdieron abuelos asesinados durante la Guerra Civil, y en la dura posguerra, y supieron perdonar para dar a España un nuevo futuro. Luego llegó Sánchez en 2018 y, con sus especiales (por no entrar en detalles) características patológicas, reincidió en dividir a los españoles en todos los ámbitos.

Todavía conservo la esperanza de que, superados Zapatero y Sánchez, los españoles volvamos a afrontar el futuro «con las fuerzas unidas», para recuperar los veinte años perdidos de convergencia con otros países de Europa y hacer frente a los enemigos exteriores de España (Marruecos) y a los partidos que quieren destruir a nuestra patria.

  • Luis Peral Guerra es doctor en Historia, economista y abogado
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