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tribunaCarlos Leáñez Aristimuño

Venezuela, Irán... ¿Guerra por la inteligencia artificial?

La capacidad de mantener encendidas y creciendo las máquinas que piensan es hoy el corazón de la dialéctica de los imperios. ¿La guerra en curso es el precio que el mundo paga por el afianzamiento de una IA –voraz energéticamente– que transformará nuestras vidas? Muchos indicios apuntan en esa dirección

Mientras los misiles surcan el golfo Pérsico y Venezuela entra en una fase de tutela estadounidense, el petróleo nos impide una visión de contornos nítidos: esta no es una guerra por el motor de combustión, sino por quién tendrá, a corto y mediano plazo, la energía necesaria para crear, activar, entrenar y mantener encendido el gran motor, el multiplicador de fuerza absoluto –force multiplier– que es hoy la inteligencia artificial, escuetamente llamada IA.

Quien lidere la IA en 2030 estará claramente en la cima más alta. Gracias a ella tendrá una ciencia que avanzará a una velocidad muy superior a la humana, una ciberseguridad de muy difícil penetración, una economía predictiva letal para sus competidores y una hiperproductividad algorítmica capaz de generar en meses el valor industrial e intelectual que antes requería décadas: se pasará de una economía basada en el esfuerzo humano –limitado por el tiempo, el sueño y la biología– a una economía basada en la capacidad de cómputo, limitada solo por la energía y el silicio.

Este gran cerebro posee un apetito energético insaciable y creciente: cada vez más la IA está integrada en cada búsqueda, en cada proceso industrial, en cada dispositivo militar. Al tomar una decisión o generar un dato, consume energía. A medida que miles de millones de personas la usan simultáneamente, el goteo de consumo se vuelve un océano… y las redes eléctricas de las potencias operan hoy al límite de su capacidad disponible. En EE.UU., más precisamente en Virginia, los centros de datos –impulsados cada vez más por la IA– ya devoran cerca del 25 % de toda la electricidad disponible. En China, aunque no hay regiones al borde del colapso, el consumo de los servidores de IA crece tan rápido que ya obliga a rediseñar redes enteras y a priorizar la electricidad para máquinas sobre la destinada a hogares. En Europa, Irlanda y Países Bajos han tenido que congelar nuevos proyectos de centros de datos porque sus redes –saturadas de renovables intermitentes– no aguantan otro megavatio más sin riesgo de apagones. En México, la Comisión Federal de Electricidad ha empezado a frenar conexiones en Baja California y el norte, donde centros de datos de gigantes como Google y Microsoft ya compiten con fábricas y hogares por la misma corriente escasa. Por si fuera poco, cada nuevo modelo de IA exige entre tres y cinco veces más potencia que el anterior. Inexorable consecuencia: mientras la demanda eléctrica global sube entre un 2 y un 3 % anual, la ocasionada por la IA se dispara y el mundo empieza a sentir el primer tirón real de esa cuerda: apagones programados, colas de años para conectar nuevos centros, y la pregunta que nadie quiere responder: ¿quién se quedará sin luz cuando el silicio empiece a pedir más?

Por ahora –y hasta que las soluciones de largo plazo empiecen a materializarse hacia 2030– el mundo depende de los hidrocarburos para generar la electricidad de choque exigida. En este contexto, Pekín construyó buena parte de su ventaja competitiva en IA gracias a petróleo iraní y venezolano adquirido con descuentos importantes –de 12 a 15 dólares por barril– que aliviaron significativamente su economía general y permitieron liberar recursos para expandir su infraestructura tecnológica. Al tomar el control de estos suministros, Washington le quita a China una «gasolina barata» y se asegura de que el flujo de hidrocarburos alimente sus propios clústeres de IA en Texas y Virginia, dejando al rival en una posición más precaria en esta carrera.

La extracción de Maduro de Venezuela fue el primer capítulo de una novela cuyo desenlace tiende a una mayor presión estratégica sobre Pekín en Hispanoamérica y Oriente Medio. China ha perdido parte de esos suministros descontados e intenta compensar con mayores compras a Rusia, Irak y otros proveedores. Sus clústeres de IA –como DeepSeek– siguen avanzando, pero el aumento de costes energéticos representa un desafío competitivo real, una nueva presión en la «carrera armamentística» del siglo XXI.

La capacidad de mantener encendidas y creciendo las máquinas que piensan es hoy el corazón de la dialéctica de los imperios. ¿La guerra en curso es el precio que el mundo paga por el afianzamiento de una IA –voraz energéticamente– que transformará nuestras vidas? Muchos indicios apuntan en esa dirección.

Quien no mantenga encendida y creciendo la IA se hallará tan a oscuras e indefenso como los grupos que, hace miles de años, no lograron adoptar el fuego.

  • Carlos Leáñez Aristimuño es hispanista
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