Fundado en 1910
El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

NY cumple 25

Pero los paraísos terrenos son precarios. La barbarie islamista no ha hecho más que recordárnoslo. Y no hace falta siquiera que venza. Nuestro modo de vida, el dulce desenfado del esplendor libre, ha sido aniquilado. No volverá.

Pasó un cuarto de siglo. Nada.

Por aquel entonces, con el reciente cambio de siglo, las otrora luminosas fantasías de futuro habían declinado. Y un 11 de septiembre fueron borradas. Ni aun los más pesimistas, ni aun los más apocalípticos, hubieran previsto sin un rictus de risa irónica que las guerras de religión volvían. A una escala mundial para la cual no había precedente. A una escala letal que ni la más extrema literatura futurista hubiera fantaseado.

El islam iniciaba la versión más sanguinaria de las múltiples yihad que tejieron su desasosegante historia. En el torrente de esa santa guerra seguimos. Siguen también, quiéranlo o no, todos cuantos siguen negándose a llamar por su nombre a esta mutación trágica que se tragó aquellos ingenuos optimismos de un mundo que, en el decenio final del siglo veinte, quiso empecinarse en repetirse el mantra idiota de que la historia había terminado. Para bien. Y que, con ello, una era de paz perpetua estaba en curso de abrirse. Sea abrió esto: lo contrario. La guerra de religión, que es siempre la forma más monstruosa de la guerra. Todos vivimos ahora en la casi certeza de que nada logrará acabar con ella. Un cuarto de siglo después de las Torres. Veinticinco años de barbarie que tan sólo ha crecido. Exponencialmente.

La barbarie se prolongó en locales matanzas, dispersas por todos los puntos del planeta. Desde el Bali de los desprevenidos veraneantes de Kuta al París doblemente golpeado, Bruselas, Madrid, Barcelona… A los asesinatos fuertemente personalizados de esos devotos chóferes que juegan a los bolos con anónimos transeúntes en ciudades infieles… Al aún más personal acuchillamiento de un escritor indefenso… O al de un ingenuo profesor que no excluía a las alumnas musulmanas de sus clases de anatomía… A guerras civiles de exterminio en países cuya implantación musulmana permitía soñar a los fieles con un emirato: Iraq, Siria, Yemen… A un loco pogromo contra campesinos israelíes que no podía sino desencadenar una guerra de desenlace catastrófico… A un retorno de las formas más bestiales de esta judeofobia de ahora, que tiene en España –y, sobre todo, en su gobierno– la variedad más extrema desde el fin del nazismo…

Sí, la barbarie ha vencido. En la medida misma en la que no nos es ya posible vivir sin plantar cara militar a la barbarie. En la medida en que pocas esperanzas caben de retornar a aquel tiempo de relejada libertad y plena tolerancia que hizo de Europa lo más parecido a un paraíso terreno entre 1948 y 1992. Pero los paraísos terrenos son precarios. La barbarie islamista no ha hecho más que recordárnoslo. Y no hace falta siquiera que venza. Nuestro modo de vida, el dulce desenfado del esplendor libre, ha sido aniquilado. No volverá.

De repente, Edward Gibbon se ha convertido en manual del día a día. Su Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano alza la crónica de nuestra irrefrenable extinción ante el avance de los bárbaros. Tantas veces he leído y releído en este último cuarto de siglo las páginas de ese monumento erudito del año 1776. Y he entendido que hablaba de nosotros. Y que, sí, que es irrefutable que, mucho antes de ser tomada por los bárbaros, Roma era ya bárbara.

Pasó un cuarto de siglo. Nada. En las calles europeas, mujeres de rostro velado dicen, sin lugar a equívoco, que la soñada igualdad de sexos, que fue motor esencial de modernidad a partir de los años sesenta del siglo pasado, se extinguió. En el comedor de los colegios, las restricciones alimentarias, exigidas por una superstición descerebrada, se han hecho norma. Se enseña en esos colegios una devoción que pone a los humanos hembra varios escalones por debajo de la humanidad plena ejercida por sus varones. Las violaciones cometidas bajo tal privilegio, se juzgan rasgo cultural y están menos mal vistas. Los matrimonios impuestos o las clitoridectomías son cosa de fe que merecen el mayor respeto… Retroceso tras retroceso. Sospecho que los de mi edad no veremos ya otra cosa.

Pasó un cuarto de siglo. Nada. Empezó nuestra extinción. Es todo.

comentarios

Más de Gabriel Albiac

  • El espía y las ratas

  • Cuando burdel es sauna

  • Francia ante el manicomio

  • El Sultán se divierte

  • El que vuelve

  • tracking

    Compartir

    Herramientas