Por derechoLuis Marín Sicilia

El perro sin amo

«Cuando está rabioso, resulta ser un peligro para la sociedad»

Esa legión de asesores que los españoles pagamos a Pedro Sánchez tuvo la feliz idea de promover al personaje como un perro sin amo: «Seré un perro, pero no tengo amo» espetó en debate parlamentario. Y cinco minutos después todas las terminales mediáticas sanchistas tenían ya el eslogan impreso y distribuido machaconamente. Tomaban, otra vez, a los ciudadanos por tontos de solemnidad, pensando que si ya le salió bien aquella campaña del «Perro Sánchez» promovida por ellos mismos, el tamaño cerebral de sus seguidores volvería a demostrar su facilidad para ser manipulado.

Un perro sin amo es un vagabundo. Y la verdad es que pocas cosas cuadran mejor a la trayectoria y personalidad de Pedro Sánchez que la de ser alguien que vaga sin rumbo, desorientado, errante, indigente, vago y anárquico. Y Sánchez se ha retratado: él no tiene amo porque su amo, el de todos los cargos públicos, es el Estado y lo ha traicionado. Su afán autocrático ya lo han detectado, tanto a nivel interno como a nivel internacional, lo que explica su aislamiento en las cancillerías y su actual sesgo populista.

En realidad, el perro vagabundo lo que quiere es salvarse del naufragio que amenaza gravemente a la nave socialista. Son tantas las señales de que el Titanic sanchista se hunde que no hay personas solventes capaces de enderezar una nave a la deriva, porque el perro sin amo ha laminado previamente a cualquier conmilitón con un mínimo de criterio y de decencia, disconforme con un gobernante que rehuye asumir sus responsabilidades.

La trampa de convertir lo que el propio perro sin amo calificó como un atentado a la integridad territorial de España en una crisis migratoria y humanitaria no se sostiene. A un político responsable que cumpla su juramento de fidelidad a la Constitución y al Estado, es decir a su amo, le hubiera faltado tiempo para cumplir el mandato constitucional que, en su artículo 8, atribuye a las Fuerzas Armadas «la misión de garantizar la soberanía e independencia de España y defender su integridad territorial». Hubiera encomendado el control fronterizo al Ejército, habría convocado al líder de la oposición ante el atentado contra el Estado, daría cuenta al Parlamento, exigiría a Marruecos que, en diez días, se hiciera cargo del retorno de todos los que entraron por su frontera en cumplimiento del acuerdo bilateral vigente desde el 13 de diciembre de 2012.

¿Por qué no se hizo? Antes o después tendrá que explicarlo el perro errante, máxime cuando Marruecos ha despejado dos incógnitas: una, que tres días antes sus servicios secretos advirtieron a España de que se preparaba el asalto, mensaje que, tramposamente, no se ha desclasificado, lo mismo que se han ocultado avisos de «riesgo grave» de servicios de inteligencia de EEUU y Francia entre otros. Y otra que Marruecos ha reiterado su disposición inicial de aceptar los retornos. En contra de toda lógica y de forma irresponsable el vagabundo optó por irse de vacaciones y dejar que sus ciudadanos afectados se apañaran como pudieran. Los parches posteriores solo ponen de manifiesto la falta de rigor de un Gobierno grogui: después de constatar que hubo hasta 18 avisos previos a la invasión, se pretende cuestionar el funcionamiento del CNI cuando lo único cierto es que los servicios de inteligencia hicieron su trabajo, que Marruecos no ha sido leal, que el Gobierno español es responsable, y que Ceuta no se merece lo que han hecho con una ciudad modelo de convivencia.

La descomposición sanchista afecta a todas las áreas. El ministro de Interior, no conforme con su desastrosa gestión ceutí, se dedica a fichar a 280 periodistas y tertulianos por su afinidad política, en una práctica propia de regímenes nazis y ultras. Una práctica repugnante contraria al Estado de derecho y a la libertad de expresión. Y su compañero de gabinete, ese bufón que se entretiene en las redes y no da cuenta de su desastrosa gestión de las infraestructuras, se convierte en la voz de su puto amo poniendo en duda la imparcialidad de la juez que investiga hasta cuatro posibles delitos por la dejación de responsabilidades que facilitaron la invasión de Ceuta. Una juez prestigiosa y ecuánime, que hace treinta años concurrió, como independiente, en unas listas municipales del PP de Madrid. Hay que tener poca vergüenza para dudar de su independencia cuando se tiene a dos jueces, Robles y Marlaska, de ministros y a tres miembros de la Judicatura, Conde Pumpido, Inmaculada Montalban y Juan Carlos Campo en el Tribunal Constitucional.

El trasfondo totalitario de este Gobierno ha quedado aún más patente ante el acoso a la independencia judicial en que están empeñados, algo que ha merecido la repulsa pública en la inauguración del Año Judicial ante la gravedad de las acusaciones gubernamentales. La forma indigna con la que presidente y ministros se han rebelado ante la suspensión de inscribir en el censo electoral a los beneficiarios de la llamada Ley de Nietos, pone de manifiesto que les han cogido con el carrito del helado. Porque lo que el Tribunal Supremo exige con esa suspensión es, simple y llanamente, que se cumpla la ley, es decir que sólo accedan a la nacionalidad española aquellos «descendientes de quienes hubieran sufrido exilio por razones políticas, ideológicas o de creencia o identidad sexual». El coladero que suponía la instrucción que el Gobierno había dictado para la aplicación de la ley, con una presunción que omitía los requisitos de la propia ley, supone una grave infracción, de ahí que resultara alarmante que, según los cálculos, 50.000 exiliados hubieran producido hasta 2.800.000 nietos. El riesgo de alteración del censo electoral era fundado, real y serio, tal como refiere el propio Tribunal Supremo.

Mientras tanto, el puto amo de tanto incompetente, alienta su populismo barato proclamando ante los suyos en el Congreso que «el mundo nos está mirando». Y entrevistado en su televisión pública por dos acólitos, el perro sin amo, ufano, engolado y petulante, proclamaba solemnemente: «Soy el líder mundial contra la ultraderecha». Le ha quitado ese título a Maduro que, como él, presumía de no tener límites y ser el puto amo, aprovechando que está en la cárcel y no puede disputarle el trono del populismo autocrático. Y es que chavismo y sanchismo son los mismos perros con distintos collares: organizaciones dirigidas por quienes creen tener facultades ilimitadas sin sujeción a normas ni principios. O sea, dirigidas por un perro vagabundo. Un perro sin amo que, cuando está rabioso, resulta ser un peligro para la sociedad.

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