En el 2050, ¿será la Iglesia todavía un faro o el eco lejano de una voz olvidada?
Europa se encamina hacia un vacío espiritual total. Describe una Iglesia que ha sustituido el Evangelio por la sociología y la política, convirtiéndose en una «ONG piadosa» en lugar de un canal de salvación
En la entrevista concedida a Le Journal du Dimanche en la que presenta su nuevo libro, 2050, sobre el porvenir de la Iglesia y de la civilización occidental el cardenal Sarah, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino, afirma que «no tenemos necesidad de una institución mundana más». La crisis actual de la Iglesia no se resuelve cambiando estructuras ni adaptándonos a los criterios mundanos de eficiencia y representatividad.
«La Iglesia es mal comprendida porque se la juzga a partir de categorías profanas: eficacia, representatividad, inclusión, gobernanza». «Cuando se olvida la dimensión divina de la Iglesia, sus debilidades humanas se vuelven aplastantes. La Iglesia no necesita ser reconstruida; necesita santos». Una crisis profunda de fe en Europa, denuncia la reducción de la Iglesia a una organización social y subraya que sin Dios las sociedades occidentales están abocadas a desaparecer.
La Iglesia, si es fiel a Cristo, siempre será signo de contradicción. No necesitamos una institución mundana más. La Iglesia no surge del mundo, sino que es enviada para salvarlo. Por lo que se refiere al diálogo interreligioso, el cardenal Sarah distingue con precisión entre respeto y relativismo. La Iglesia puede reconocer las semillas de verdad presentes en otras tradiciones, pero «proclama que la plenitud de la Revelación está en Jesucristo». Por eso, «dialogar no significa relativizar. Callar a Cristo sería una infidelidad».
La fe se ha debilitado porque la vida interior ha disminuido, buscando en su lugar una «legitimidad exterior». Ahora bien, cuando la Iglesia «se casa con el espíritu del mundo», pierde su función más importante aportar al mundo la posibilidad de salvación. El mundo no entiende el lenguaje de la Iglesia por ser anticuado y complicado, sino por su ambigüedad y su falta de rigor. Éste es el verdadero peligro. Definiendo con precisión cada concepto, no se busca complicar el mensaje, sino proteger su núcleo; por ello «nombrar la esencia es salvaguardar la sustancia». Los fieles tienen derecho a una palabra clara; «la precisión doctrinal es un acto de caridad» y «la confusión nunca es pastoral: es siempre destructiva». No podemos permitir que «los ideólogos nos roben las palabras que expresan los misterios de nuestra fe». Según Sarah, mientras Occidente se hunde en el relativismo, las iglesias de África y Asia mantienen la «fuerza de la verdad» y serán las que eventualmente deban reevangelizar a una Europa pagana.
No podemos callar sobre el papel de Cristo en la sociedad actual. Sería una verdadera infidelidad. Pero tenemos la impresión de que Occidente ya no se interesa por Cristo. Las presiones legislativas a favor de la eutanasia y el suicidio asistido, expresan el orgullo que se arroga decidir sobre el valor de la vida humana. «La eutanasia manifiesta la pretensión desvergonzada del hombre de decidir el valor de una vida. Ninguna vida humana puede considerarse indigna». No podemos callar sobre la concepción cristiana de la familia y de la vida humana. El silencio sería una traición. El verdadero criterio para medir la calidad de una sociedad está en «la delicadeza con la que acompaña a los moribundos». «La familia está inscrita en la creación. No es una construcción arbitraria». Y, por tanto, «los católicos deben testimoniar con dulzura, pero sin ambigüedad. La verdad dicha con amor es la única caridad auténtica.». El cardenal africano llama a los cristianos a una «resistencia heroica» frente a leyes sobre el aborto, la eutanasia y la ideología de género, afirmando que el cristianismo del futuro será una minoría, pero debe ser una «minoría creativa» y firme.
La pérdida de esperanza, la eutanasia y el descenso demográfico están relacionados con un progresivo alejamiento de lo sagrado: «Una civilización que renuncia a Dios renuncia a vivir, ya no sabe por qué debe durar». «Solo los corazones confiados en la Providencia y liberados de la dictadura del materialismo pueden desear transmitir la vida». Para los creyentes la muerte no es un punto final sino un umbral. «Si Cristo ha resucitado, la muerte es un paso. Nos toca ayudar a nuestros hermanos a cruzarlo». Europa se encamina hacia un vacío espiritual total. Describe una Iglesia que ha sustituido el Evangelio por la sociología y la política, convirtiéndose en una «ONG piadosa» en lugar de un canal de salvación.
También ha denunciado que algunas iglesias locales priorizan su contexto cultural o ideológico por encima de la fe universal, debilitando la unidad y la catolicidad. «La unidad está fragilizada por el relativismo doctrinal. Cuando se exalta la diferencia en detrimento de la comunión, la catolicidad se fragmenta». La unidad de la Iglesia no puede cimentarse en el particularismo doctrinal.
- Manuel Sánchez Monge es obispo emérito de Santander