¡Qué escándalo, peregrinos en Santiago!
Después de tantos años y millones invertidos en promover el Camino, ahora resulta que a los guardianes de las esencias les molesta el éxito de la ruta jacobea
Estos últimos días se ha montado en las redes una de las habituales tormentas en un vaso de agua que caldean los ánimos tuiteros y amenizan los ocios de agosto. Alguien colgó un vídeo de un grupo de chavales que entraban en Santiago exhibiendo su euforia por haber culminado el Camino. De inmediato, las imágenes desataron una lluvia de comentarios contra los jóvenes por profanar con sus frívolos cánticos el sagrado silencio de las rúas compostelanas.
El disparo inicial decía algo así como que esa no es forma de andar por un casco histórico que es Patrimonio de la Humanidad. Y yo me pregunto: ¿Quién se supone que dicta las normas de comportamiento en dichos espacios? ¿La Archidiócesis? ¿La Unesco? ¿La Policía de la Moral? Lanzado el ataque, se sucedieron las frases incendiarias donde los anónimos escribidores sacaban a pastar su xenofobia, su clasismo y, en suma, un odio corrosivo hacia todo lo que proceda de más allá de Pedrafita y Padornelo. El aroma de los insultos tenía un tufillo bien conocido por estos lares: la caza del fodechinchos, el desprecio al cayetano, la fobia al turista en general y al visitante mesetario en particular.
A mí, que leo a Chesterton con admiración y felicidad inagotables, me fascinan las paradojas. Creo que no hay nada más humano que contradecirse. Pero hasta para el más chestertoniano hay ciertos límites en esto de llevarse la contraria a uno mismo.
Peregrinos con paraguas y chubasqueros en la Plaza del Obradoiro de Santiago. EUROPA PRESS 04/8/2026
Me refiero a que Santiago es una ciudad construida en torno al sepulcro del Apóstol y a la Catedral. Todo lo que vino después, desde la Universidad hasta el aeropuerto de Lavacolla y la faraónica burocracia de la Xunta, se plantó a la sombra de la tumba de Santiago el Mayor. Por eso, no deja de sorprenderme que ahora se haya puesto de moda entre las élites nativas arremeter contra esos viajeros que arriban exultantes a la plaza del Obradoiro y que son, a fin de cuentas, quienes hacen que todo lo que gira alrededor de esta bendita ciudad cobre sentido.
Desde hace más de treinta años —al menos desde el Xacobeo de 1993—, tanto la Xunta como el Ayuntamiento han destinado una cantidad obscena de recursos públicos a promover las peregrinaciones y a fomentar Compostela como destino turístico. El PP, el PSdeG y el BNG se han sumado con empeño a la pirotecnia presupuestaria y publicitaria de la ruta jacobea. Es cierto que una de estas siglas —la que empieza por B y acaba por G— tiene que lidiar con las contradicciones íntimas entre su marxismo atávico y el carácter esencialmente cristiano y espiritual del Camino, pero incluso así, el Bloque ha participado sin titubeos en el mimo institucional al turismo compostelano.
Y ahora, después de tantos años y millones gastados en atraer peregrinos, hay quien muestra su estupor al ver la ciudad llena de peregrinos. Resulta entrañable. Y me recuerda dos películas. La primera, cómo no, es Casablanca. Para cumplir con las órdenes de los jerarcas nazis, el capitán Renault le anuncia a Rick que van a cerrar su café con una frase legendaria: «¡Qué escándalo! Me he enterado de que en este local se juega». A continuación, un crupier le entrega el dinero que había cosechado esa noche en el casino: «Señor, sus ganancias». En Compostela, los ofendidos de la Cofradía del Santo Reproche gritan por los soportales del Franco: «¡Qué escándalo! ¡Está Santiago lleno de peregrinos!».
El otro filme que me viene a la memoria es Apocalypse Now. Cuando la superioridad le encarga al capitán Willard dar caza al coronel Kurtz, los jefazos argumentan que ha ordenado ejecutar a cuatro vietnamitas y que eso resulta intolerable. Willard reflexiona con tino: «Acusar a alguien de asesinato en este lugar es como poner multas por exceso de velocidad en las 500 Millas de Indianápolis». En Compostela, los guardianes de las esencias y los Torquemadas de palleiro arden en deseos de poner multas por exceso de peregrinos en la capital mundial de las peregrinaciones.