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Educar en la tormentaJuan Antonio Gómez Trinidad

PISA y el despertar educativo

Certifica una caída histórica en Matemáticas, Lectura y Ciencias. Dado que 20 puntos equivalen a un curso escolar, el retroceso respecto a la edición anterior es de un curso completo en Lectura, algo menos en Matemáticas y más de medio en Ciencias

Batacazo, desastre, debacle educativa. Esos son algunos de los titulares tras la publicación de los resultados del informe internacional PISA, que cumple casi un cuarto de siglo.

Que exista PISA y se publiquen sus datos es una buena noticia: lo que no se evalúa, no se puede mejorar. ¿Qué ocurriría sin esta evaluación externa? El Gobierno central jamás se atrevería a publicar algo semejante para no ofender a nadie. Además, en España, casi todas las comunidades amplían muestra voluntariamente para salir en la foto y compararse entre sí y con el exterior.

En síntesis, PISA certifica una caída histórica en Matemáticas, Lectura y Ciencias. Dado que 20 puntos equivalen a un curso escolar, el retroceso respecto a la edición anterior es de un curso completo en Lectura, algo menos en Matemáticas y más de medio en Ciencias.

La brecha entre comunidades autonómicas supera los 40 puntos en todas las áreas. Es decir, los alumnos de 15 años pueden diferir en hasta dos años de escolarización según donde estén escolarizados. No se trata de competencia entre comunidades, sino de un grave problema de Estado que afecta a la igualdad de los escolares españoles. En la cabeza figuran Madrid, Castilla y León o Asturias. En la cola destaca el descalabro de Navarra y el País Vasco –referentes históricos–, junto a Canarias, Andalucía y la Comunidad Valenciana.

La pregunta es obvia: ¿servirá esto de algo? Desgraciadamente, no. En una semana, la noticia dejará de preocupar a las administraciones y a la sociedad. No habrá medidas reales, solo maquillaje.

Las peores enfermedades son las silenciosas; cuando duelen, ya es tarde. Si en una casa con grietas optamos por redecorar en vez de consolidar los cimientos, el colapso es cuestión de tiempo.

Alguien debe gritar que el rey está desnudo. Como señalaba Hannah Arendt: «Una crisis se convierte en un desastre cuando respondemos a ella con prejuicios». Basta ya de experimentos pedagógicos. Las reformas constantes —cambiarlo todo para que nada cambie, a lo Lampedusa— mantienen el mismo código genético desde la LOGSE (1990) hasta la LOMLOE (2020), corroborando un fracaso continuado.

Pese a los parches legislativos, se sigue sin tocar la formación, selección y evaluación del profesorado, ni el modelo de dirección escolar. Urge recuperar el prestigio y la autoridad del docente como transmisor de cultura y guía intelectual, en lugar de degradarlo a animador sociocultural o burócrata. Sin el esfuerzo personal del alumno, es imposible aprender. Nunca fue tan fácil aprobar a costa de bajar el nivel, pero tan difícil aprender.

Tampoco se puede seguir usando la educación como trinchera ideológica o lingüística. Imponer una lengua como arma política arrastra al fracaso escolar, como sugieren los datos de Valencia, País Vasco o Cataluña. Lo mismo ocurre con el wokismo: cuando remita esta ola dogmática, constataremos el enorme caudal de energía y tiempo desperdiciados.

Mejorar requerirá recursos económicos que los sindicatos pedirán y los políticos concederán alegremente –«el dinero público no es de nadie»– sin rendir cuentas jamás. Sin embargo, más gasto no garantiza mejor educación, como demuestra la experiencia vasca, catalana o navarra.

La respuesta exige despertar de inmediato. No es solo asunto de pedagogos, sindicatos y políticos: es la sociedad entera la que debe reaccionar. Nos jugamos demasiado.

  • Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado

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