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tribunaCarlos Leáñez Aristimuño

Aferrémonos al timón: escritura cíborg frente al reemplazo algorítimico

El futuro no está escrito y bulle el debate. León XIV aboga por que la máquina nunca asuma la supremacía. Sadin y Harari plantean perspectivas sombrías. Kurzweil sostiene que la IA puede abrir una luminosa etapa de coevolución. Ferry formula la disyuntiva: reemplazo o complementariedad

Hace menos de tres meses, The New York Times exigió a sus colaboradores independientes que todo el material que presenten sea producto de la creatividad y el oficio humanos: prohibido entregar textos o imágenes generados, modificados o mejorados por la IA. Quimérico afán.

Todo escrito es una confluencia. Quien escribe lo hace inserto en un vasto caudal de voces, géneros, citas, ecos. Barthes apuntó: «… el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura». Y ese tejido ahora no es exclusivamente humano: ha irrumpido la IA. Hallamos hoy en el río textual, como nadadores, a humanos e IAs… y constatamos que, cada vez más, surge un nuevo nadador, fusión de los anteriores: el escritor cíborg (cibernético-orgánico). Todo comenzó con simples herramientas de puntuación, ortografía, gramática o selección de palabras que no provocaron mayor cuestionamiento. Y ahora se han agregado, en virtud de la IA, posibilidades que hacen saltar las alarmas: puedo pedir redacciones alternativas, nuevas ideas o su afinación, estilos específicos, figuras retóricas, títulos, reducciones, ampliaciones… ¡El texto entero! ¿Sigue el autor existiendo?

Dado el carácter masivo y casi ubicuo de la escritura con IA, se impone un cambio de mirada: reconozcamos que todo texto es intertexto y asumamos también que la escritura atribuida a un humano es cíborg por defecto: resultado de una colaboración más o menos consciente, más o menos intensa, entre la persona y la máquina. Más que un autor puro, lo imprescindible es que cada texto tenga un responsable claro que asuma todas las dimensiones de lo que publica. La firma ya no certifica un origen incontaminado: adosa una responsabilidad. Ahora bien, quien sostenga haber escrito al margen de toda colaboración con la IA –sin correctores inteligentes, modelos de lenguaje, sin ninguna asistencia cibernética; rodeado solo de papel, lápices, resaltadores, libros y ficheros físicos– debería hacerlo constar como sello particular. Esa declaración sería la excepción confirmatoria de la nueva regla.

Entre los dos extremos de textos atribuidos a humanos –los escritos en aislamiento analógico y los plagios– se abre el territorio más ancho: la escritura cíborg. Ella, en su concreción ideal y neta, se reconoce por la concurrencia de tres condiciones: una intencionalidad que dirige todo el proceso desde los textos e ideas iniciales hasta el resultado final; una intervención activa y transformadora que selecciona, reordena, escribe, reescribe, investiga e integra el material; y la capacidad real de quien firma de responder por el texto. El plagio, en cambio, consiste en presentar como propio un texto ajeno –de otra persona o de una máquina– sin haberlo trabajado un mínimo. Pero, atención, para su configuración no basta la detección de fragmentos literales o sugerencias de la IA: eso ocurre en todo ensamblaje. La clave está en si la intencionalidad y la intervención activas tienen niveles suficientes para saltar a texto cíborg. Ancha es la frontera entre este y el plagio. Abundantísima la producción de textos en esta franja –textos pseudocíborgs–, concebidos entre la falta de honradez, la mediocridad y la prisa.

Resulta irrealista proscribir la colaboración entre inteligencia humana e IA en la producción de textos: sería como intentar tapar con un dedo una grieta que fractura un inmenso dique rebosante. Pero hay un peligro de talla: la proliferación masiva de textos-IA que muchos humanos se atribuirán sin haberlos compuesto: una inundación que podría ahogar tanto a la escritura cíborg como a la analógica. El daño sería insondable: al no escribir ya el humano, pensará con menos rigor y perderá discernimiento, base auténtica de la libertad real. Bailará entonces, quizá, al son de los algoritmos.

La verdadera escritura cíborg no es una capitulación, sino la forma más realista de resistencia de la escritura humana ante los textos-IA. Incluso más: puede constituir un ensanchamiento de horizontes. Visualicemos el arquetipo: el escritor cíborg llega al taller de textos conociendo su oficio y con dominio de su tema. Pero su taller se halla ahora muy repotenciado: puede explorar en minutos un volumen de información inaudito, investigar en profundidad, generar y descartar borradores, someter párrafos a prueba, solicitar reformulaciones, ensamblar materiales, detectar contradicciones, reforzar argumentos y pulir la prosa. Y no se limita a recibir: orquesta y modifica esos recursos con su propia creatividad, entra en diálogo con la IA y puede producir un texto superior –en rigor intelectual y en calidad lingüística– al que habrían logrado la IA o él mismo en solitario.

El futuro no está escrito y bulle el debate. León XIV aboga por que la máquina nunca asuma la supremacía. Sadin y Harari plantean perspectivas sombrías. Kurzweil sostiene que la IA puede abrir una luminosa etapa de coevolución. Ferry formula la disyuntiva: reemplazo o complementariedad. En esa cuerda floja estamos. Nada garantiza el naufragio ni la llegada a puerto. Consultemos la brújula. Aferrémonos al timón.

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