La vuelta al cole
Tal vez, dentro de mucho tiempo, alguno de estos niños descubra que estuvo bien pelearse con Pitágoras y abrir el diccionario en busca de esdrújulas
La soberbia de los adultos no tiene fin. Algunos dan por hecho que el verano ha acabado el 31 de agosto por la sencilla razón de que ese día terminaron sus vacaciones. Como si las cuatro estaciones no tocasen al ritmo del cosmos y de Vivaldi, sino del horario de oficina del señor González (funcionario y residente en el Temple). Hombre, González, un poco de humildad, que Dios no creó la música de las esferas para que cuadre con el calendario laboral del Ayuntamiento de Cambre.
Así son los mayores. Piensan que la nueva temporada arranca cuando ellos vuelven a sus rutinas, a su café de media mañana en la plaza de Lugo, al bus 14 subiendo algo asmático y desvencijado la ronda de Outeiro y a los recados de última hora antes de volver a casa para caer rendidos ante el telediario (si uno no llega derrotado, ya lo derrota el telediario con su anestesia general).
Supongo que, en el fondo, pero muy en el fondo, estos ciudadanos saben que lo suyo no tiene la menor importancia y que —más allá de las fechas oficiales de la astronomía, que estiran el verano hasta el 23 de septiembre— el otoño empieza exactamente hoy, cuando los escolares regresan a las aulas con cara de dormidos, el pelo todavía mojado bajo los surcos del peine y sus enormes mochilas a cuestas.
Que nadie les cuente a estos críos que el curso se inicia cuando regresan de sus eternas vacaciones los locutores radiofónicos y los presentadores televisivos, a los que, dos meses después de su partida, ya casi habíamos olvidado, como aquellos noviazgos que nunca sobrevivían al veraneo. Tampoco con la vuelta de los futbolistas y las muchedumbres a los estadios. Ni con la apertura del año judicial, con su despliegue de togas y puñetas. Y mucho menos con el retorno de los ministros y los parlamentarios al Congreso (a estos señores la rentrée se ve que les cuesta mucho y la van haciendo a plazos, como aquellas entregas por fascículos de las enciclopedias).
Nada de eso. Aunque nunca lo digamos lo suficiente, hoy es el día más importante del año porque no hay nada más importante que ir a la escuela. A veces se nos olvida, pero de vez en cuando nos llegan noticias de lugares lejanos que nos recuerdan la relevancia de ese gesto aparentemente minúsculo de llevar a los hijos al cole. Hay sitios donde no hay manera de llevar a las criaturas a la escuela. A veces porque no hay criaturas y otras porque no hay escuela. E incluso, en algunos países donde rigen leyes abominables, porque hay quien prohíbe que las niñas asistan a clase. No vaya a ser que aprendan demasiado, les dé por pensar y planten cara al macho alfa de guardia.
Esta será una mañana fabulosa en Coruña porque volverán los atascos y las prisas. Dará gusto pisar la calle a las ocho de la mañana para ver a los chavales esperando el bus bajo las marquesinas, que estaban muy tristes y aburridas desde que en junio las dejaron a solas con los adultos y sus bucles. Habrá de nuevo bullicio en la puerta del instituto en la plaza de Pontevedra y en los patios retumbarán las risas a la hora del recreo en Labaca y Zalaeta.
Sé que casi nadie estará de acuerdo conmigo —uno no ha venido al columnismo a hacer amigos—, pero tal vez, dentro de muchos años, alguno de estos pequeños que hoy bostezan y arrastran los zapatos nuevos camino de las aulas descubra que estuvo bien pelearse con el Teorema de Pitágoras, abrir el diccionario en busca de palabras esdrújulas y plantar un garbanzo en un bote de yogur. Ojalá su vida sea muy larga y muy feliz y les dé tiempo a cumplir todo aquello con lo que ahora sueñan. Pero habrá pocas cosas tan trascendentes y hermosas como oír hablar por primera vez de los ornitorrincos o de la batalla de las Termópilas.