TRIBUNACARLOS BELTRÁN

Familia y colegio, elegir al compañero de camino

Es la familia quien educa y el colegio debe ser un fiel aliado en esa educación, de ahí que la palabra clave sea la confianza

Empezó septiembre y con él volvió el ritual de siempre: comprar uniformes (el niño ha vuelto a crecer este verano), listas de libros y material, nervios de los hijos tras el desorden de agosto y el regreso a las clases. Pero, a qué colegio.

En Baleares, el curso pasado, casi el 95% de los alumnos asistieron al colegio que realmente querían sus padres. Puede parecer éste un dato administrativo más, uno de esos porcentajes que se publican y se olvidan. Pero detrás hay una cuestión de fondo que me parece de las más importantes que tenemos entre manos como sociedad: ¿quién decide cómo se educa a un hijo?

La respuesta, para mí, no ofrece duda: los padres. Somos los padres quienes tenemos el derecho —y también la responsabilidad— de educar a nuestros hijos conforme a nuestros principios y valores. No lo digo desde la teoría, sino desde algo muy práctico: nadie conoce a un hijo como sus padres, la familia es el primer ámbito educativo, los padres educamos a la persona en su totalidad, los padres conocemos a los hijos mejor que nadie (o deberíamos), el ejemplo familiar tiene una potencia formativa enorme e inigualable, nadie va a acompañar a los hijos una vida entera como lo haremos los padres, etc, etc, etc. Delegar esta tarea, aunque sea en parte, no puede ser un acto neutro. Tiene que ser un acto de elección.

Porque el colegio no es solo el lugar donde un niño aprende unos conocimientos teóricos. Es, sobre todo, el espacio donde un chico o una chica aprende a ser persona. Donde aprende a relacionarse, a perder, a esperar su turno, a pedir perdón, a hacer amigos, a manejar la frustración. Donde, en definitiva, va construyendo su propia idea de lo que significa buscar la felicidad. Y precisamente por el peso del colegio en esa educación no tiene ningún sentido que colegio y familia caminen por separado, o peor, en direcciones distintas o incluso contrarias.

Cuando eso ocurre, el hijo lo nota y termina aprendiendo a llevar una doble vida: una en casa y otra en el aula. Nada bueno sale de ahí.

Que la libre elección no dependa del código postal en el que uno vive, ni de la suerte en un sorteo, ni de una zonificación que a veces parece diseñada más para la comodidad administrativa que para las familias

Es la familia quien educa y el colegio debe ser un fiel aliado en esa educación, de ahí que yo crea que la palabra clave es confianza. Confianza de la familia hacia el colegio. Confianza en que lo que allí se enseña, y sobre todo en que el modo en que se enseña, no contradice lo que en casa intentamos transmitir.

Cuando esa confianza existe, todo resulta más fácil: el colegio se convierte en un aliado, en una prolongación natural del hogar. Cuando esa confianza se rompe, o directamente no llega a construirse, lo honesto es reconocerlo. Y ahí, sinceramente, pienso que a los padres no nos queda otra que coger al hijo y ponernos a correr. No por capricho, ni por sacar a un hijo a la primera discrepancia, que de eso tampoco se trata. Sino porque la educación de un hijo no admite letra pequeña ni terrenos de nadie.

Ahora bien, para que esa decisión sea real y no solo teórica, hace falta que se pueda ejercer. Y ahí es donde entran los poderes públicos. No hablo de qué modelo educativo es mejor ni de qué debe enseñarse en las aulas, un debate legítimo pero que dejo para otro día. Hablo de algo previo y, creo, menos discutible: que la administración facilite, y no dificulte, que cada familia pueda elegir el centro que mejor encaja con lo que quiere para sus hijos. Que la libre elección no dependa del código postal en el que uno vive, ni de la suerte en un sorteo, ni de una zonificación que a veces parece diseñada más para la comodidad administrativa que para las familias.

Lo que se ha empezado a hacer en Baleares en los últimos cursos —simplificar zonas, unificar procesos, dar más margen real de elección— me parece un paso en la buena dirección, independientemente de cómo cada uno valore los detalles concretos de cómo se ha hecho. Lo importante no es el mecanismo técnico, sino el principio que hay detrás: que sean las familias, y no la geografía ni la burocracia, quienes tengan la última palabra.

Porque creo que no existe una única forma correcta de educar, cada familia es un mundo, cada hijo es distinto y que cada colegio tiene su propio carácter, me parece innegociable el derecho a elegir con quién compartimos esa tarea tan seria y bonita de educar a un hijo. Porque, al final, educar bien no es otra cosa que caminar juntos, familia y colegio, en la misma dirección. Y para caminar juntos, lo primero es poder elegir con quién se camina.

·Carlos Beltrán es director de Aixa-Llaüt

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