Cuando burdel es sauna
El enigma no es cómo el jefe de una banda de gánsteres, o bien ya en la cárcel o bien camino de llegar a ella, pueda permanecer impávido en la Presidencia de un gobierno europeo. El enigma –y la vergüenza– es cómo más de un tercio de un país civilizado pueda seguir votándolo.
Así pues, el que un día fuera juez y persona decente, Fernando Grande-Marlaska (antes, Marlasca), se habría hecho elaborar su concienzuda lista de periodistas «afectos y desafectos». No es muy original. Ni una sola dictadura del siglo XX prescindió de esa cartografía. En mi familia, todos fuimos marcados en la segunda categoría durante cuatro decenios. Hoy, conservo lo que sobrevivió en los archivos de aquellas fichas como mi único linaje de nobleza. Ignoro de cuál de ambas estirpes proviene el que un día fuera digno juez Grande-Marlaska (o Marlasca). Pero sé que el tiempo todo lo corrompe.
El despotismo político es una artesanía de los afectos. De los desafectos, por tanto. Perdóneseme mi afición por los clásicos: vicios profesionales con los que te marca una larga carrera académica. Pero es que aquel a quien es convención leer como primer codificador de la teoría política moderna, un judío español afincado en Rijnsburg allá por el siglo XVII, comienza precisamente por la palabra affectus su primordial tratado político: «los afectos a los cuales somos sometidos». Y, muy sensatamente, fija el oficio político en un dispositivo capaz de anatomizar sus engranajes, en lugar de perder el tiempo enfadándose o regocijándose con sus fechorías.
El siglo XX llevó esa artesanía del dominio a su perfección conceptual. Que no consiste en otra cosa que en el cincelado milimétrico de la estructura afectiva de las mentes. Consumado en un lenguaje autorreferencial que impone en cada hablante la perspectiva hermética del que manda. Revistiéndolo siempre con la amabilidad de una filantrópica entrega al bien común más sagrado. Victor Klemperer, en su magistral Lengua del Tercer Imperio, resume su eficacia en la creación de una mentalidad homogénea en los alemanes de los años treinta: «Ninguno era nazi, pero todos estaban intoxicados». Ninguno era un asesino en masa, pero en todos se repetían los prefabricados tópicos de lenguaje que permitían –en rigor, forzaban a– llamar al homicidio filantropía. Y, como tal, aceptarlo.
He encontrado enseguida en mi biblioteca el libro de Klemperer. Su hermano, gran director de orquesta, huyó a tiempo. Sobre él, judío que tuvo el mal gusto de conseguir catedra en la Universidad de Dresde, cayeron las leyes de exclusión racial. Expulsado de su cátedra y prohibido su acceso a las bibliotecas, Victor Klemperer abandonó su proyectada obra magna sobre Dante. E hizo lo único que un filólogo puede hacer sin libros, sin archivos. Lo único que sólo precisa buen oído, papel y lápiz: la analítica de los usos del lenguaje trastocados por el nazismo; la metamorfosis del habla en una red de delirios mitológicos, a los que la repetición institucional mutaba en respetables. «Esa verdad orgánica no es pensada ni desarrollada por el intelecto» –de ahí su eficacia, subraya–, «sino que existe en ‘el centro misterioso del alma humana’». Y de ahí que la «fe» en el sumo sacerdote de esa red de afectos primara sobre cualquier otro criterio. De un antiguo colega docente, Klemperer obtiene esta sutil respuesta a sus interrogantes sobre la irracionalidad del dictador en ejercicio. «No es cuestión de entender, hay que creer. El Führer no puede ser derrotado. No es cuestión entender, sino de creer. Yo creo en el Führer».
Casi un siglo después, el enigma no es cómo el jefe de una banda de gánsteres, o bien ya en la cárcel o bien camino de llegar a ella, pueda permanecer impávido en la Presidencia de un Gobierno europeo. El enigma –y la vergüenza– es cómo más de un tercio de un país civilizado pueda seguir votándolo. Hay que «creer en el líder Pedro Sánchez». Servidumbre voluntaria, llamaba a eso otro clásico. Pero la servidumbre voluntaria no es una maldición mágica. Exige un refinado dispositivo: la máquina de producir afectos; y desafectos.
Esa máquina tiene un viejo y respetable nombre: propaganda. Los regímenes totalitarios de entreguerras entendieron muy bien su primacía: que consiste, básicamente, en amalgamar lo público y lo privado; hacer así, de cada ciudadano, una esponja del anestésico estatal que en los espacios menos «políticos» le es dispensado. Los artefactos que homogenizaban la amalgama en los años veinte y treinta del siglo pasado eran limitados. Unas pocas máquinas de entretenimiento privado –cine y radio, sobre todo–, fueron las grandes configuradoras sentimentales de mussolinismo, hitlerismo, y stalinismo. Cumplieron eficazmente su misión. Pero eran limitadas en su alcance. La segunda mitad del siglo XX acabó por idear los instrumentos definitivos para convertir en mazmorras de servidumbre los rincones más íntimos de cada domicilio. Las pantallas de televisor y redes son hoy, más que la prótesis de un puré neuronal cada vez más insípido, el puré neuronal mismo.
Los cerebros se fueron por el sumidero. Y los propagandistas (hablar de periodismo aquí es un insulto) a sueldo del señor Marlaska (antes Marlasca) son el árbol de ejes de esa maquinaria. Dan asco. Y ganan pasta. Sería consolador, al menos, conocer sus nombres. Tan consolador como moralmente prioritario. En fin, volvamos al sereno saber de Klemperer: «El lenguaje del vencedor no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira y se vive según él». O cuando a los burdeles llamamos saunas.
Y sí, está bien que, junto a esa recua de sinvergüenzas sujetos «afectos», el ministro que cree en Sánchez haya contrapuesto la lista maldita de los «desafectos». Gracias, señor exjuez Marlaska. O Marlasca. O como demonios quiera usted llamarse. Gracias.