Fundado en 1910
Adolfo Suarez Illana

La doble abstracción

Estas dos abstracciones no son fenómenos paralelos: son el mismo vicio mirando a dos lados opuestos. En un caso huimos de lo concreto que debería primar —la persona—; en el otro, huimos de lo general que debería primar —el proyecto común—

Estoy gravemente preocupado con la marcha de nuestras cosas. Me llama poderosamente la atención que un país que ha vivido una historia como la nuestra en el siglo XX esté ahora en algo tan alejado de sus logros políticos más importantes. Volvemos a la polarización, y no como un episodio pasajero, sino como una forma de estar instalados en la vida pública que empieza ya a parecernos normal. Y lo hacemos, además, cometiendo un error curioso: una doble abstracción, la misma tentación operando en dos direcciones contrarias a la vez.

En el plano de las personas, nos abstraemos de lo concreto —el ser humano que tenemos delante y con el que debemos convivir— para irnos a lo genérico: a qué facción pertenece, para juzgarlo a partir de ahí y condenarlo sin más. Ya no hace falta escuchar el argumento; basta con identificar el bando para saber, de antemano, qué vamos a responder. Y hacemos el camino inverso en el plano de nuestra actividad política: nos abstraemos de lo general —el plan a largo plazo que debería marcar nuestras acciones para alcanzarlo de común acuerdo— para centrarnos en lo concreto del día a día, que debería ser cosa menor, y enzarzarnos en una pelea sin sentido que nos impide el verdadero progreso. Perdemos el término medio por los dos extremos a la vez: lo concreto, donde debería primar la persona; lo general, donde debería primar el proyecto compartido.

Y no es una advertencia mía, sino algo que ya dejó dicho, con crudeza, quien lo vivió en primera persona. El filósofo alemán Max Scheler, muerto en 1928, antes de que el nazismo alcanzara el poder, había percibido con extraordinaria agudeza ese «gris» —esa erosión moral, esa indiferenciación de valores— que se extendía por la Alemania de Weimar, arruinada por las condiciones de Versalles, por la ocupación aliada, por el paro obrero y por la gran inmoralidad de la época. Julián Marías lo recuerda así en sus memorias, en Una vida presente, y vuelve sobre la misma idea, aplicada ya a España, en La guerra civil, ¿cómo pudo ocurrir?: el problema no fue que «los mejores» no se dieran cuenta de lo que se avecinaba —se dieron cuenta, y pronto—, sino que, dándose cuenta, no hicieron lo suficiente para impedirlo. Cedieron el campo demasiado pronto a quienes sembraban la mentira y el odio disfrazados de valores aceptables.

Ése es el primer rostro de la abstracción: dejar de ver a la persona concreta para ver solo la etiqueta que la encasilla, y sentir que esa etiqueta ya lo justifica todo —el desprecio, la descalificación, la negación de legitimidad—. No hace falta escuchar a quien ya sabemos de qué «bando» es. Y lo grave no es solo el juicio apresurado, sino lo que ese juicio nos ahorra: la incomodidad de reconocer que el discrepante, con nombre y apellidos, puede tener razón en algo o, al menos, el derecho a estar equivocado sin dejar de ser, por ello, parte de un todo común.

El segundo rostro es menos comentado, pero no menos grave, y es el inverso exacto del primero. Decía Adolfo Suárez González que el consenso de la Transición, si hubiera que reducirlo a una sola cosa, sería al deseo compartido de convivir en paz y en libertad. Fíjense en el orden: primero el objetivo, después la concesión. Fijar metas comunes y aceptar sacrificios personales: esos fueron los dos ingredientes, y en ese orden concreto, no en el inverso.

Hoy hacemos el camino contrario. Discutimos la concesión de hoy —la amnistía, una subvención, un intercambio de votos en el Congreso— como si fuera el objetivo mismo, y hemos dejado de preguntarnos para qué gobernamos, porque estamos demasiado ocupados peleando por gobernar. No es que falte el acuerdo del día a día -que ahora también-; es que se ha evaporado el horizonte que hacía que ese acuerdo mereciera la pena. Y cuando el horizonte desaparece, cada escaramuza cotidiana se convierte en la batalla final, precisamente porque ya no hay nada más grande esperando al final del camino que la justifique o la releve.

No fue así hace cincuenta años, y no por falta de motivos para la pelea: hubo luchas intestinas, insultos, incomprensión, falta de colaboración entre quienes debían entenderse. La diferencia no es que entonces no hubiera fricción en lo concreto. La diferencia es que la fricción de cada día se libraba dentro de un objetivo compartido, no en su lugar. Se podía discutir con dureza sobre el cómo, precisamente porque nadie dudaba del para qué. Hoy, en cambio, discutimos el cómo con la misma dureza, o más, pero sin que nadie se moleste ya en preguntar el para qué; y una discusión sin horizonte no se resuelve, se perpetúa.

Estas dos abstracciones no son fenómenos paralelos: son el mismo vicio mirando a dos lados opuestos. En un caso huimos de lo concreto que debería primar —la persona—; en el otro, huimos de lo general que debería primar —el proyecto común—. En ambos, el resultado es idéntico: perdemos de vista lo que de verdad importa para instalarnos en lo que es más cómodo de manejar, ya sea la etiqueta que nos ahorra escuchar, ya sea la escaramuza que nos ahorra pensar a largo plazo. Y ambas abstracciones se retroalimentan: cuanto más juzgamos a la persona por su facción, menos capaces somos de sentarnos con ella a fijar un objetivo común; y cuanto menos objetivo común tenemos, más fácil resulta refugiarse en la facción, porque ya no queda nada compartido que discutir.

Y quiero que me entiendan bien en este punto, porque conviene no confundir esta advertencia con una llamada al fanatismo. Actuar a tiempo no significa moralizar, ni convertir cada discrepancia en una batalla final entre el bien y el mal; de eso, precisamente, nos advirtió Ratzinger desde otra tradición: «No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es de Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la conciliación misma donde está la moral de la actividad política».

Por eso la advertencia que les traigo hoy no es una invitación a la cruzada, sino a la prudencia activa: no basta con reconocer el sustrato de valores que a todos nos es común, ni basta con indignarse cuando alguien lo suplanta con una falsificación bien vestida; hace falta, además, el valor sobrio de actuar, dentro de la medida humana, para defenderlo. Porque el gris no se instala de golpe, sino gradualmente, y se instala precisamente cuando los que podrían impedirlo —por exceso de pureza en el juicio de las personas, o por exceso de comodidad en el olvido del proyecto compartido— deciden no hacerlo.

  • Adolfo Suárez Illana es abogado
comentarios

Más de Tribuna

tracking

Compartir

Herramientas