Fundado en 1910
tribunaCarlos Leáñez Aristimuño

El español en manos de Silicon Valley: ¿encogimiento cognitivo en puertas?

El bloque hispánico debe decidir ya si se resigna a ser una masa consumidora de sintaxis promediada o si impone todo su peso para garantizar que la tecnología no interfiera, sino que realce, la complejidad, hondura y matices de nuestro más grande tesoro en ambos hemisferios: la lengua española

La mayoría de los textos producidos en el planeta ya no brotan de mentes humanas: surgen de la IA. Habitamos dentro de un ecosistema donde la mayor parte de los textos proceden de un enjambre de procesadores que verbalizan el mundo en tiempo real. Los oligopolios tecnológicos que programan, entrenan y despliegan la IA poseen un poder insondable, ubicuo, inédito: la capacidad de moldear nuestro perímetro cognitivo. Las implicaciones antropológicas y geopolíticas son sobrecogedoras.

Históricamente, la evolución de la lengua se desplegaba en el latido espontáneo de las comunidades de hablantes, las academias, los estados… Hoy este proceso se concentra en un puñado de corporaciones tecnológicas. Peligro: Delegar los límites de lo que se puede decir y pensar en Silicon Valley es un problema político. Nuestra lengua no puede transformarse en un servicio gestionado por algoritmos opacos que dictan los marcos de lo concebible.

No se trata de negar que la colaboración entre mente humana y algoritmo –una suerte de «escritura ciborg»– puede ser un formidable multiplicador de fuerzas… ¡Siempre que el humano retenga el timón para inyectar intención, matiz y rebeldía! El peligro no es usar la máquina como aliada, sino la abdicación: la industrialización de la sintaxis trae un riesgo de atrofia. La IA proyecta la palabra estadísticamente más probable en un texto a partir de inmensas bases de datos… su tendencia natural es «alisar» el texto. Prioriza lo predecible, limpio, aséptico; lima las subordinaciones profundas, la ironía, las sutiles desviaciones que caracterizan al pensamiento crítico. Al inundarnos con esta sintaxis promediada, surge un encogimiento intelectual. Al consumir sin tregua textos planos, nuestra capacidad para estructurar pensamientos complejos y fuera de moldes preestablecidos merma.

En 1984, la distopía de Orwell, el Estado totalitario imponía la reducción del diccionario mediante el terror y la vigilancia para hacer la disidencia imposible. Hoy, el encogimiento de la lengua avanza gracias a la conveniencia: entregamos nuestra soberanía lingüística en un acto de servidumbre voluntaria porque la máquina «nos ahorra tiempo» al redactar correos burocráticos, resumir documentos largos, atender quejas comerciales, responder dudas.

La IA puede operar también una domesticación conceptual: a través de los filtros de alineamiento de las empresas tecnológicas, los modelos deciden qué conceptos se ensanchan y cuáles se vuelven marginales. La polisemia y la diversidad cultural se reducen a un consenso estandarizado diseñado para no ofender y encajar en parámetros de asepsia corporativa. A esto se suma una posible glaciación cognitiva: las IA han comenzado a entrenarse con inmensos volúmenes de textos generados por otras IA, creando un bucle endogámico. El peligro final es que el pensamiento humano quede tapiado.

La defensa de nuestra amplitud cognitiva es impostergable y exige articular políticas de Estado panhispánicas estimuladas y coordinadas por los ministerios de Exteriores. Los ministerios de Educación, por su parte, deben ejecutar acciones que blinden efectivamente la lectura profunda, la escritura genuina y el pensamiento crítico. La Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), a su vez, debe ir más allá de su rol tradicional. Debe erigirse –como instancia panhispánica al cuidado de la lengua que es– en interlocutor geopolítico ante los gigantes tecnológicos sobre la base de un centro de monitorización algorítmica que audite en tiempo real el estado de la lengua y su evolución. Para dotar de músculo técnico a este centro, la Asale debería apoyarse en la infraestructura de entidades como la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (Aesia) –primer ente estatal de auditoría algorítmica de Europa–, que podría actuar como soporte tecnológico para articular esta vigilancia.

Esta monitorización es nuestra óptima arma asimétrica: no podemos competir en la fabricación de colosales IA desde cero, pero sí podemos usar nuestro peso demográfico, intelectual, cultural, político y normativo para obligar a las corporaciones supervisadas a no encoger nuestro perímetro cognitivo. La posibilidad técnica de realizar esto es absolutamente real. En paralelo, los Congresos Internacionales de la Lengua Española deben situar la soberanía lingüística en el centro del debate tecnológico global. Y todas estas instituciones deben actuar —a la escucha de la sociedad civil organizada— como garantes de que el latido espontáneo de los hablantes fluya sin algoritmos reductores. Todo esto es posible porque estamos hablando de una institucionalidad existente y movilizable que solo parece requerir objetivos y coordinarse en torno a una gran causa común: el idioma, la infraestructura básica del pensamiento. En torno, también, a un anhelo legítimo: ser vibrantes en el presente y relevantes en el futuro.

El bloque hispánico debe decidir ya si se resigna a ser una masa consumidora de sintaxis promediada o si impone todo su peso para garantizar que la tecnología no interfiera, sino que realce, la complejidad, hondura y matices de nuestro más grande tesoro en ambos hemisferios: la lengua española.

  • Carlos Leáñez Aristimuño es hispanista
comentarios

Más de Tribuna

tracking

Compartir

Herramientas