Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Magníficos mercenarios, pero no pidamos peras al olmo

Seguimos viendo a nuestros equipos con una óptica emotiva y de terruño, pero los clubes de fútbol son empresas y sus jugadores, empleados que van y vienen

El brasileño Rivaldo, de 54 años y ya felizmente jubilado, fue un extraordinario centrocampista ofensivo. En 1996 aterrizó en La Coruña y encandiló a la afición del Dépor. Se le veía encantado en Riazor. Besaba el escudo de su camiseta con fruición cuando marcaba uno de sus golazos. Pero al final de la temporada se largó al Barcelona, pasando a besuquear con idéntico frenesí la elástica azulgrana. Aquello me dejó escamado.

En el año 2000 se repitió algo parecido, pero de manera más agravada. Luis Figo, que llevaba cinco temporadas como estrella del Barça, daba la campanada y fichaba por su más encarnizado rival, el Real Madrid. Por supuesto el astro portugués pasó a sentir el madridismo con el mismo fervor con que solo unos días antes sentía el barcelonismo.

Los deportes nunca me han vuelto loco, aunque comencé en el periodismo escribiendo en esa sección, por ser la puerta que encontré para entrar en la prensa. Era un cronista balompédico manifiestamente mejorable, por miope y porque no sabía nada de fútbol, y disfrazaba mi ignorancia con florituras estilísticas. En aquellos días más campechanos, los periodistas convivíamos con el equipo, no existía el blindaje actual. En una ocasión, el inolvidable Arsenio se puso a leer mi crónica cuando volvíamos de un partido fuera de casa. Levantó su mirada socarrona del periódico y me dijo: «Muy bien, neniño… lástima que el gol no lo marcó Bebeto como pones tú aquí». Todavía me pongo colorado.

La afición futbolera va más allá de los motivos racionales. Pero a mí la mutación de Figo me llevó a desentenderme del fútbol. Un día me pregunté: ¿Qué hago pendiente de los resultados, siguiendo los carruseles de la radio, ojeando el Marca y el As y sufriendo por los míos … cuando en realidad a sus protagonistas les da igual jugar para un equipo que para otro y van donde más les paguen?

Los aficionados conservamos una relación con nuestros equipos de fútbol que es más del siglo XX, cuando eran de sus socios y había mucho jugador local, que del siglo XXI. Hoy son empresas, a veces de un dueño foráneo, que contratan a futbolistas de todo el planeta, que van y vienen en un mercado en rotación constante.

Las estrellas del fútbol son maravillosos mercenarios. Nos hacen muy felices con su arte, pero lo van alquilando a toque de talonario. El Rivaldo que citaba al principio trabajó para 17 clubes a lo largo de su carrera.

A los genios de la pelota que cobran carros de millones cabe exigirles que respondan en la cancha acorde a sus enormes emolumentos. Pero es ingenuo pensar que tienen un compromiso con la ciudad o con el país donde residen. Son aves de paso. Además, en muchos casos se trata de chavales muy jóvenes y de baja formación. No resulta raro que se les obnubile el buen juicio por el cóctel embriagador del dinero a espuertas y la admiración rendida. Se puede tener una zurda de oro y ser un tarugo fuera del césped. Al igual que se puede ser una excelente actriz, o un maravilloso chef, y un perfecto ignorante en las restantes facetas de la vida.

Los que confían en que el brasileño Vinicius, que tiene una educación muy básica, o el francés Mbappé, se muestren como ciudadanos comprometidos con la realidad española están pecando de ingenuos, le están pidiendo peras al olmo. Son ídolos de masas acantonados en sus burbujas de élite, con un conocimiento muy somero de nuestra realidad profunda y que no pisan la calle. Saben que hoy están en España y en el Real Madrid y que pasado mañana pueden verse en Mánchester o Milán, o forrándose en la liga árabe.

Aunque es inevitable, resulta erróneo buscar ejemplo político y moral en actores, cocineros, cómicos que a duras penas han acabado el bachillerato, futbolistas… Tienen un rol muy importante, el de hacernos disfrutar de la vida con su buen hacer. Pero el que espere que Vinicius sea Cicerón, que Mbappé sea Seneca y Javier Bardem el nuevo Gramsci, pues va aviado… Donde no hay mata, no hay patata.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas