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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Setenta veces siete

Con estas palabras, Jesús no está estableciendo una cifra. Está poniendo delante de nosotros una manera nueva de vivir

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». La pregunta de Pedro parece generosa. Siete veces es mucho cuando alguien nos ha herido repetidamente. Pero Jesús sorprende con su respuesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Con estas palabras, Jesús no está estableciendo una cifra. Está poniendo delante de nosotros una manera nueva de vivir. El perdón no puede quedar reducido a una excepción a la que recurrimos cuando la ofensa es pequeña o cuando el otro reconoce su error. El perdón forma parte de nuestro ADN cristiano. Si vivimos del amor de Dios, tenemos que reconocer que ese amor es un amor perdonador. Cada día recibimos de Dios un amor que no merecemos y que, sin embargo, nos es entregado gratuitamente. Por eso, quien se sabe perdonado no puede convertir el perdón en algo extraño a su propia vida.

Pero perdonar no significa necesariamente tener sentimientos favorables hacia quien nos ha hecho daño. Tampoco significa que esa persona vuelva a caernos bien, ni que tengamos que olvidar lo sucedido como si nada hubiera ocurrido. Hay heridas que necesitan tiempo para cicatrizar y relaciones que pueden necesitar distancia. Perdonar significa, sobre todo, renunciar a la venganza.

Es decidir que no queremos convertirnos en aquello que nos ha hecho daño. Que no vamos a responder al mal con el mal, ni a comportarnos con quien nos ha ofendido como él se ha comportado con nosotros. El «ojo por ojo y diente por diente» termina multiplicando el daño. Porque la ofensa ya nos ha hecho daño una vez; pero puede hacernos una segunda cuando permitimos que nuestro corazón quede envenenado por aquello que nos ha herido o, tal vez, roto nuestra vida.

Hay una tercera razón para perdonar. Nosotros vivimos continuamente pidiendo perdón a Dios. En el corazón de nuestra oración está aquella petición que Jesús mismo nos enseñó: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Sería una contradicción pedir a Dios un perdón que nosotros no estamos dispuestos a ofrecer.

Cuando nos atrevemos a pedirle a Dios que nos perdone, estamos reconociendo que queremos vivir según la lógica de su misericordia. No podemos recibirla como un regalo para nosotros y negársela después a los demás. El cristiano sabe que ha sido perdonado y, precisamente por eso, aprende a perdonar.

Quizá el perdón sea una de las prácticas cristianas más difíciles de convertir en realidad. Hay heridas profundas, injusticias que duelen y ofensas que permanecen durante mucho tiempo en nuestra memoria. Por eso no debemos confundir el perdón con una emoción que aparece espontáneamente. Muchas veces comienza con una decisión humilde: «No quiero vengarme. No quiero devolver el mal recibido. No quiero que esta ofensa termine convirtiéndome en alguien que no quiero ser».

Y cuando damos ese paso, aunque todavía duela, abrimos espacio a la gracia. Porque perdonar no es solamente un esfuerzo de nuestra voluntad. Es, sobre todo, una gracia del Espíritu Santo que se nos concede cuando estamos dispuestos a ser verdaderos discípulos de Cristo.

Setenta veces siete significa, en definitiva, no poner límites al perdón. Porque tampoco Dios ha puesto límites al amor con el que cada día nos perdona.

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