El Antiguo
Aquí a nadie le importa cuánto llevas sin ir: te van a recibir como si acabases de volver de echar un pitillo en la acera
Mi concepto de la amistad se reduce a algo muy sencillo. Supongo que mi idea es algo así como la navaja de Ockham de las lealtades. Da lo mismo cuánto tiempo haga que no ves a esa persona. Pueden transcurrir años, décadas. Hasta una vida entera. No importa. La existencia, ese oficio de fracasistas vocacionales, a menudo nos larga a cientos de kilómetros de distancia de los nuestros. Pero si de verdad es tu amigo, si estás dispuesto a llamarlo hermano —bro no, por favor, que es una horterada de importación—, en cuanto llevéis cinco minutos hablando, todo será igual que si hubieseis compartido una larga sobremesa la tarde anterior. Sin reproches, sin asignaturas pendientes, sin exigencias ni compromisos de permanencia. Solo el botón de reinicio que te lanza de golpe varios lustros atrás (uno ya va sumando más palitos tachados en la pared que los presidiarios de los tebeos). Esa es para mí la prueba suprema de la amistad.
Este milagro cotidiano se repite con un puñado de amigos extraordinarios, de esos contados seres humanos que se dan enteros sin pedir jamás nada a cambio. No me juzgan, y me soportan y me escuchan con una generosidad que ciertamente no merezco, pero que trato de corresponder como puedo con mi torpeza social habitual. Doy gracias cada día por tenerlos en mi vida.
Cada agosto, cuando el país entra en hibernación osera y se echa esa siesta de siglos que parece llegada directamente desde el Medievo, se suceden en Coruña estos reencuentros inesperados y dichosos, en los que reconocemos la enorme verdad de aquel poema de Borges en el que celebraba que la amistad nos permite ver a los demás como los ven los dioses.
Por eso mismo, porque a veces a uno le gusta sentirse como en casa, como si no hubieran pasado ya treinta o cuarenta años de casi todo, nos dejamos caer por lugares queridos donde paran los amigos de entonces y de ahora. Nos juntamos por sorpresa, sin quedar ni nada —eso sería demasiado obvio—, en locales como El Antiguo, donde los buenos de Isra y Antón nos acogen siempre con una sonrisa larga y desenfundan rápido algún vacile recién sacado de la mollera. A nadie le importa cuánto llevas sin ir. Te van a recibir como si acabases de volver de echar un pitillo en la acera. Debe de ser eso que llaman complicidad.
Isra y Antón, en El Antiguo
Y de pronto, el universo encaja en sus goznes. Para hacer honor a su nombre, en El Antiguo nos reunimos los veteranos, gentes ancestrales, venidas de eras remotas, no sé si vetustas, pero con más quinquenios cotizados y píldoras en el pastillero que cabellos sobre el cráneo. La música y su volumen se ajustan a nuestros gustos arcaicos y a nuestra inmemorial afición a charlar —¿qué pintamos los añejos en garitos donde hay tantos decibelios que no se puede ni pedir un trago al camarero?—, así que podemos entregarnos a la cháchara sin palmarla de afonía en la orilla de la barra.
Seguro que, como de costumbre, estoy exagerando (salvo la exaltación de la camaradería, que se queda corta, porque pocas cosas importan más que esa selección de gentes irrenunciables). Tal vez mi querido Isra me eche la bronca por dibujar su entrañable pub de Emilia Pardo Bazán como la penúltima parada de la senda de los elefantes antes de apuntarse a un viaje del Imserso a Benidorm. Pero ya conoce mi vena hiperbólica y sabrá perdonarme.
Cuando uno entra en El Antiguo, da igual qué canción escupan los altavoces esa noche. En nuestra cabeza pureta y algo destartalada siempre resuena la euforia guitarrera de It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine), de R.E.M. Desde la puerta, oteando cómo la ilustre calle de doña Emilia se acurruca para dormir, los vintage asistimos al fin del mundo tal y como lo conocemos, pero nos sentimos bien.