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La otra patrona de los columnistas

Sospecho que es la Bella Otero la que va escondiendo temas debajo de las piedras para que yo los encuentre justo en el último momento

He regresado, como cada agosto, a mi refugio de Valga y me he encontrado a la Bella Otero sentada bajo la parra de A Casa Vella, donde el bueno de Xenaro le pone un copazo sobre la mesa de piedra para aliviar las soledades del más allá. Agustina Carolina Otero Iglesias (Valga, 1868-Niza, 1965) se fue del pueblo para conquistar el mundo y ya no volvió nunca más. Como no vino de viva, ahora le da por venir de muerta. Será que Valga también tiene algo de San Andrés de Teixido.

Fue la gran estrella del Folies Bergère parisino y para mí que la Belle Époque se llamaba así por la Bella Otero, y no al revés, como piensan algunos. Ganó millones de francos con sus giras, pero se fundió toda su fortuna en el Casino de Montecarlo, que en sus últimos años hasta le pagó una pensión en agradecimiento por toda la pasta que había fulminado sobre sus tapetes. Murió sola y arruinada en un modesto apartamento de Niza. A su entierro solo acudieron los crupieres.

Mucho antes de ese final, la Bella había inventado una versión primigenia de la futura Unión Europea. Como apunta el siempre lúcido Fernando Arrabal, la genuina «santa alianza» era la que formaban los monárquicos amantes de Carolina: Nicolás II de Rusia, Leopoldo II de Bélgica, Guillermo II de Alemania, Eduardo VII de Inglaterra y nuestro Alfonso XIII.

Si la Otero hubiese nacido en Francia o Inglaterra, habría ya diez largometrajes, veinte biografías y treinta series de la BBC sobre sus andanzas. Pero como era gallega apenas nos acordamos de ella y hay que rebuscar su historia en un puñado de libros maravillosos que la van resucitando de tiempo en tiempo (mi favorito es el que le dedicó Carmen Posadas).

La Bella Otero

La Bella Otero

Me gusta recordar que en algún momento de principios del siglo XX se cruzaron los caminos de dos pontevedreses ilustres y viajeros. Durante sus estancias en las grandes capitales de Europa y América, Julio Camba huía de las grandes óperas y las orquestas sinfónicas para respirar la atmósfera canalla de los teatros, cabarés y cafetines donde actuaban sus admiradas cupletistas, bailarinas y cantantes ligeras. Allí asistió a los espectáculos de su paisana la Bella Otero, y de otros personajes de dudosa reputación como Cléo de Mérode, Conchita Ledesma o Las Argentinas.

A Camba le gustaba comparar ese descenso de la música a estos escenarios humildes con su decisión de elegir el efímero columnismo frente a las grandes novelas con ansias de posteridad: «Hay que hacer música de café como se hace literatura de periódico. La inmensa mayoría de los músicos deben cortarse las melenas como nos las hemos cortado también otros señores que —de no renunciar completamente a ser geniales— nos hubiésemos muerto de inanición».

No andaba desencaminado don Julio, que vio antes que nadie que esto de escribir en los periódicos se parece más al cabaré que a la Filarmónica de Berlín. Me gusta pensar que, allá en su paraíso de entreguerras, la Bella Otero ejerce de patrona de los columnistas. Y por eso cada verano regreso aquí, para rezarle un responso laico a orillas del río Valga. Sospecho que es Carolina la que va escondiendo temas debajo de las piedras para que yo los encuentre justo en el último momento, cuando ya casi me están pidiendo a gritos que mande el texto a cierre. Y si no descubro los tesoros ocultos bajo los guijarros porque estoy embobado y el artículo sigue en blanco, es ella la que envía a mi gata, que se sube a la mesa y mordisquea el portátil hasta que se me viene a la mente un asunto para la columna.

Porque mi gata, que también nació en Valga, sabe que hacer literatura de periódico es lo más parecido a hacer música de café. Y para eso no hay nada mejor que encomendarse a la Bella Otero.

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