Atlantic CityLuís Pousa

Pasadizos

Tal vez en la ciudad amurallada de otro tiempo abundaban estos atajos improvisados por quienes buscaban abreviar el camino entre casas y calles

Cuando no tengo demasiado claro qué escribir en esta columna, me echo a la calle, a ver si tropiezo con algún tema olvidado en un banco, abandonado en un portal o caído del bolsillo de otro articulista despistado.

Andaba yo meditabundo por Juan Flórez, cavilando que en el 15005 nadie se deja ideas para columnas tiradas por ahí, cuando al doblar una esquina me vi de pronto en el pasadizo de Pernas. Recordé una crónica barcelonesa de mi querido Enrique Vila-Matas en la que hacía recuento de los pasadizos de la Ciudad Condal. El inventario acababa enseguida porque en Barcelona hay un único y solitario pasadizo, el de la Encarnación, en el barrio del Guinardó: «Decidí que iría a verlo, a ver qué encontraba. Al comentárselo a Jordi Llovet, me dijo que fuera con cuidado, que los pasadizos tenían el encanto benjaminiano de lo aparentemente marginal, pero que en realidad eran peligrosos. ‘Recuerda que en todas las películas asaltan a la gente precisamente en oscuros pasadizos’, me dijo poco antes de aconsejarme que, si iba, hiciera como el editor Gustavo Gili cuando, hace unos años, se compró de golpe treinta monederos de plástico; día tras día, con resignación y humor, en vista de que lo asaltaban con asombrosa regularidad, tomaba la precaución de salir a la calle Princesa con un monedero de plástico con dos mil pesetas que solían ser suficientes para aplacar las iras de sus fieles y repetidos atracadores»

Me pregunté entonces cuántos pasajes existen en Coruña. ¿Sería nuestra Atlantic City un laberinto de corredores parisinos como el que intentó agotar —en vano— Walter Benjamin en Des Passagen-Werk? ¿O sería uno de esos lugares donde este tipo de calles son especies en vías de extinción?

Pasadizo Pernas

Pasadizo de Pernas

Quedan en Coruña dos pasadizos: el de Pernas, que sube entre vallas de obra desde Juan Flórez a la osamenta del antiguo mercado de Santa Lucía, y el del Orzán, allá por la trastienda de la playa, en ese dédalo de callejas de cuando la noche coruñesa tenía su punto canalla y no acababa nunca.

¿Hubo más en el pasado y se han borrado del mapa? Tal vez en la Coruña amurallada de otro tiempo abundaban estos atajos improvisados por quienes buscaban abreviar el camino entre casas y calles. Pero solo nos quedan estos dos ejemplares, que conservan ese encanto benjaminiano de lo aparentemente marginal. No creo que sean ya peligrosos, como en aquellos años ochenta en los que convenía seguir el consejo de Gustavo Gili y llevar algo suelto para darle a los cacos que, una y otra vez, te daban el palo en cualquier rincón del centro.

Por si acaso, me metí diez euros en el bolsillo y me largué al pasadizo del Orzán, que en la época de la movida nocturna de Juan Canalejo —ahora Socorro— llegó a sumar cuatro o cinco pubs. Ahora me pareció, como apuntaba Vila-Matas, que sería un callejón ideal para montar un café en el que se cantasen baladas tristes. Nadie intentó atracarme, así que me entregué a barajar palabras en la cabeza y a mirar el mar, allá a lo lejos, que ronroneaba como un gato dormido a la sombra de las algas. Me dio por pensar que, si vas caminando por uno de nuestros dos pasadizos y cierras los ojos, lo mismo apareces de repente en el otro, al otro lado de la ciudad.

Para mí que Pernas y el Orzán tienen una conexión subterránea y clandestina, que casi nadie conoce. Pero para viajar entre los dos pasadizos hay que creérselo muy en serio. Y en estos tiempos, en los que no puede uno fiarse ni de los ladrones, que ya ni se molestan en robarte cuando holgazaneas por las callejas más solitarias, la fe en lo imposible anda casi tan escasa como los pasadizos.

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