Atlantic CityLuís Pousa

De mudanzas

Unos señores musculosos parecen estar desvalijando mi casa porque no paran de cargar muebles, lámparas y colchones para sacarlos al descansillo

Estoy tratando de escribir este artículo en una habitación donde hay decenas de cajas apiladas, una silla, una mesa y cinco estanterías vacías. A falta de portátil y de wifi, voy garabateando estas palabras en un papel gris de embalar con un lápiz a medio afilar, imaginando que soy uno de aquellos bohemios de buhardilla que perpetraban sus columnas a la luz de un quinqué y que confundían la pobreza con la genialidad.

Entre párrafo y párrafo, me interrumpen unos señores musculosos que parecen estar desvalijando mi casa porque no paran de cargar muebles, lámparas y colchones para sacarlos al descansillo. La gata también los observa con recelo y vigila para que nadie toque su comida y su arenero. Pero, como no veo a mi santa preocupada por el saqueo, y de vez en cuando incluso les va dando instrucciones a los asaltantes, supongo que todo esto estará hablado y tendrá su razón de ser. Así que decido guardar silencio. Una de las claves para la supervivencia del matrimonio es no preguntar demasiado.

Uno de estos fornidos individuos trata de llevarse también la silla en la que estoy sentado, pero enseguida desiste al ver que no me apeo. Por mucho gimnasio que tenga a sus espaldas, un columnista de peso no se deja arrastrar así como así hasta el ascensor. Vencida esa batalla, me dispongo a proseguir con estas palabras deshilachadas, pero el astuto hombretón ha aprovechado mi resistencia numantina en el asiento para trasladar la mesa lejos de mi alcance. Pruebo a caligrafiar un par de adjetivos con el folio plantado sobre las rodillas, pero eso empeora todavía más mi ya ilegible letra (un amigo dice que, de tanto ir al médico, se me ha quedado letra de médico).

Dos hombres descargan una furgoneta, en un servicio de mudanza, en una imagen de archivo

Dos hombres descargan una furgoneta, en un servicio de mudanza, en una imagen de archivoGetty Images / iStock

Creo recordar que el gran Chesterton había escrito algo sobre una pesadilla parecida a la que estoy viviendo. Cuando quería colar unas líneas apócrifas, Paco Umbral soltaba la frase de marras y luego decía aquello de que no iba a dejar de teclear en la Olivetti para levantarse y mirar en la biblioteca si la cita era exacta. Yo, para llevarle la contraria a Umbral, me levanto para consultar Correr tras el propio sombrero, pero descubro que en el anaquel de Chesterton ya no está Chesterton. Ni hay libros, ni estantería, ni nada. Me he quedado a solas con la silla, un trozo de papel y un lápiz mordido. A saber por dónde andará ahora la cita del gran Gilbert Keith.

Me pregunto sobre qué hablaré ahora. Porque no soy como Dickens ni como Chesterton —ni siquiera como Paco Umbral—, que eran capaces de reflexionar sobre cualquier cosa, e incluso sobre ninguna cosa en absoluto, destilando una belleza apabullante. Me pongo en pie y voy hacia la ventana. Bajo sus nubarrones de mil grises diferentes, ahí sigue Coruña. Temía que también la hubiesen subido a un camión para largarse con ella a otra parte.

Menos mal. Uno puede con casi todo. Hubo un tiempo en que hasta fui un columnista invertebrado. O sea, un columnista sin columna. Me la quitaron sin anestesia, manu militari. Pero hasta eso se puede superar, porque la columna acaba apareciendo en otro lugar y, cuando te reconoce, enseguida se acerca para olisquearte y para que le rasques la cabeza, como una mascota fiel. Se sobrevive como columnista sin columna. Lo que no soportaría es ser un columnista sin Coruña. Por eso vigilo desde la ventana para que la ciudad no desaparezca entre los bultos y los forzudos.

Ahora recuerdo el texto donde Chesterton ya anticipaba todo esto. Se titulaba De mudanzas y lo publicó cuando dejó el barrio londinense de Battersea para instalarse en su refugio campestre en Beaconsfield. Lo mío es solo un cambio mínimo de código postal —del 15006 al 15005—, pero me pasa un poco lo mismo. Con todo este trajín, no puedo escribir sobre la mudanza ni sobre ninguna otra cosa. Y así he ido resbalando, aferrado a un lápiz sin punta y a un pedazo de papel de embalar, hasta el fondo de este artículo sobre nada. Es de lo único que puedo escribir mientras se llevan todo lo demás de mi piso y de mi cabeza.

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