No es IA. Es clan proxeneta
Uno puede encontrarse al primer ministro de su nación descuartizando en finas lonchas a una viejecita, después de haberla violado metódica y prolijamente. La pantalla le impondrá la certeza de que ha sido un acto filantrópico
Dicen unos cuantos de esos apocalípticos que andan siempre profetizando apocatástasis, que está a punto la inteligencia artificial de destruir a los humanos. Yo no acabo de creérmelo: demasiado racional para ser cierto. No me conmueve demasiado, en todo caso. Me trae a la memoria algo leído, creo, en André Malraux, y que era, creo, una sabia y milenaria admonición hinduista: algo así como que «el hombre es la carcoma del mundo». Como las cucarachas, difícil de fumigar. Compadezco a cualquier inteligencia –artificial o biológica– que se aventure a tal combate. Acabará carcomida por la perfecta amalgama de maldad y estupidez a la que llamamos «lo humano». Allá ella.
Hoy vivimos en la fase, por fin consumada y hermética, de la idiotización universal de la especie. En la cual, no inteligencia, sino burricie –artificial como espontánea– impera. Con despotismo infinitamente superior al de cualquier dictadura. La enseñanza ha sido destruida. En todos sus niveles. Por hablar de aquí, no existe ya ciudadano de menos de cuarenta años que sea capaz de abrir El ruedo ibérico de Valle Inclán por la primera página de La corte de los milagros y cerrarla tras leer la última línea de Baza de espadas. Se puede seguir llamando ciudadanía a esto. Pero tengo mis dudas. Esclavo es término muy bondadoso para atisbar su esencia.
Todo ha quedado en una repetición, en serie acelerada, de consignas políticas cada vez más simples, más breves –¿cuántas sílabas programáticas se aventurará a leer un votante contemporáneo antes de acercarse a una urna?–, más complacidas en mirada lacaya. La sobredosis anestesia. En las drogas morales, tanto como en las farmacológicas. Y ya ni siquiera la bestialidad que el consumo masivo de esas drogas morales que generaron las pantallas en la masa ciudadana es percibida por quienes las consumen como lo que son: universal servidumbre. Modo muy bondadoso de llamar a la memez.
Uno puede encontrarse al primer ministro de su nación descuartizando en finas lonchas a una viejecita, después de haberla violado metódica y prolijamente. La pantalla le impondrá la certeza de que ha sido un acto filantrópico. O, mejor aún, cotidiano e indiferente. Y todo seguirá igual. Nada importa. La anestesia política tiene la misma eficacia que la quirúrgica. Puede serle amputada al ciudadano que se prefiera la mitad de su cerebro y seguirá tan contento. Las pantallas dicen que es este el mejor de todos los mundos posibles. Y que los que se oponen a aceptarlo son sólo enemigos de la feliz libertad con la que el yerno de Sabiniano mima a sus adorados caniches.
Y, si una juez –¡una juez!– se atreve a denunciar haber sido acosada por una banda de narcotraficantes al servicio del hermano del cuñado de Sabiniano, ninguna conmoción impondrá en la cabeza acorchada de sus enamorados siervos. Es lo que hay. ¿Para qué quejarse?
No, no parece inmediato aquel apocalipsis de las máquinas que anticipaba la película de James Cameron. El apocalipsis de la inteligencia, sí, llegó ya. De la mano de la generación de políticos más despreciable en la historia moderna; tal vez, de la historia a secas. Y, sí, puestos a ver cómo es exterminada la humanidad de la cual fuimos parte, prefiero ser víctima de una hiper-racional IA que de esta recua de patanes, proxenetas y ladrones: esta recua tan hortera, tan analfabeta.